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De como la sociedad industrial se resiste a morir y le da TDAH.

Miércoles, 31 de Agosto de 2011 Dejar un comentario Ir a comentarios

Jose Luís Cano es quizás uno de los mejores psicólogos y psicoterapeutas que existe en España, en su blog recientemente he podido leer un interesante artículo titulado “Sociedad TDAH” que versa sobre la  velocidad a la que vivimos hoy día. La sociedad industrial del siglo XXI es víctima desde hace décadas de una aceleración imparable del tiempo, cada vez vive más de prisa a un ritmo tal que es imposible fijar la atención en nada. Las personas se atomizan en un mar de ruido sin sentido que solo conduce al más absoluto y aterrador vacío. Huyen hacia adelante a más y más velocidad mientras proyectan lo que les pasa en sus hijos, a los que se les diagnostica y medica contra un supuesto TDAH (Trastorno por Deficit de Atención con Hiperactividad) que casualmente no sufren los enloquecidos adultos los que evidentemente durante todo el día se encuentren hiperactivos y sin poder fijar la atención a casi nada. . Pareciera como si los padres no soportasen el ver como también sus hijos poco a poco van enloqueciendo ante la imparable aceleración temporal y sobrecarga sensorial a la que estamos siendo sometidos. Una cosa es engañarse uno mismo – a mi no me pasa nada, todo está normal – y otra cosa es verlo en los hijos.

Este fenómeno fue descrito por primera vez hace unos cuarenta años por los sociólogos Alvin y Heidi Toffler – son pareja – en su inmortal obra “El shock del Futuro”, la que recomiendo encarecidamente. Los Toffler ya en 1970 describían como el cambio tecnológico produciría una aceleración temporal tal que nos conduciría a una “sobrecarga sensorial” con las funestas consecuencias descritas en el artículo de Jose Luís, quien va un paso más allá al describir los perversos e inconscientes mecanismos de defensa que las personas utilizan para tratar de sobrevivir al fenómeno y la forma moderna y “científica” de cómo se trata con tan desagradable asunto en estos días: TDAH. Una especie de condensación de múltiples mecanismos de defensa para negar y alejar de nosotros lo innegable: no podemos más con el fenómeno de aceleración temporal.

Proyección: “no me pasa a mi le pasa a mi hijo”

Racionalización: “…claro es que es una enfermedad…tiene TDAH”

Desplazamiento: “…no es aceleración enloquecida es pura diversión ¡ que guay como me divierto !”

Negación: “…yo no vivo enloquecidamente..no..lo que tengo es un tren de vida envidiable: trabajo, gimnasio, disco, club, parapente, postgrado, régimen, curso de macramé, golf, vacaciones en Kuala Lumpur, casa en el Pirineo, niños en colegio privado en Suiza…¡ Jo que vida !”

Y así y así solo para ocultarnos una sola cosa: estamos enloqueciendo.

¿ Por que ?

La mayoría del los autores, el público en general y los mismos Toffler apuntan a la tecnología como el causante de todo esto. Personalmente discrepo, aunque hay que aceptar que en principio la evidencia es abundante: teléfonos móviles, internet, ordenadores, playstation, tele con 500 canales, cine con estrenos-cada-semana en 3D, 2D, 4D, DVD Blurei Redrei Blackrei, vacaciones en el quinto pino con 24 horas volando. La tecnología parece haber creado un mundo hipercomunicado, hiperentretenido, hiperestimulado e hipercomplejo. Si a este estridente coctel  añadimos un intenso bombardeo publicitario para comprar y comprar más cosas seguramente desembocaremos en la turbulentas aguas de las compras compulsivas, el copeteo compulsivo, el sexo compulsivo, las amistades compulsivas y en medio de un millón de cosas que constantemente intentan acaparar y compiten entre ellas por nuestra atención. Un griterío insoportable que a la final nubla la mente y seda los sentidos. Entonces las personas reducidas a la condición de niños hiperestimulados van de flor en flor toqueteando esto y aquello sin llegar a dominar asimilar ni entender nada de lo que hacen. Stress y adicciones hace su aparición como respuesta a tan desmesurados estímulos.

Otra consecuencia, y no despreciable, de todo esto es la pérdida de las verdaderas relaciones entre las personas. La formación de lazos de amistad y afecto es un proceso lento, que toma tiempo, que se hace conversando, compartiendo y requiere de cierta tranquilidad.

Efectivamente la tecnología parece acelerar la velocidad. ¿ Pero la velocidad de que ?. Para responder esta pregunta habría que indagar un poco en el concepto de tecnología.

