Historia de Hungría

Indice

- Antes de los húngaros

- ¿De dónde provienen los húngaros?

- Establecimiento de los húngaros y el reino de San Esteban (896-1038)

- Dinastia del rey Esteban, la " Casa de Árpád" (1038-1301)

- El auge del Estado medieval húngaro (1301-1490)

- La decadencia del Estado medieval húngaro y la dominación turca (1490-1526)

- El país desmembrado en tres partes (1526-1686)

- Hungría y la dinastía de los Habsburgo (1686-1790)

- Surgimiento de la sociedad civil, reforma y revolución (1790-1849)

- La Revolución de 1848.

- Neoabsolutismo y los "felices años de paz" (1849-1914)

- De una guerra a la otra (1914-1945)

- Variantes del socialismo (1945-1987)

- La Revolución de 1956.

- La Hungría de la transición y del cambio (1987-2000)

- Historia milenaria

 

Antes de los húngaros

           Hungría está situada en el corazón de Europa, en la Cuenca de los Cárpatos, rodeada por la cordillera de los Cárpatos, los Alpes y las montañas eslavas meridionales. Esta región, desde la aurora de la civilización, siempre ha estado habitada, y ha sido escenario de la mezcla de distintas culturas. En el Ier milenio antes de Cristo, se alternaban aquí pueblos de jinetes de origen iraní -escitas- y tribus indoeuropeas más o menos sedentarias (celtas, ilirios y tracios).

            En el último período de expansión del imperio romano, la Cuenca de los Cárpatos perteneció por algún tiempo a la esfera de la civilización mediterránea, grecorromana: este proceso estuvo acompañado de la aparición de centros urbanos, carreteras empedradas y fuentes escritas, y finalizó al iniciarse la migración de los pueblos.

            En la zona aparecieron tribus germánicas y pueblos turcos nómadas (hunos y ávaros). Roma desde comienzos del siglo III se vio obligada a defenderse contra ellos, pero alrededor del año 430, cediendo ante los ataques de los hunos, abandonó definitivamente su provincia en la Cuenca de los Cárpatos, llamada Pannonia.

            El famoso rey huno, Atila, dirigió desde aquí, de las orillas del río Tisza, su enorme, pero efímero imperio. Tras su muerte, el imperio huno se desintegró y tribus germánicas volvieron a repartirse el territorio. La hegemonía de ellos pronto se vio quebrantada por la llegada de los ávaros. El imperio creado por ellos a fines del siglo VI, se desvaneció debido a las campañas militares de Carlomagno (años 790) y a los ataques de los búlgaros del Danubio.

            Al llegar aquí los magiares el statu quo que existía en la Cuenca de los Cárpatos era el siguiente: en el Transdanubio estaba la provincia oriental del decadente imperio franco, en la Gran llanura y Transilvania  dominaban los búlgaros y el norte lo ocupaba la alianza tribal, y luego Estado, moravo.

 

Establecimiento de los húngaros y el reino de San Esteban (896-1038)

          El origen de los húngaros, que se remonta a varios milenios, aún no ha sido esclarecido del todo por la ciencia. La versión de que la antigua patria de los húngaros estaba en las laderas asiáticas de los montes Urales y que sus ancestros pertenecían a la familia finougria de los pueblos de los Urales, puede comprobarse por los recursos de la lingüística. Debieron de separarse pronto de sus parientes noroccidentales, y en la primera mitad del Ier milenio a. C. ya los encontramos al suroeste de los Urales, haciendo pastar a sus animales en la amplia "patria primitiva húngara" (Magna Hungaria, Bashkir), situada a las orillas del Volga. Mil años después ellos también se unieron a los movimientos masivos de la migración de los pueblos, y se desplazaron a las estepas entre los ríos que desembocan en el mar Negro (Levedia, luego Etelköz). Probablemente ya antes habían entrado en contacto con pueblos turcos, pero la arqueología es capaz de identificar los elementos turcos (onogur - de ahí la denominación "húngaro") solamente en estos territorios.

            Según un grupo de científicos, con las reiteradas olas migratorias de los pueblos, ya en el siglo VII habían llegado húngaros a la Cuenca de los Cárpatos, pero lo que sí se sabe con certeza, es que a partir de mediados de los años 800 ya la conocían muy bien, ya que sus guerreros participaban en las luchas libradas por el territorio, algunas veces como aliados de los francos, otras  del lado de los moravos. En el transcurso de las mismas, no solamente pudieron conocer muy bien las favorables condiciones naturales de la Cuenca de los Cárpatos, sino también las flaquezas de sus aliados y el vacío de poder que se formó en este territorio, y todo ello pudo contribuir a que en el año 895, buscando refugio y una nueva patria ante el ataque de los pechenegos turcos, se dirigieran a la Cuenca de los Cárpatos, esta vez junto con sus mujeres, sus hijos y sus animales.

            Cuenta la leyenda que, antes de la gran empresa, la conquista de la nueva patria, los jefes de las siete tribus húngaras sellaron su alianza por medio de un "pacto de sangre", según la costumbre oriental, y eligieron entre ellos a Árpád como príncipe, quien después llevó a cabo exitosamente la gigantesca tarea del traslado organizado de los húngaros (aproximadamente medio millón de personas) a la Cuenca de los Cárpatos, que, de acuerdo a lo que demuestran los hallazgos arqueológicos, cobró relativamente pocas víctimas.

            Los húngaros, conquistadores de su patria, en su nueva morada continuaron su modo de vida, complementando el pastoreo con el cultivo de la tierra, sin embargo sus guerreros, al igual que los normandos y los vikingos, acosaron durante décadas a los pueblos de Europa, con incursiones de saqueo y cobrando rescate, hasta que el rey alemán Otón puso fin a estas correrías, al imponerles una grave derrota en la batalla de Augsburgo (955).

            Los descendientes de Árpád reconocieron que la condición de su supervivencia era asimilar el modelo europeo, del modo de vida sedentario. Esto significaba principalmente adoptar el cristianismo y  estructurar la organización estatal. El bisnieto de Árpád, Géza († 997) fue bautizado, pero según las crónicas, también siguió presentando sacrificios a sus deidades paganas. No obstante, hizo de su hijo, el futuro San Esteban, un verdadero monarca cristiano. Llamó como maestros al lado de su hijo a destacados misioneros alemanes de la época, pobló su corte de caballeros alemanes, y pidió para su hijo la mano de Gizella, hermana del rey bávaro.

            Alcanzó su objetivo: su hijo, el rey Esteban I (997-1038) siguió adelante con la política de su padre, y en la Cuenca de los Cárpatos organizó un fuerte estado cristiano de tipo europeo occidental. Obligó a todos los súbditos del reino a respetar los dogmas del cristianismo. Edificó la organización eclesiástica que abarcaba todo el país, obligando a las poblaciones a construir templos y organizándolas en diócesis. Trajo a Hungría a monjes, quienes, además de difundir la nueva religión, enseñaban a los habitantes del país horticultura, viticultura y distintas actividades industriales. Ellos sentaron las bases y fueron difusores de la cultura escrita, que permitió establecer un sistema legislativo y administrativo adecuado a la época.

