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Boletín
Cultural y Bibliográfico
, Número 33, Volumen XXX,
1993
Continuación
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Gonzalo Arango.
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El nadaísmo, que
proponía una revolución, sobrevive a la revolución y entra en el próximo siglo a pesar
de sus entierros, el último de los cuales tuvo lugar el año pasado en Andes, cuando
ingenuos amigos de Gonzalo Arango entregaron sus restos en una ceremonia religiosa.
Cuando nace el nadaísmo
todos los poetas colombianos están escribiendo sonetos, pero al final de siglo se perfila
como la última de las vanguardias, y en eso consiste su mayor mérito, pese a que sus
integrantes carecen de identidad literaria.
El viraje del país en
los últimos decenios con los que coincide el nadaísmo ha sido tan dramático que todo
está traumatizado pues hemos tenido varias revoluciones cuyo proceso asimilativo crea
necesariamente desajustes sociales que ponen en peligro la estabilidad de la nación.
El nadaísmo fue un
movimiento subversivo en razón de la procedencia social de sus integrantes, lo que
limitó su campo a la literatura, cuya incidencia es mínima y de acción sumamente
retardada. Algunos de sus aspectos, como el tremendismo, cumplieron su función y dejaron
sus consecuencias, pues el tremendismo queda bien a cierta edad, pero no queda bien a
cierta edad. Sin embargo, lo que más perjudicó a los nadaístas fue que ellos mismos
dijeron: "Somos geniales, locos y peligrosos", y así se quedaron.
Cuando Jotamario
Arbeláez prepara para la Editorial Carlos Lehlé de Buenos Aires la selección de textos
de Gonzalo Arango que titula Obra negra (1974), su propósito declarado en la
presentación del> libro es rescatar lo que pudo salvarse entre las páginas más
representativas del fundador del nadaísmo, por oposición a su última e inesperada etapa
en que decide regresar al punto de partida.
El regreso al punto de
partida es un interesante tema psicológico, que la vida de Gonzalo Arango ilustra en sus
últimos años, mas no constituye motivo de esta nota, por lo que es preciso retomar su
continuidad.
La edición argentina
circuló en el continente, pero, según el editor, no tuvo en Colombia el éxito que
esperaba, y ello por motivos como el precio, la oportunidad, la falta de promoción y la
deficiente distribución, pues infortunadamente el mercado del libro se basa en que el
librero no le paga al editor, el editor no le paga al impresor ni a los autores, y todo el
negocio es un robo en cadena que cada año se disimula en las ferias del libro con
participación de los implicados, y desde luego de los autores, que siempre esperan, como
los toreros, otra oportunidad.
Pero un editor pirata de
Medellín detectó lo que Carlos Lohlé no pudo saber, y es que había para Obra negra un
buen mercado insatisfecho en todo el país, por lo cual procedió a sucesivas reediciones
del número 13 de Cuadernos Latinoamericanos, tan audaz e impávidamente que llegó a
poner en la portada el sello de "Ediciones Triángulo" (autor, editor, librero)
con el convencimiento de que en caso de demanda el fallo se produciría cuando ya la
acción hubiese prescrito, con lo cual él siempre se saldría con la suya.
Cuando Angela Hickie se
da cuenta del creciente interés del público por Obra negra decide realizar la
última edición, motivo de esta reseña, y para darle cierto tinte de novedad introduce
algunas modificaciones que convierten el principal libro de Gonzalo Arango en algo peor
que una publicación pirata: adulterado en su esencia y significado, mutilado, deformado,
adicionado con total descaro e ineptitud, expurgado y lunáticamente presentando con un
vergonzoso sesgo seudoesoterista de origen clínico.
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Elmo Valencia.
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Si Gonzalo
Arango, quien fuera un auténtico intelectual, después del arduo combate ha venido a
quedar como un guiñapo en manos de los descendientes del hippismo, gentes de rebusque,
desalumbradas, fanáticas y estultas, si finalmente fue esa la compañía que eligió en
su decadencia, podría pensarse, no sin crueldad, que recibe su merecido. Mas no: la obra
de Gonzalo Arango está claramente dividida en dos partes irreconciliables. La segunda no
tiene nexos con la primera y habría que buscar sus causas en un estudio aparte.
Con astucia propia de
pirata inglés, se hizo poner en los créditos el derecho de edición a nombre de
"Herederos de Gonzalo Arango", pero sus únicos herederos naturales, que lo son
sus hermanos, se han manifestado completamente ajenos a dicha edición, para la cual no
fueron consultados. Angela Hickie no es en modo alguno heredera legal de Gonzalo Arango, y
mucho menos heredera moral, sobre todo en el caso de este libro, puesto que fue ella la
que convirtió en cenizas en un patio los archivos del profeta, con el fin de borrar los
rastros históricos del nadaísmo y del propio Gonzalo.
En los mismos créditos
del libro se hacen constar sorprendentemente como "compiladores" a
"Jotamario, Angelita y Esdras". Nada tiene que ver el primero con los segundos.
El único compilador de Obra negra es Jotamario, por encargo de Carlos Lohlé. Los
otros metieron abusivamente las manos y las patas, dañando lo que hizo el verdadero
compilador, únicamente para justificar derechos contables. La edición de Plaza &
Janés constituye un flagrante robo y además un adefesio que desacredita dicho sello
editorial. Sería plenamente demandable, si alguien pudiera creer en la justicia
colombiana.
Gonzalo Arango fue todo
combate hasta que comprobó la inutilidad de la lucha en este pobre país, pues no había
con quién, por quién ni para qué. Una larga guerra no ha tenido otro objeto que el
robo, y la herencia de las guerrillas es la descomposición nacional. Las luchas por la
civilización y la cultura están derrotadas de antemano.
Tales son las vicisitudes
de este libro, a causa de haberle puesto Jotamario el paradójico título de Obra negra
y el número 13, cuando en realidad es una obra esclarecedora, orientadora, valiente,
genitora, un verdadero sendero luminoso, ya que entramos en el mundo de las
paradojas.
JAIME JARAMILLO
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