Desde un punto de vista estrictamente material podríamos decir que el objetivo último de la humanidad es vivir por siempre sin tener que realizar penosas labores físicas para garantizar su supervivencia. De esto se trata esto que llamamos tecnología: de vivir más y más haciendo menos y menos cosas penosas con la esperanza de dedicarnos a otras cosas más elevadas espiritualmente o simplemente no hacer nada o perder el rato, en fin: que cada quien haga lo que más le guste sin tener que preocuparse por el tema de la supervivencia material. Desde los días del paraíso terrenal el hombre vive soñando con esta utopía.

El primer gran adelanto tecnológico fue la agricultura, liberando al hombre paleolítico de la incertidumbre de vivir supeditado a lo que se recolecte o cace. Le permitió  tener dominio sobre lo más básico para su supervivencia: la alimentación. Sembrando y criando animales se vive más y mejor – con menos esfuerzo y riesgo –  que recolectando y cazando. Inclusive no todos tienen que dedicarse a sembrar y criar para alimentar al grupo. Donde antes todos cazaban y recolectaban para alimentarse ahora solo un pequeño grupo es necesario para producir todos los alimentos, los demás pueden hacer lo que quieran. Este es el principio de aumento de la productividad por medios tecnológicos.

La tecnología aumenta la velocidad de producción de forma que hacen falta menos personas para producir lo necesario – liberando tiempo del resto –  o las mismas personas pueden producir muchísimo más, aumentando la oferta de bienes disponibles.

¿ Que es lo deseable ?. Desde el punto de vista estrictamente material: depende.

En una sociedad pobre donde no existe de nada se trata de aumentar la oferta de bienes ya que hace falta de todo: platos, ollas, coches, motos, bicicletas, mopas de fregar, alimentos, leche, agua potable, medicinas, libros, etc. Por lo tanto todos los aumentos de productividad deben ir dirigidos a producir más bienes y servicios y por lo tanto maximizar el empleo: hace falta hasta la última lavadora producida por el último trabajador. En los años cincuenta y sesenta había listas de espera de hasta dos años para comprar un coche, de elegir el color: olvídalo, el que venga. En aquella época cada coche era absolutamente necesario. Cuando las farmaceúticas comenzaron a producir penicilina, cada gramo era absolutamente necesario por lo que había que maximizar la producción a como diese lugar. En este sentido los adelantos tecnológicos y el crecimiento económico han contribuido a mejorar muchísimo el nivel de vida estrictamente material de las sociedades industriales a lo largo de los últimos doscientos años al producir cosas absolutamente necesarias para el mejoramiento de las condiciones de vida.

¿ Qué pasa cuando esa sociedad alcanza un nivel de opulencia tal que la cuestión de la supervivencia material deja de ser un problema ?,  o por lo menos deja de ser algo acuciante tal como lo era para una familia en un cortijo Extremeño en 1810.  ¿ Qué pasa cuando solo el tres por ciento de la población produce de sobra alimentos para todo el mundo ?.  Hace sesenta años era necesario dedicar al cincuenta por ciento de la población a estas labores y la carestía, mala calidad y escases eran constantes. Qué pasa cuando hoy día solo hace falta el equivalente a dos personas trabajando un día para producir un coche entero, o que en una acerería de hoy día cien personas producen lo mismo que quincemil hace veinte años.

¿ Que pasa en una sociedad cuando ya todo el mundo tiene de todo lo material, la supervivencia no es un problema y la tecnología permite que sean muy pocos los que tengan que trabajar para producir lo que necesita el resto ?.

Pues que ya no hace falta trabajar tanto, y aquí está el problema: todo el mundo vive de vender su trabajo al sistema productivo y dicho sistema solo es estable financieramente si crece de forma constante, por lo tanto el imperativo de crecimiento hoy día en las sociedades industriales avanzadas ya no es debido a necesidades materiales acuciantes de la población sino por otras razones que tienen que ver con el mantenimiento del sistema de dominio social. Aquí el aparato productivo de ser un elemento salvador se convierte en un elemento de dominación o mejor dicho: los beneficios que la población obtiene al someterse al dominio del sistema productivo y de sus clases dirigentes dejan de ser evidentes. En realidad el sistema industrial ha cumplido su cometido: el asegurar la supervivencia material.