            En el año 1000, Esteban se hizo coronar rey. Para la ceremonia, pidió la corona al Papa de Roma, subrayando también con este gesto su compromiso por el cristianismo de tipo occidental. Venció uno tras otro a los jefes de tribu que se oponían a la nueva religión y a la nueva estructura, les confiscó sus bienes y tierras, creando en su lugar provincias, subordinadas a la dirección del rey. Dichas provincias siguen siendo hasta hoy -naturalmente, tras una infinidad de modificaciones- las bases del sistema de administración pública del país.

            Como resultado de la grandiosa labor organizativa de Esteban, canonizado en 1083, la nueva patria ocupada en el año 895 se convirtió irrevocablemente en un Estado europeo moderno y cristiano, que incluso cuando vivía el rey fue lo suficientemente fuerte para oponerse a las tentativas hegemonísticas del Imperio Romano Germánico y repeler las campañas militares del emperador Conrado II.

  

Dinástia del rey Esteban, la "Casa de Árpád" (1038-1301)

         Entre los sucesores de Esteban, Ladislao I (1077-1096) y Kálmán I (1096-1116) obligaron a su pueblo, mediante leyes estrictas, a seguir respetando la autoridad del Estado, las relaciones de propiedad y los valores cristianos.

            A fines del siglo XI, Hungría se convirtió en una potencia centroeuropea, actuando como conquistador en el Este y el Sur. Aunque las campañas militares dirigidas al territorio de la actual Galicia y Ucrania no hayan sido exitosas, Croacia sí reconoció, en 1091, la soberanía de la casa de Árpád.

            Durante los reinados de los monarcas más débiles e incompetentes, se inició la donación de los dominios reales, base del poder central del rey, lo cual, también correspondiendo al modelo de desarrollo europeo occidental, dio por resultado la formación de una sociedad feudal cada vez más estructurada y estratificada. Al cabo de poco tiempo esto requirió la introducción de cierto tipo de constitucionalidad,  así nació uno de los documentos básicos medievales, que fue la llamada Bula de Oro (1222), emitida por Andrés II, que los historiadores comparan justificadamente con la Magna Carta inglesa, emitida en 1215. Dicho documento definió las distintas capas de la nobleza -tanto a los barones como a la pequeña aristocracia- como grupos privilegiados de la monarquía, que tenían derecho a oponerse al rey, y a quienes el rey, cumpliendo su promesa, convocaba anualmente a una asamblea nacional de los estamentos.

            El desarrollo relativamente tranquilo se vio interrumpido por la dramática irrupción y cruenta devastación de las huestes tártaras (mongólicas) en 1241-42, que arrasaron el país entero, asolándolo todo, e hicieron huir al rey y su corte hasta el mar Adriático. Durante la invasión tártara, en el transcurso de un solo año, perdió la vida una tercera parte de la población del país. Al rey Béla IV (1235-1270) con razón se le recuerda como el "segundo fundador de la patria", ya que prácticamente tuvo que volver a edificar el país desvastado. Con la construcción de castillos de piedra, creó un fuerte sistema de defensa, trajo colonos a quienes instaló en los territorios convertidos en llanos despoblados, y con su política paciente y perseverante reorganizó la vida del país. Después de su muerte, la nobleza fortalecida explotaba cada vez  con más éxito sus nuevas posiciones, y las intenciones independentistas de los señores de las comarcas ya comenzaban a socavar la unidad del Estado del rey Esteban. La situación se deterioró aún más debido a la lucha librada por la corona húngara durante casi dos decenios, acaecida al extinguirse la casa de Árpád.

 

El auge del Estado medieval húngaro (1301-1490)

           En el año 1301 se extinguió la casa de Árpád. De la competencia de las dinastías europeas salió victoriosa la casa de Anjou napoletano-francesa, que obtuvo la corona de Hungría. Durante el reinado de los dos reyes húngaros de la casa de Anjou, Carlos I (1307-1342) y Luis (el Grande) (1342-1382), Hungría nuevamente comenzó a florecer. Carlos I logró consolidar su poder gracias a la buena política impositiva que puso en práctica, a la reforma monetaria y a la explotación más eficaz de las ricas minas húngaras. En 1335 invitó a los reyes de Bohemia y Polonia, y en el llamado "encuentro real de Visegrád", con la iniciativa de una colaboración política y comercial, creó la primera alianza centroeuropea.

            El reinado del segundo monarca angevino es memorable sobre todo por su política conquistadora, que refleja el considerable fortalecimiento del país. Como resultado de las guerras del "rey caballero", las fronteras meridionales del país alcanzaron hasta Bulgaria, los nuevos principados rumanos (Moldavia y Valaquia) prestaron juramento feudal y Venecia cedió Dalmacia. Hungría se convirtió en una gran potencia centroeuropea y logró conservar dicho status hasta 1490, año de la muerte del rey Matías. El auge de la vida cultural y la fundación de la primera universidad húngara (Pécs, 1372) también dan testimonio de que en la época de la crisis de Europa Occidental, la Hungría de los Anjou prosperaba.

            El rey Luis murió sin sucesor varón y el país se sumergió durante años en la anarquía, de la cual salió y tuvo un dominio sólido solamente al ocupar el trono su yerno, Segismundo de Luxemburgo (1387-1437), quien tuvo acceso a su legado gracias al apoyo interesado de una liga de la baronía: Segismundo tuvo que pagar por la ayuda de los grandes señores con una parte sumamente importante de las tierras reales, y le costó el trabajo de varios decenios restablecer el prestigio de la regencia central. En primer lugar, su prestigio internacional sentó las bases de la consolidación de su reinado. En 1410 lo eligieron emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Hizo mucho por restaurar la paz y la unidad del imperio, sin embargo, se demostró incapaz  frente al inminente peligro turco, que determinó de manera cada vez más marcada la historia húngara de los tres siglos posteriores.

            Las tropas turcas osmanlíes que atacaban desde los Balcanes, cruzaron el mar Mármara y pisaron por primera vez suelo europeo en 1354, y al cabo de algunas décadas sometieron Serbia, Bosnia, Albania, los principados rumanos y avanzaron incontenibles hacia el corazón de Europa. Los temibles conquistadores derrotaron también al ejército cruzado de Segismundo en la batalla de Nicópolis en 1396. El peligro turco ya amenazaba directamente a Hungría.

            El legendario estratega, János Hunyadi impidió la invasión turca del país. Gracias a sus excelentes cualidades estratégicas, János Hunyadi, nacido en el seno de una familia de la pequeña nobleza de Transilvania, llegó a ser en los últimos años de su vida uno de los mayores señores feudales del país. Con la renta de sus tierras, recibidas por sus éxitos militares, organizó un ejército, en el cual luchaban juntos los soldados de todos los pueblos amenazados por los turcos en los Balcanes. Toda Europa observaba tensa la suerte de su batalla librada en 1456 por Nándorfehérvár (Belgrado), y a raíz de la noticia de su victoria, por todo el continente se celebraron Te Déum. Con sus victoriosas campañas militares, dirigidas durante casi veinte años, János Hunyadi, el "campeador vencedor de turcos", postergó un siglo la expansión ulterior del Imperio Otomano.