Con una humanidad más racional, una vez logrado el objetivo de plenitud material lo lógico sería que la población trabajase menos mientras las máquinas trabajan más y que la producción industrial dejase de ser algo importante y vital tal como pasa hoy con la agricultura que era central a la economía hace cien años y hoy es enteramente marginal. Una vez que la sociedad industrial logra el objetivo de plenitud material la humanidad racional tendría que buscar objetivos digamos menos materiales. Pero el mismo sistema que resuelve el problema material a su vez crea poderosos intereses  en que la maquinaria industrial siga funcionando a todo tren. Grandes fortunas, personas influyentes, capitanes de la industria, banqueros, presidentes y ejecutivos de empresas: todas estas personas disfrutan de privilegios por ser los capitanes del sistema de producción material. Una vez cumplido el objetivo naturalmente se resisten a perder poder y prebendas. Especialmente problemático es el sistema bancario, el cual se encuentra diseñado solo para ser estable si la economía crece y crece. Este tipo de sistema bancario es totalmente inviable en una economía donde la producción material no crece. Entonces todo el sistema se convierte en un justificar seguir con lo mismo en aras de mantener la estructura piramidal, exactamente de la misma manera en que los señores feudales trataron de mantenerse en el poder durante siglos cuando evidentemente llego un momento en que no hacían falta ya que habían logrado su objetivo: imponer la paz y el orden dentro del caos que sobrevino a la caída del imperio romano. Solo la nueva clase social – la burguesía – producto de la paz que ellos mismos crearon fue capaz de eliminarles del mapa para proseguir con otra cosa.

Los intereses creados alrededor de la producción industrial provocan que al alcanzar la plenitud material y la tecnología necesaria para que gran cantidad de operaciones industriales las hagan las máquinas, la sociedad siga empeñada en mantener el empleo, cuando la en realidad ya no hace falta que trabaje todo el mundo; ni tanta cantidad de personas ni tantas horas al día. La combinación de tratar de mantener a todo el mundo empleado junto con la tecnología disponible al día de hoy – que hace que cada quien sea capaz de producir muchísimo – genera lo que vemos en la calle: una monumental sobreproducción. Por ejemplo: al día de hoy – y es reconocido por la industria – sobra como mínimo el veinte por ciento de la capacidad mundial de producción de coches. Sobra capacidad por todas partes: lavadoras, peinetas, muebles, cacharros electrónicos, etc.

Entonces viene la presión para que la población compre cosas que no necesita, que se cambie el móvil cada quince días, el coche cada año, se hagan miles de innecesarios viajes, moda efímera y más efímera para que cambie y cambie el guardarropas. Obsolescencia programada a diestra y siniestra, una oferta de infoentretenimiento inabarcable y una presión constante porque el dinero fluya cada vez más y más rápido ya que la montaña de bienes producidos por la crecientemente productiva población parece no tener fin.

Imagine usted que al día de hoy la mitad de la población de Occidente siguiese dedicada a la agricultura como hace sesenta años y todas esas personas dispusiesen de los medios para trabajar el campo de hoy día. La producción de alimentos no cabría en el planeta y no existiría tierra arable suficiente para que todos pudiesen trabajar a jornada completa. Entonces mediante el marketing y la publicidad convencerían a la población de las ventajas de comer catorce veces al día y de los beneficios de pesar media tonelada. Eso es exactamente lo que hoy se hace en el mundo industrial.

En realidad son acciones desesperadas para hacer que la población consuma todo lo que se produce al estar el 90% de ella empleada. Cuando en realidad solo debería estar empleada el 50% de ella y los demás dedicarse a disfrutar del tiempo libre, como se corresponde a una sociedad donde la producción ha pasado a ser básicamente automática. Se consumiría menos, se trabajaría menos y las personas sin trabajo no tienen porque dejar de recibir un ingreso. Para imaginar el contrasentido imagine usted una sociedad donde el 100% de las labores la realicen robots. Bajo el sistema actual el 100% de la población estaría sin trabajo, en la miseria y viviendo debajo del puente de la autopista mientras en los patios de la fábricas se acumulan inmensas montañas de bienes que nadie puede comprar. Este es el absurdo al que el adelanto tecnológico condena a la humanidad debido a las reglas de tenencia de la propiedad y de repartición de beneficios existente entre las diferentes clases sociales. Las sociedades industriales no están preparadas para este cambio tecnológico que es equivalente al de la agricultura: la mano de obra dejará de hacer falta para producir. El trabajo del hombre cada vez hace menos falta.

Desde el comienzo de la era industrial al hombre se le ha considerado como parte de la maquinaria industrial y así se le ha tratado. Esto es falso pero es conveniente, ya que permite tratarles como máquinas para que produzcan mucho. Durante siglos hombres y máquinas han sido intercambiables en el piso de la fábrica por lo que es lógico que al acelerarse la producción de las máquinas la vida del hombre también. Desde el punto de vista de los de arriba son intercambiables.