            El legendario estratega murió en la cúspide de su gloria, después de la victoria de Nándorfehérvár, víctima de una epidemia de peste que se declaró en su campamento. Sin embargo, su familia le dio a la historia húngara otro talento sobresaliente: su hijo, Matías Hunyadi (Corvino), quien fue elegido rey en 1458, cuando era aún adolescente, gracias al prestigio de que gozaba su padre. Matías llegó a ser uno de los mayores monarcas de la Hungría medieval.

            El rey Matías creó una fuerte monarquía centralizada con sólidas rentas, con un cuerpo de funcionarios calificados, bajo su control personal y con un poderoso ejército mercenario confiable (el "ejército negro"), a la cabeza del cual conquistó Moravia, Silesia, es más, junto con Viena también buena parte de Austria. El "Matías el justo" de los cuentos populares mantenía una de las cortes renacentistas más lujosas de la Europa de su época en el palacio de Buda y en la pintoresca Visegrád, junto al Danubio. Su biblioteca (integrada por los "Corvinos") era una de las colecciones más importantes de la Europa de aquella época, y el rey brindó su hospitalidad a muchos artistas y científicos. No dirigió campañas militares de importancia contra los turcos, tan sólo quería asegurar el statu quo logrado por su padre en la frontera meridional del país. Fijó su atención más bien en el Occidente y el Norte: el objetivo de sus esfuerzos dinásticos era crear un fuerte "imperio danubiano", que hubiera podido servir de contrapeso adecuado al Imperio Otomano.

 

La decadencia del Estado medieval húngaro y la dominación turca (1490-1526)

          Matías murió repentinamente en 149O, sin dejar heredero legítimo. Los débiles monarcas de la dinastía de Jagellón que le siguieron, compraron la benevolencia de los grandes señores, cada vez menos escrupulosos, haciéndoles concesiones permanentes. El papel internacional de Hungría disminuyó vertiginosamente, su solidez política se quebrantó y se detuvo el progreso social. Se perdieron las conquistas de Matías: Moravia, Silesia y parte de Austria.

            Las guerras internas y los agravios constantes de la anarquía feudal impusieron cargas insoportables al campesinado del país. La desesperación condujo a una guerra campesina en 1514, un episodio de la serie de movimientos europeos centro orientales que duró desde las sublevaciones husitas hasta las guerras campesinas alemanas de 1525. La sublevación dirigida por György Dózsa fue aplastada y severamente talionada por la aristocracia. El país se encontraba en condiciones de división y desacuerdo completos, cuando el Imperio Otomano, llegando a la cúspide de su poder, preparaba una nueva campaña contra Europa, y estaba en los confines meridionales del país.

            El tan temido acontecimiento ocurrió en 1526, en la batalla de Mohács. El ejército turco de 70 mil a 80 mil soldados, dirigido personalmente por el Sultán Solimán I (el Magnífico) (1520-1566), llegó al escenario de la contienda el 29 de agosto. El ejército húngaro en vano tomó la iniciativa contra la triple superioridad de fuerzas: al cabo de una hora y media pereció lo mejor de la infantería y de la capa dirigente húngara. El rey húngaro, Luis II (1516-1526) murió ahogado en un arroyo crecido mientras huía. Dos semanas más tarde, el sultán marchó sobre  Buda, capital del país.

 

El país desmembrado en tres partes (1526-1686)

       Tras la batalla perdida de Mohács, el país llegó a dividirse en tres partes: la zona central, el llamado territorio conquistado, fue invadido por los turcos en forma de una cuña; las provincias occidentales y septentrionales, la llamada Hungría real estuvo dirigida por Fernando de Habsburgo quien ocupó el trono de Hungría; al Este del río Tisza prácticamente se formó un nuevo Estado: el Principado de Transilvania.             Dado que la conquista turca se estableció en el centro del país, Hungría se convirtió en la zona de enfrentamiento de dos culturas, la cristiana europea y la musulmana turca. Las fronteras de la zona central invadida del país variaban constantemente, porque las luchas libradas por conquistar o reconquistar algún castillo, duraron 150 años, con interrupciones más o menos largas. Las guerras causaron una terrible devastación en el legado cultural, en la economía y también en vidas humanas. No sólo perecieron varias generaciones de soldados húngaros, sino que los turcos también se llevaron una considerable parte de la población, como esclavos. En los territorios antaño más florecientes (en la actual Voivodina y en el centro del país) apenas quedaron edificios de piedra o de ladrillo. La destrucción sistemática modificó la estructura medieval de las poblaciones y cambió la composición étnica de la población. En la Hungría del rey Matías todavía vivían 4 millones de personas, al igual que en Inglaterra en aquellos tiempos. En los dos siglos siguientes la población de Europa aumentó al doble, sin embargo, en Hungría a fines del siglo XVII solamente vivían  3 millones de habitantes. En esa época se mezclaron en gran número con la  población húngara de los territorios centrales de suerte más adversa, los grupos étnicos de los Balcanes que huían de los turcos, luego, tras la expulsión de los turcos, los eslovacos, y más tarde, como resultado de acciones de colonización, alemanes, serbios y rumanos.

            Los aristócratas de la llamada Hungría real eligieron a Fernando de Habsburgo para que ocupara el trono vacante desde la trágica batalla de Mohács, reconociendo sus demandas de sucesión. Su decisión se vio fuertemente influída por el reconocimiento del hecho de que frente al imperio mundial turco, necesitaban apoyo, que esperaban obtener de la dinastía de los Habsburgo, que jugaba un papel cada vez más importante en la política de las grandes potencias europeas. Calcularon bien, ya que el vecino Imperio Habsburgo, también amenazado por los turcos, estaba interesado en la liberación de Hungría, por ello el tesoro real -con los fondos procedentes de otras provincias del Imperio Habsburgo- regularmente destinaba enormes sumas para el mantenimiento de los aproximadamente 100 castillos situados en el territorio de la Hungría real y para abastecer a sus defensores. Al mismo tiempo, los húngaros muchas veces esperaban en vano el prometido apoyo imperial para sus sangrientas luchas, ya que éste llegaba a suelo húngaro principalmente de acuerdo con los intereses de gran potencia de la dinastía de los Habsburgo, y no correspondiendo a las necesidades húngaras.

            Contribuyó a la formación de una relación pacífica entre el rey y su pueblo, el hecho de que los Habsburgo, frente a los turcos, también necesitaban la ayuda de los húngaros y por ello respetaban la constitución húngara. El sistema institucional húngaro quedó casi intacto en su totalidad, incluyendo la asamblea nacional y las provincias. Los cargos dignatarios del país fueron desempeñados por los grandes señores húngaros, quienes en sus castillos a menudo mantenían cortes casi principescas. Las lejanas oficinas reales, residentes en Viena, apenas intervenían en asuntos internos, por lo tanto los señores húngaros podían dirigir éstos según sus tradiciones.

            Transilvania, la parte oriental del país dividido en tres, desde el punto de vista de los turcos, que se abrían paso hacia Viena, pertenecía a aquella zona en la que ellos se contentaban sólo con cobrar impuestos y ejercer un control indirecto. De esta manera, de la parte oriental de Hungría pudo configurarse el Principado de Transilvania, dependiente del sultán en sus relaciones exteriores, pero autónomo en cuanto a sus asuntos internos, que paulatinamente se fortaleció a tal grado, que algunos de sus príncipes más talentosos parecían más bien monarcas europeos soberanos que lugartenientes del sultán.

            El Principado de Transilvania se vio obligado a equilibrarse entre las dos superpotencias, los Imperios Habsburgo y Otomano. Obedeciendo al mandato momentáneo de sobrevivir, pero a veces seguramente también a sus propios intereses, los gobernantes de Transilvania entablaban con frecuencia alianzas contradictorias, no obstante, la política de sus dirigentes más destacados, como István Báthori, Gábor Bethlen o György Rákóczi I, siempre tuvo como objetivo unir las fuerzas de la parte occidental y oriental del país para expulsar a los turcos y reunificar el país, oponiendo resistencia luego a la exagerada influencia de los Habsburgo.            La división del país y la dominación turca transformó las estructuras económica y social de Hungría. En medio de las constantes luchas, la cría de reses llegó a ser casi la única actividad rentable, debido a que, en caso necesario, era posible salvar el ganado arreándolo a otro lugar, y lo único que se necesitaba para este tipo de ganadería era prados de gran superficie, llanos vacíos, que gracias a las permanentes luchas, no faltaban. En los años 1580 Hungría era el mayor exportador de carne del mundo. Sin embargo, la exitosa exportación vacuna ejerció a largo plazo influencias negativas sobre la estructura económica húngara, dado que conservó el desarrollo unilateral que ya desde antes caracterizaba la estructura económica húngara, trayendo consigo el atraso de la industria.

            La nobleza y la burguesía más pudiente huyó a Transilvania o al territorio de la Hungría real, mientras que los campesinos de las zonas arrasadas se hicieron soldados en los castillos que quedaron en manos de los cristianos. Toda esa época y todas sus capas de población se caracterizaban por el desplazamiento constante, relacionado con las luchas, las huídas y el comercio, lo cual mantenía despierta en la población del país la conciencia de la unidad del país y la intensidad de la resistencia frente a los turcos.

            Probablemente se deba al pensamiento de unidad contra los turcos, considerada más importante que nada, que las luchas confesionales de la reforma y la contrarreforma, que en los países de Europa Occidental cobraron tantas víctimas, en Hungría se llevó a cabo por medios pacíficos, a pesar de que los nuevos ideales conmovieron a todos los estratos de la población. Las disputas teológicas, en vez de causar destrucción, más bien le dieron un enorme ímpetu al desarrollo de la cultura húngara y del idioma escrito húngaro. En 1571, adelantándose a los demás países europeos, la asamblea nacional de Transilvania promulgó la ley acerca del ejercicio libre de las religiones católica, reformada (calvinista), evangélica (luterana) y unitaria.            Ya al comienzo de los años 1600 se hizo evidente que el Imperio Otomano no era capaz de seguir incrementando sus territorios europeos, aunque al final del siglo todavía representaba una fuerza tan grande, que su expulsión solamente era posible por medio de la cooperación europea. Los acontecimientos se aceleraron como resultado del fracasado ataque turco contra Viena en 1683. Después de éste, por iniciativa del papa Inocencio XI, el Imperio Habsburgo, Polonia y Venecia crearon la Santa Alianza, que -completada con otros miembros-  en 1686 liberó Buda del dominio turco que había durado 145 años. Las tropas aliadas no se detuvieron ahí. Estas tropas dirigidas por los mejores estrategas europeos: Carlos, príncipe de Lotaringia, Maximiliano Emanuel, elector de Baviera y el príncipe Eugenio de Saboya, hasta fines del siglo expulsaron a los turcos de todo el territorio de Hungría.

            El hecho de que las tropas imperiales hayan jugado el papel decisivo en la expulsión definitiva de los turcos, fortaleció las intenciones absolutistas de la corte vienesa, que venían manifestándose hacía algún tiempo. El emperador victorioso manejaba los territorios liberados del país como provincias conquistadas. Logró presionar a la asamblea nacional a que los húngaros dimitieran a sus derechos que les fueron garantizados desde la Bula de oro: los derechos a la libre elección del rey y a la oposición de resistencia frente al rey. Haciendo caso omiso de los derechos de los propietarios antiguos, repartió entre sus propios partidarios los territorios reconquistados, y al país, convertido en yermo, le cobró a posteriori los costos de la liberación, en la forma de impuestos de guerra.

 

Hungría y la dinastía de los Habsburgo (1686-1790)

         Paralelamente al fortalecimiento de los Habsburgo, en el siglo XVII los húngaros se vieron cada vez más obligados a proteger sus intereses no sólo frente a los turcos, sino también frente a los Habsburgo. No obstante, el despotismo imperial posterior a la expulsión de los turcos, provocó una resistencia nunca antes vista, y en 1703 conllevó a una lucha de independencia que duró ocho años. El caudillo del movimiento, Ferenc Rákóczi II, descendiente de príncipes de Transilvania, trató por medio de reformas sociales y una tolerante política de culto, de preparar para la lucha al desangrado país. Tras las victorias iniciales, fue vencido y tuvo que marcharse al exilio, junto con sus partidarios, pero la prolongada lucha de independencia dejó claro también a los Habsburgo que para ellos el ejercicio del poder monolítico es una intención sin perspectiva, lo mismo que para los húngaros es la independencia plena. Las leyes de 1714-15 aseguraron la independencia constitucional de Hungría y los antiguos privilegios de la nobleza.

            La relativa tranquilidad de las décadas posteriores, el desarrollo técnico y la coyuntura agrícola fueron suficientes para que la capa dirigente húngara se sintiera satisfecha a tal grado, que se lanzara a defender el imperio Habsburgo cuando María Teresa (1740-1780) necesitaba ayuda en la guerra de sucesión austríaca.