Soy de la opinión de que con toda probabilidad de aquí proviene la aceleración temporal que hoy nos mata. No de la tecnología per-se que en todo caso debería liberar al hombre de tanto trabajo, pero de considerarle como una pieza más de esa tecnología, de considerarle como insertado en el complejo tecnológico lo cual hace que al acelerarse y automatizarse dicha máquinaria la vida del hombre también.

En cuanto a trabajo físico el hombre jamás podrá competir contra una máquina, tiene la batalla perdida ya que a la final ese no es su cometido. Es interesante como esas mismas máquinas producto del ingenio humano y que supuestamente le liberarían del trabajo en su lugar le esclavizan y le obligan a vivir a ritmo de máquina hasta caer psicológicamente exhausto. No son la máquinas las que le esclavizan, es el sistema piramidal de producción que le han impuesto, sistema que se podría justificar hace cien años cuando las condiciones de pobreza material eran espantosas y el objetivo de maximizar la producción dominaba. Hoy día eso no es así.

Actualmente se trata de mantener a la población en un permanente estado de excitación e insatisfacción con todo, de forma que consuma lo que se produce empleando a todo el mundo. Esto es psicológicamente desvastador debido a la velocidad que impone, pero más desvastador es aún en cuanto al consumo de recursos naturales ya que aquí si hay un claro límite físico que ya se ve en el horizonte.

Básicamente se consumen y tiran cosas que no hacía falta ni producir, ni consumir ni tirar solo para mantener el sistema social imperante. El sistema de producción industrial, una vez cumplido su cometido, intenta perpetuarse y en ese periplo degenera en la forma cancerosa en la que hoy le sufrimos. Un cáncer no tiene ningún objetivo: solo devora y devora hasta matar a su huésped. A medida que el cáncer se extiende se extiende más rápido y de aquí la impresión de aumento de velocidad.

Con el nivel tecnológico alcanzado y estrictamente en el plano material los países occidentales podrían llevar un nivel de vida parecido al de los años sesenta del siglo pasado, el cual sería muy sostenible y la población trabajaría quizás menos de la mitad de lo que lo hace hoy.  Esta situación se puede alcanzar de dos formas: conscientemente mediante políticas deliberadas que conduzcan ordenadamente a otro estado de cosas o inconscienmente cuando la naturaleza nos  eche  el cerrojazo que implica la escases de recursos y la distopía de MadMax se imponga.

Cada vez más los presupuestos de marketing y comercial pasan a ser los presupuestos dominantes en la grandes empresas. Esto quiere decir que el aparato productivo cada vez gasta más y más en tratar de vender lo que produce. Esto es una forma “ortodoxa” de decir que lo que se produce cada vez hace menos y menos falta. No es de extrañar que en cualquier producto de consumo hoy día el marketing y el gasto comercial suponga un 15-20% del valor de venta. En la industria del automóvil supone más de un 20%, en la telefonía móvil el 25%. Cada vez la sociedad gasta más y más esfuerzo en venderse a si misma cosas que no le hacen falta. En los centros del saber lo llaman “saturación de mercados”, donde yo me crié lo llaman sobreproducción. La receta de los centros del saber: más marketing, más publicidad, más comerciales y más call-center. Definitivamente de centros del saber poco tienen.

La solución es política y no proviene del campo de la ortodoxia económica que hoy se enseña en todas partes. La solución – si viene – provendrá del campo heterodoxo, al comienzo parecerá una barbaridad y generará graves conflictos tal como sucedió con la reforma protestante y la iglesia católica. Hoy por hoy los protestantes viven mejor que los católicos.

  1. Domingo, 23 de Octubre de 2011 a las 17:32 | #1

    BRAVO. En el clavo.

  2. JM
    Domingo, 4 de Septiembre de 2011 a las 09:59 | #2

    De nuevo está tu ventana abierta para que podamos asomarnos y ver la realidad de este mundo tan disfrazado.

    ¡Gracias, Juan!

  3. admin
    Viernes, 2 de Septiembre de 2011 a las 16:35 | #3

    @JLC
    Es verdad Jose Luís, el trabajo dignifica al hombre. El artículo va en el sentido de que el trabajo actual de la mayoría en realidad se encuentra superado. El trabajo de producir cosas para consumir está resuelta tal como se resolvió el acuciante tema de la agricultura. La mano de obra para la producción industrial cada vez es y será menos necesaria. Esto no implica dejar de trabajar pero trabajar en otras cosas que si hacen falta.