            María Teresa y su hijo, José II (1780-1790) estaban entre los representantes más prominentes del absolutismo ilustrado europeo. Quisieron modernizar y fortalecer el imperio con una administración pública más profesional, con una política económica basada en parte en el progreso científico, con una política social más humana y -en el caso de José II- con medidas anticlericales. A la luz de estos criterios, desde los años 1760, María Teresa ignoró la asamblea nacional húngara y emitía por decreto sus reformas de política económica y social, por ejemplo, las relacionadas con la regulación de las cargas de los siervos o con la instrucción pública. José II, más radical, comenzó su reinado disolviendo las órdenes religiosas y sacando la censura del control de la iglesia, mientras que su célebre decreto de tolerancia permitió también a los no católicos romanos ejercer cargos públicos. Estas medidas provocaron la resistencia de la jerarquía católica, y sus planes de reforma impositiva no fueron del agrado de la nobleza húngara, agraviada por el menoscabo de sus derechos ancestrales; su rigidez demostrada en la omisión de la constitución, en la introducción uniforme del sistema centralista de administración pública y del idioma alemán como idioma oficial, alejó de su lado a sus seguidores originales: a los reformadores húngaros.

            El emperador, al perder su base de apoyo, en su lecho mortal retiró la mayoría de sus reformas. La nobleza ilustrada, su antiguo soporte, trató, en las comisiones de la asamblea nacional nuevamente convocada, de transplantar de su programa todo cuanto podía ser compatible con la conciencia nacional moderna que empezaba a revivir. Sin embargo, en el clima definido por la revolución francesa cada vez más radical, la dinastía de los Habsburgo abandonó sus intenciones de modernización y se preparó para conservar sus posiciones.

 

Surgimiento de la sociedad civil, reforma y revolución (1790-1849)

           Los dilemas de independencia y modernización -con el vocabulario de la época: "patria y progreso"- fueron planteados de forma mucho más aguda que nunca, en la era del despertar nacional centro oriental europeo. Al igual que los demás pueblos de la región, el pueblo húngaro también cruzó los umbrales del siglo XIX con una estructura falta de reformas socioeconómicas. El contraste entre el desarrollo iniciado dentro de la sociedad agrícola y el conservadurismo del gobierno llamó dramáticamente la atención a los principios de la economía de mercado y de la constitucionalidad liberal.

            Tal como la ilustración se arraigó sobre todo en los palacios señoriales y en las casonas de la mediana aristocracia de Hungría, también la base principal del liberalismo la constituía la nobleza sorprendentemente numerosa, de conciencia política y tradiciones firmes, que completaba su renta con ocupaciones burguesas. El mayor representante del liberalismo húngaro de la nobleza, el conde István Széchenyi (1791-1860), seguidor de ideales ingleses, reconoció que la principal causa del atraso de Hungría no reside en su sometimiento a Viena, sino en el sistema feudal. Con sus obras teóricas que ejercieron gran influencia y con su actividad modernizadora práctica obtuvo méritos imprescriptibles en la transformación del modo de ver dominante. Sacrificó incluso mucho de su patrimonio privado en fines públicos. Fue el fundador de la Academia de Ciencias de Hungría (1825) y promotor de la regulación fluvial, de la creación de las condiciones de la navegación a vapor y del transporte ferroviario, así como de la construcción del primer puente permanente entre Buda y Pest, el Puente de Cadenas, etc. Lajos Kossuth con toda razón llamó a Széchenyi, su disputador político número uno, "el mayor húngaro".

            Lajos Kossuth, el otro político húngaro sobresaliente de la época, representaba una corriente más radical que Széchenyi, y apelaba a la amplia publicidad. A partir de 1841 fue redactor del Pesti Hírlap (Gaceta de Pest), primer órgano de prensa político moderno del imperio Habsburgo. Afirmaba que la única vía posible de evitar la explosión social era la liberación lo más rápida posible de la servidumbre. Entre 1832 y 1848, en las "asambleas nacionales de la reforma", la oposición encabezada por Kossuth obtuvo importantes logros, y el Partido Oposicionista formalmente establecido en 1847, abiertamente fijó como objetivo que en la Hungría librada del tutelaje de Viena y de las ataduras feudales surgiese un gobierno moderno, responsable y representativo. La ola revolucionaria europea de 1848 encontró a Hungría en medio de esta efervescencia intelectual y este clima político exitado.

            A raíz de las noticias de la revolución de Palermo, y especialmente de París, en marzo de 1848 en la asamblea nacional de Bratislava la oposición ejerció una presión cada vez más decidida sobre la corte, con el fin de hacer aceptar sus propuestas de reformas. Después, la noticia alentadora de la revolución de Viena hizo estallar la revolución de Pest el 15 de marzo de 1848. Sándor Petõfi, uno de los mayores poetas húngaros y sus compañeros, a la cabeza de una entusiasmada multitud, despreocupándose de la censura, hicieron imprimir sus 12 puntos que contenían la esencia del programa de reformas liberales. La corte retrocedió e inició negociaciones con la delegación de la asamblea nacional, dirigida por Kossuth, sobre el proceso constituyente.

            Los resultados de las negociaciones, las llamadas "leyes de abril", abolieron la exención impositiva secular de la nobleza, proclamaron la liberación de la servidumbre y su igualdad ante la ley, así como hicieron entrar en vigor las libertades civiles. Para Hungría y Transilvania, hasta entonces manejadas como unidades legislativas separadas, nombraron un gobierno responsable común, encabezado por el conde Lajos Batthyány, con sede en Pest-Buda. Unicamente la persona del monarca establecía la relación entre el país y el imperio Habsburgo, dentro de cuyo marco alcanzó la mayor independencia posible.

            Sin embargo, en septiembre de 1848, cuando el gobierno de Viena recobró el aliento tras la extenuación de la revolución de Austria, movilizó al ban croata Jelacic para realizar un ataque armado contra Hungría. Los húngaros se vieron obligados a librar una lucha de independencia para defender sus derechos constitucionales logrados en un marco legal, por medio de una revolución que no derramó ni una gota de sangre.

            La heróica lucha de independencia duró casi un año, con resultados variables. Finalmente, su suerte fue sellada con el pacto entre el emperador Francisco José I y el zar ruso, a raíz del cual en junio de 1849 un ejército intervencionista ruso de doscientos mil efectivos cruzó los Cárpatos, marchando contra los húngaros. Las tropas húngaras no pudieron oponer resistencia a la superioridad de fuerzas de los ejércitos austríaco y ruso unificados. El 13 de agosto de 1849 también las últimas fuerzas húngaras importantes depusieron las armas.

 

Neoabsolutismo y los "felices años de paz" (1849-1914)

           Las consecuencias políticas de la derrota militar fueron la ejecución de unas ciento cincuenta personas, en la encarcelación de miles y en la abolición de toda constitucionalidad. Hungría fue integrada en el imperio Habsburgo unificado, gobernado por una burocracia centralizada, y el carácter agrícola atrasado y las condiciones jerárquicas de la sociedad en lo fundamental se conservaron intactos. La élite política húngara trató de obstaculizar el funcionamiento de la maquinaria represora mediante la llamada "resistencia pasiva", rechazando ejercer cualquier tipo de función pública.

            A mediados de los años 1860, las guerras fracasadas de los Habsburgo aislaron internacionalmente a Austria, agotaron su tesoro, pero a su vez, la prolongada resistencia pasiva también llegó a causarle problemas existenciales a la capa dirigente húngara. La situación estaba madura para un compromiso. Por iniciativa de Ferenc Deák, el "sabio de la patria", se iniciaron las negociaciones de compromiso. Como resultado de las mismas, en 1867 el Imperio Habsburgo se convirtió en una monarquía dualista de Austria y Hungría. Las dos partes de igual rango de la Monarquía Austro-Húngara obtuvieron total soberanía en sus asuntos internos. Sus respectivos parlamentos promulgaban autónomamente sus leyes, que Francisco José I en Viena ratificaba como emperador, en Budapest como rey, y dos gobiernos por separado se encargaban de llevarlas a cabo. Continuaron siendo comunes los asuntos exteriores y los de guerra, así como las finanzas de los mismos. El compromiso significó para los dos grupos nacionales dominantes del imperio: los húngaros y los austríaco-alemanes, el retorno a la constitucionalidad y a buena parte de los logros de 1848.

            La historia del casi medio siglo siguiente trajo consigo un florecimiento económico y cultural y estabilidad política nunca antes vistos en Hungría. Durante casi media centuria funcionó de manera previsible el primer sistema parlamentario moderno de la región, aunque con un derecho a voto restringido, en un marco conservador, respondiendo cada vez peor a los requisitos dictados por la movilidad social, y sin manejar con la seriedad debida las reivindicaciones de las minorías nacionales que componían la mitad de la población de ambas partes del imperio. Estos últimos, viendo la rigidez del sistema, al final trabajaron en aras de deshacerlo, para lo cual a largo plazo ofreció buenas perspectivas la creación de los Estados independientes de los Balcanes, que atraían como un imán a los habitantes sureslavos y rumanos de la monarquía.

            Los fenómenos de crisis política que surgieron a fines del siglo quedaron semiocultos por el creciente bienestar material e intelectual, del que se beneficiaron incluso aquellos que quedaron fuera de la esfera del poder político. La revolución industrial que se desencadenó convirtió a la Hungría de los "felices años de paz", de un país agrícola atrasado en un país agroindustrial de desarrollo relativamente rápido. La renta nacional aumentó al triple, la proporción de la población urbana se incrementó del 10 % a una tercera parte de la población total, y disponía de una infraestructura moderna para la época y de una cultura burguesa floreciente. En Budapest, metrópoli de un millón de habitantes, la exposición organizada en 1896 para festejar el aniversario milenario de la conquista de la patria, conmemoró merecidamente todos estos logros.

 

De una guerra a la otra (1914-1945)

             La primera guerra mundial puso fin a esta prosperidad. El problema de las nacionalidades durante la monarquía de los Habsburgo se convirtió en un arma potente en manos de sus rivales, las potencias de la Entente ofrecieron refugio a los consejos nacionales de las minorías en la emigración y los reconocieron como sus aliados. En el otoño de 1918, tras el desmoronamiento militar alemán-austríaco-húngaro, esto puso en peligro la integridad territorial de la Hungría histórica: Rumanía exigía para sí Transilvania, el Estado sureslavo en formación reclamó la región meridional y el estado checoslovaco demandó la región septentrional.

            En esta situación crítica, en octubre de 1918 estalló una revolución en Budapest. Se proclamó la república, cuyo presidente fue el conde Mihály Károlyi, quien simpatizaba con la Entente. Sin embargo, la reforma social democrática iniciada no pudo equilibrar el trauma causado por la derrota en la guerra, la descomposición de la economía y el ataque de los países de la llamada Pequeña Entente. El descontento de las masas fue intensificado aún más por los agitadores bolcheviques recién formados, que acababan de regresar de los campamentos de prisioneros de guerra de Rusia. El gobierno de Károlyi que se encontró en una situación imposible, en marzo de 1919 entregó el poder a la República comunista de los Consejos de Hungría, dirigida por el bolchevique Béla Kun, que en sus breves tres meses de vida intentó cumplir su programa social por medio de la nacionalización y el terror revolucionario, mientras que continuaba la lucha por la integridad territorial del país. Su caída no se debió a la contrarrevolución organizada bajo el mando de Miklós Horthy, sino a la intervención checa y rumana.

            Al finalizar la breve invasión rumana y el terror blanco que reemplazó al terror rojo, se celebraron elecciones, como resultado de las cuales se reunió una asamblea nacional que formalmente restauró la monarquía y eligió a Miklós Horthy como regente. El nuevo régimen firmó en junio de 1920 las condiciones dictadas por las grandes potencias victoriosas en el tratado de paz de Trianon (Versailles), lo que significaba darse por enterados forzosamente de la desmembración de la Hungría histórica.

            La Hungría de la Monarquía Austro-Húngara, junto con sus problemas de nacionalidades y su conservadurismo político, pasó a la historia, no obstante el nuevo orden, ratificado por el sistema de paz de Versailles, no resolvió las tensiones étnicas de la región, mientras que dividió en elementos, que difícilmente revivían, una unidad económica y cultural que antes había funcionado bien, y que incluso había jugado un papel importante en el equilibrio de poderes en Europa.

            En el tratado de paz de Trianon se aplicó unilateralmente, en detrimento de Hungría, el principio equitativo de la autodeterminación de las naciones: Hungría perdió dos terceras partes de sus antiguos territorios y más de la mitad de su población. Al contrario de sus nuevos vecinos, se convirtió en un Estado-nación casi homogéneo, mientras que una tercera parte de la población de nacionalidad húngara, más de tres millones de húngaros corrieron la suerte de vivir en minoría en los Estados sucesores vecinos. Todo esto determinó, además de las perspectivas desfavorables de la economía desbaratada del país, también su futuro político: en el período entre las dos guerras mundiales, ninguna fuerza que haya buscado éxitos en la política interior, pudo ignorar la demanda de la revisión.

            Las reformas del régimen de Horthy, que observaba los elementos esenciales del parlamentarismo aunque era profundamente conservador, poco hicieron por modernizar la estructura social retrógrada. No obstante, gracias al talento personal de algunos de sus políticos sobresalientes -como Pál Teleki e István Bethlen-, a fines de los años 1920 logró consolidar la política interior, cierto crecimiento económico, es más, la ruptura del aislamiento de política exterior y la leve esperanza de una revisión parcial, pacífica. Pero en el umbral de los años 1930, la crisis mundial económica nuevamente puso a Hungría en un curso forzoso. La recesión completó el proceso iniciado por el sistema de paz de Versailles, el desmenuzamiento de la unidad económica, social y cultural de la cuenca del Danubio: estimulando el encerramiento nacional abría paso a los extremismos políticos, y en el vacío de poder surgido facilitó la incursión de las grandes potencias interesadas en la región. En el caso de Hungría, que inculpaba sus problemas a Trianon y anhelaba la revisión, esto significaba una estrecha relación con Alemania e Italia.