    En mi pequeño círculo casi todo el mundo tiene la sensación de que su trabajo no tiene sentido, es una queja constante percepción que que se trabaja en cosas que son poco útiles, pero hay que pagar las facturas. A la final la condición humana de realizar un esfuerzo percibiendo a la vez que ese esfuerzo es un poco inútil no es una condición muy digna. Yo diría que el trabajo-esfuerzo con un claro sentido es lo que entre otras cosas da a su vez sentido a la vida.

    Hay un montón de cosas que también requiere trabajo-esfuerzo, que tiene un sentido evidente y a las personas no se les permite entrar en eso ya que viven presos de la enloquecida rueda producir-consumir por producir y consumir.

    Por ejemplo: la vivienda. Es de juzgado de guardia que ante la imparable oferta de cacharros de consumo que nadie necesita el problema de que la mayoría de las personas no tengan una vivienda asequible y digna no se solucione.

    Otro ejemplo: la democracia, secuestrada por los partidos políticos.

    Oreo ejemplo: la justicia, secuestrada por el dinero. Donde no hay justicia no hay dignidad.

    También es impresentable que ante la escasez de recursos como la provocada por la actual crisis económica los políticos decidan salvar al sistema infernal consumo-producción a costa de otras actividades que son más necesarias tales como la educación y la sanidad.

    Lo cierto es que el mundo posee recursos valiosísimos y escasos. No es de personas racionales el desperdiciarlos en esta orgía de producción-consumo solo para mantener la actual configuración social.

    El trabajo nunca se acabará, pero en cada momento hay que dedicarse a las cosas que si mejoren la vida de todos.

    Un saludo y un fuerte abrazo.

  4. admin
    Viernes, 2 de Septiembre de 2011 a las 16:20 | #4

    @IsabelGM
    Tambien para mi es una alegría verte por aquí Isabel.
    Un abrazo

  5. Jueves, 1 de Septiembre de 2011 a las 11:42 | #5

    Querido Juan, me sumo a Isabel, ¡qué alegría encontrarte de nuevo! Espero que estés bien en tus nuevas circunstancias.

    Una frase tuya me ha impactado: “…todo el mundo vive de vender su trabajo…” ¡Exacto! Pero entonces, se me ocurre, igual que todo tendero sin ventas quiebra, ¿es concebible la vida sin trabajar?

    Yo no soy economista ni filósofo, pero sospecho que la dualidad vida-trabajo es falsa y perversa. En realidad, la vida consiste en el propio esfuerzo (“trabajo”) de vivir, tal como la caza, la territorialidad, el apareamiento, la crianza, etc., de los animales. No hay una “vida plácida y espiritual” al margen de una “horrible vida laboral” (que, según ciertas utopías, deberían asumir integralmente las máquinas). En realidad, vida y trabajo son sinónimos. Lo que significa que, si el hombre no “trabaja” (en cualquier sentido que demos al concepto), se desintegra en un vacío insoportable (ved los animales del zoo). Y si las máquinas lo sustituyen, significa que, de hecho, ya lo han matado (es ingenuo suponer que alguien alimentará a un ser humano al que no le dejan esforzarse en alimentarse por sí mismo!). Por tanto, el trabajo debe dignificarse, pero jamás desaparecer.

    Esto me lleva a la reflexión de que, quizá, una de las claves es que, en nuestro planeta, sobra de todo. Sobra, principalmente, gente. Sobran máquinas. Y sobra vanidad. Obviamente, la tercera hace que la primera y las segundas jamás se cuestionen, se den siempre por sentadas. Por eso mismo, cualquier debate interminable sobre el mundo y la economía (basado siempre en la teoría de los Buenos y los Malos) es siempre circular, tan redondo como el ombligo de quienes politiquean. Jamás daremos un paso positivo en cualquier dirección sin afrontar -y LIMITAR- los “Tres Tabús Insoportables”: la demografía, el maquinismo y el egocentrismo humano.

    Os pongo un link interesante, no os perdáis la metáfora del hámster: http://www.youtube.com/watch?v=WPhSm79FCM0&feature=related

    Muchas gracias por citarme tan elogiosamente en tu artículo, Juan.

    ¡Un abrazo!

  6. Miércoles, 31 de Agosto de 2011 a las 17:53 | #6

    ¡Qué bien que hayas vuelto, Juan! Sigue con tus “palos” lúcidos para no dejarnos dormir. Un abrazo.

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