            Después de iniciarse la agresión nazi, el premio por la adhesión de Hungría a las potencias del eje fue la reunificación de los territorios checoslovacos y rumanos de mayoría húngara (1938-1940); sin embargo, estos favores le hicieron imposible quedarse fuera de las luchas de la IIa guerra mundial y rechazar la participación en la invasión a Yugoslavia en 1941. El gobierno húngaro  estuvo más dispuesto a tomar parte en la guerra contra la Unión Soviética, mientras que, sobre todo después de las graves derrotas sufridas en el frente oriental, la élite tradicional que desde el comienzo alimentaba sentimientos contradictorios hacia el nazismo, buscaba llegar a un acuerdo con las potencias occidentales. Dándose cuenta de las intenciones de su "vasallo renuente", el 19 de marzo de 1944 Alemania invadió militarmente el país. Luego de que un gobierno títere llevara a cabo la deportación de la mayoría abrumadora de los judíos de Hungría, hizo fracasar el intento de Horthy de salirse de la guerra y abrió paso al terror de los nacional-socialistas húngaros, los cruz-flechados. Con el rápido avance del Ejército Rojo, entretanto todo el país se convirtió en escenario de guerra y, en la primavera de 1945, debido a la rotunda derrota, sucumbió el antiguo régimen y con él la soberanía estatal misma; en el país convertido en ruinas se estacionó un ejército invasor de más de un millón de efectivos. Sus dirigentes prometieron garantizar la autodeterminación, a pesar de que -como  llegó a saberse más tarde- la conferencia de Yalta de las grandes potencias en 1943 ya había decidido que Hungría, junto con sus vecinos, pertenecía a la esfera de intereses soviéticos...

 

Variantes del socialismo (1945-1987)

          Los tres primeros años posteriores a la IIa guerra mundial fue la época del experimento de una democracia pluripartidista en la Hungría militarmente invadida. El Partido de los Pequeños Propietarios -que reunía a la burguesía y al campesinado-, ganador de las elecciones de 1945, a solicitud de las grandes potencias formó coalición con los socialdemócratas, con el Partido Nacional Campesino y con los comunistas, que bajo la dirección de Mátyás Rákosi no tuvieron escrúpulos en aprovechar la protección brindada por las tropas soviéticas invasoras. En el espíritu de la unión de fuerzas nacional, la coalición alcanzó grandes resultados en la reconstrucción, y con la reforma agraria se hizo realidad el sueño secular del campesino húngaro. Pero ya en esos tiempos se inició la nacionalización de las empresas privadas y la introducción de algunos elementos de la economía dirigida de tipo stalinista. Cuando el país se repuso de la conmoción de la guerra, los comunistas atomizaron a sus rivales -dividiendo a sus socios de coalición, mediante chantaje político, utilizando la policía política controlada por ellos y por medio del fraude electoral- convirtiéndose de esta manera en la única fuerza política que funcionaba en 1947-1948. Les garantizaba este status el "tratado de amistad eterna" firmado con la Unión Soviética y la constitución "stalinista" de 1949.

            La dictadura stalinista de Rákosi concluyó entre 1948 y 1953 la nacionalización y comenzó el desarrollo de ritmo irrazonable de la industria pesada; obligó al campesinado a entregar sus productos y luego los forzó a ingresar en koljoses, expropiando sus tierras. A las decenas de miles de "enemigos" del sistema los trasladaron al interior del país o los enviaron a trabajos forzados y condenaron a personas inocentes en juicios preconcebidos, basados sobre acusaciones falsas. En el ambiente posterior a la muerte de Stalin (1953), bajo el gobierno del reformista Imre Nagy se atenuó el terror y se comenzó a investigar los abusos, la población del país pudo respirar aliviada, pero más grande fue la desesperación general, cuando la camarilla de Rákosi volvió al poder político.

            El XXº congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, celebrado en febrero de 1956, dejaba entrever el fin de la severa era stalinista. A raíz de dicho acontecimiento que se consideraba una promesa de posibles cambios democráticos, en Hungría surgió con fuerza elemental la resistencia frente al sistema totalitario, y esto condujo al estallido de la revolución del 23 de octubre de 1956. Imre Nagy, personaje popular en el país entero debido a sus reformas del año 1953, se puso a la cabeza del gobierno revolucionario. Se restableció el sistema pluripartidista y Hungría abandonó la alianza militar del bloque del Este, el Pacto de Varsovia. No obstante, el gobierno soviético, tras la cavilación inicial, decidió inmiscuirse, y la intervención iniciada el 4 de noviembre aplastó brutalmente la revolución. Unos doscientos mil refugiados abandonaron el país sometido a este fuerte choque, mientras que el período marcado con el nombre de János Kádár -colocado a la cabeza del partido comunista reorganizado como un títere de los soviéticos- comenzó con una ola de represión nunca antes vista.

            A pesar de ello, la vivencia de la revolución de 1956 también dejó claro ante el poder comunista que ya no se podía regresar a los métodos de gobierno ni a las condiciones de los "años cincuenta". A ello se debe que el nuevo régimen, una vez restablecido el "orden", en los años 1960 consolidó su posición mediante una amnistía y reformas, consiguiendo para Hungría el dudoso reconocimiento de "la barraca más alegre" entre los países del bloque soviético. Además de la industrialización y colectivización llevada a cabo gradualmente, de forma más pacífica, se prestó mayor atención a la producción de artículos de consumo, que las reformas introducidas a partir de 1968, en el llamado "nuevo mecanismo económico" incentivó también permitiendo un mayor campo de acción a las empresas privadas. El aumento del nivel de vida tuvo su precio político: siguió siendo un tabú el monopolio del poder del Partido Obrero Socialista Húngaro y la relación con la Unión Soviética, o sea, la soberanía limitada del país. La censura, ya más flexible, redujo el círculo de los bienes intelectuales prohibidos y amplió la esfera de los bienes apoyados y tolerados. La "dictadura blanda", aunque mantuvo un estricto control, pero abrió las puertas occidentales del país ante los extranjeros interesados y los húngaros con deseos de viajar.

            Aunque todas estas facilidades -especialmente a la luz de la comparación con la suerte de los países vecinos- le dieron cierta legitimidad al régimen de Kádár que se había llegado al poder por medios violentos, en los años 1980 comenzaron a vislumbrarse sus limitaciones. Las reformas fueron insuficientes para asegurar el crecimento económico, de manera que las apariencias de la prosperidad -apenas- se mantenían de préstamos extranjeros, al precio del endeudamiento del país. Pareció cada vez menos razonable el compromiso jamás expresado: la renuncia a los derechos políticos a cambio del bienestar material; y cuando en Moscú Mijail Gorbachov asumió la dirección del partido comunista, también se alivió la presión externa.

 

La Hungría de la transición y del cambio (1987-2000)

        Todo esto creó las condiciones para comenzar la transformación del sistema institucional político y de la economía, lo que los "comunistas reformadores" que destituyeron a Kádár que se resistía a realizar más cambios, se imaginaban como un proceso dirigido desde arriba. Pero poco después se organizaron en partidos los grupos de oposición que venían funcionando hacía años y cuya actividad cobró mayor publicidad e incentivó las manifestaciones masivas de la sociedad civil reanimada, llevadas a cabo en 1988-89. El Foro Democrático Húngaro (FDH) se presentó con un programa que basaba la crítica al régimen comunista en las tradiciones nacionales y a partir del otoño de 1987 organizó debates públicos acerca de la situación del país. La "oposición democrática" que publicaba prensa ilegal ("szamizdat") desde comienzos de los años 1980, formó la Alianza de Demócratas Libres (ADL) que se definía como liberal, lo mismo que la organización independiente de los estudiantes universitarios, la Alianza de Jóvenes Demócratas (AJD). A fines de 1988 y comienzos de 1989 renacieron también los partidos determinantes del período democrático posterior a la IIa guerra mundial: el Partido Independiente de los Pequeños Propietarios (PIPP), el Partido Popular Democristiano (PPDC) y el Partido Socialdemócrata (PSD). El marco del cambio pacífico del sistema se acordó en las "negociaciones tripartitas" entre la Mesa Redonda de la Oposición (formada en marzo de 1989 por las entidades anteriormente mencionadas), las organizaciones de masas y los dirigentes del Estado-partido. El convenio que estableció las bases del estado de derecho constitucional se firmó y se promulgó en forma de ley en el otoño de 1989, y poco después, el 23 de octubre de 1989 se proclamó la República de Hungría, modificando el antiguo nombre oficial del país (República Popular de Hungría), lo que expresó de manera simbólica la esencia del cambio de sistema: recuperación de la soberanía del país, sustitución de la gestión económica centralmente planificada y del régimen del estado-partido por la economía de mercado y la democracia pluripartidista.

            Los reformadores del POSH actuaron como catalizadores de este proceso, pero tan sólo en su última fase se decidieron a sacar las consecuencias y desmembrar formalmente el estado-partido, para luego fundar con otros socios de sentimientos izquierdistas un nuevo partido de programa socialdemócrata, bajo el nombre Partido Socialista Húngaro (PSH). A fines de 1989 y comienzos de 1990, cuando el país vivía  la fiebre de las primeras elecciones libres en varias décadas, no sólo había un frente político entre los socialistas y la oposición que hasta entonces actuaba más o menos de forma unificada, sino que se perfilaba visiblemente la línea de demarcación derecha-izquierda y la división democristiana/nacional-liberal-socialista.

            Como resultado de las elecciones de 1990, el FDH llegó a ser el partido más fuerte en el Parlamento. Formando coalición con los otros dos partidos de centroderecha, el PIPP y el PPDC, el gobierno de József Antall, presidente del FDH, contaba con una mayoría de casi 60 %. Su oposición estaba compuesta por la ADL, la AJD y el PSH. La coalición de centroderecha, como única entre los gabinetes europeos centro orientales que cambiaron el sistema, cumplió enteramente el ciclo electoral de cuatro años. Se eligió presidente de la república a Árpád Göncz, antes condenado a muerte por su actividad en 1956, en quien el parlamento depositó su confianza por cinco años más en 1995.

            Por no haber alcanzado el límite de votos del 5 %, ciertos partidos pequeños que pueden considerarse extremistas, no lograron entrar en la asamblea nacional ni en las primeras elecciones, ni en las de 1994.

            En 1994, más del 50 % de los votantes votó por el PSH, que cobró fuerza al final del ciclo parlamentario anterior. En el gobierno de coalición encabezado por Gyula Horn, presidente del partido, participa también la ADL, que nuevamente finalizó en segundo lugar en las elecciones.

            Además de las dificultades del cambio de sistema, ambos gobiernos han tenido que enfrentar el hecho de que la mayoría predominante de la sociedad había esperado una transición sin conmociones. La acelerada privatización no pudo suplir de un día al otro los empleos desaparecidos con el desmoronamiento de la economía socialista y las medidas encaminadas a establecer el equilibrio financiero comenzaron a reducir la inflación de manera lenta. Los importantes resultados alcanzados en la edificación del sistema institucional del estado de derecho democrático no indemnizan a todos debido a la apertura de las tijeras sociales, a la intensificación de las diferencias regionales o por el estancamiento del nivel de vida.

            Sin embargo, a pesar de la fluctuación del clima general, las fuerzas extremistas aisladas no amenazan la estabilidad de la vida política interna. Los debates internos que han tenido lugar de vez en cuando no han puesto en peligro la solidez de ninguna de las coaliciones de gobierno. Por lo visto, todo ello hace de Hungría un socio previsible, tanto para los inversores como para la política internacional. El flujo del capital extranjero ha tenido un papel protagónico en los éxitos de la privatización; la visita y la receptividad de figuras determinantes de la política mundial reciprocó la apertura de la política exterior húngara (iniciada ya en tiempos del gobierno anterior al cambio de sistema). En muchos terrenos han mejorado las relaciones con los países vecinos, y los convenios de base y la actuación de Hungría en las organizaciones de cooperación regional /CEFTA, ICE/ promueven el desarrollo ulterior de los contactos. Da testimonio del progreso de los esfuerzos integracionistas europeos de Hungría su membresía en el Consejo de Europa, en la OCDE, su calidad de miembro asociado de la Unión Europea, su papel jugado en el manejo y prevención de crisis en Europa: en 1994 como anfitrión de la CSCE, luego como presidente de la OSCE; en el marco de Asociación por la paz, su colaboración con la OTAN, así como su activa contribución al proceso de paz posterior a la guerra de los Balcanes /IFOR/.

            En los 1100 años transcurridos desde nuestro asentamiento en la Cuenca de los Cárpatos, Hungría varias veces pudo sentirse exitosa en la vía de la adaptación y de la superación. Hoy en día vuelve a confiar en que, recuperada ya su soberanía, podrá responder a los requisitos de esta era, y su "nueva llegada" a la comunidad de los países europeos esta vez resultará ser definitiva...

            Tras la elecciones de 1998 se formó un gobierno de coalición de la Alianza de Demócratas Jóvenes (FIDESZ-MPP) y del Partido de Pequenos Agricultores. El nuevo gobierno dirigido por Victor Orban seguía los lineamientos generales de los dos gobiernos predecesores en cuanto a la integración europea y la seguridad colectiva occidental. Hungría fue admitido como miembro de plenos derechos de la OTAN en abril de 1999, inmediatamente antes de comenzar la intervención de la Organización en Kosovo.

Apesar de la buena marcha de la economía desde la estabilización financiera de 1995, un crecimiento constante de 4-5% anual, en las elecciones de 7 y 21 de abril de 2002 los votantes decidieron otro cambio de gobierno. En las muy ajustadas y polarizadas elecciones la coalición socialista-liberal del MSZP y SZDSZ obtuvo 198 escaños frente a los 188 del FIDESZ y MDF y constituyo su nuevo Gobierno el 27 de mayo de 2002 encabezado por el experto financiero Péter Medgyessy.