FRANCISCO FERNANDEZ DE LA CUEVA, VIII DUQUE DE ALBUR-
QUERQUE (1637-1676), MARQUÉS DE CUÉLLAR, CONDE DE LEDES-
MA Y DE HUELMA, SEÑOR DE MOMBELTRÁN Y LA ADRADA, CABº
Y TRECE DE LA ORDEN DE SANTIAGO, MDC INFANT. ESPAÑOLA
(1641-43), GENERAL DE LA CABALLERÍA DE FLANDES (1643-44) Y
DE CATALUÑA (1645), GRAL. DE LAS GALERAS DE ESPAÑA (1650),
VIRREY DE NUEVA ESPAÑA (1653-1660), CAP.GRAL. DE LA ARMA-
DA DEL OCÉANO (1662-64), TENIENTE GRAL. DE LA MAR (1664),
VIRREY DE SICILIA (1667-70), CONSEJERO DE ESTADO (1671-76) .

Hijo primogénito de Francisco Fernández de la Cueva, VII duque de Alburquer-
que, marqués de Cuéllar, conde de Ledesma y Huelma, embajador en Roma, vi-
rrey de Sicilia y Cataluña, presidente de los consejos de Aragón y de Estado, y de
su esposa Ana Enríquez de Mendoza, hija de Luis Enríquez, VIII Almirante de
Castilla, duque de Medina de Rioseco.

Comenzó a servir de voluntario en el socorro de Fuenterrabía (1638), pasando a
Flandes en la primavera de 1640. En enero de 1641 se le confió el mando del ter-
cio que tuvo
José de Saavedra, vizconde y luego marqués de Rivas, que había re-
gresado a España para hacer valer sus servicios. Distinguido en la
batalla de Ho-
nnecourt (26.V.1642), Felipe IV le recompensó nombrándole general de la Caba-
llería Ligera del Ejército de Flandes (3.III.1643), empleo que ejerció en la batalla
de Rocroi y durante el resto de la campaña, a las órdenes de Francisco de Melo,
siendo llamado a la Corte a la conclusión de la misma. En 1645 fungió el mismo
cargo en el Ejército de Cataluña, donde volvió a servir a las órdenes de Melo, reci-
biendo posteriormente (patente 3.IV.1650) el generalato de las galeras de España.
Fue virrey de Nueva España desde 1653 hasta 1660.A su regreso, se le nombró ca-
pitán general de la Armada de la Mar Oceáno y, desde el 16.IV.1664, gozó el título
y preminencias de Teniente general de la Mar. Volvió a ejercer de virrey, ahora en
Sicilia (1667-70) y, tras regresar a Madrid, obtuvo plaza en el Consejo de Estado y
el puesto de mayordomo mayor del nuevo rey, Carlos II, cargos que desempeñaba
cuando murió en Madrid.

El Tercio de Infantería del duque de Alburquerque no fue proveído en el teniente
de maestre de campo general
Baltasar Mercader hasta el mes de octubre de 1643,
tomando parte en la
batalla de la Rocroi a las órdenes del sargento mayor Juan
Pérez de Peralta. Tuvo una actuación muy destacada, logrando rechazar 6 cargas
de la infantería y caballeria francesas, que no lograron descomponerle. Fue el úl-
timo en aceptar la capitulación ofrecida por el duque de Enghien pero su resisten-
cia sólo sirvió para endurecer los términos de la misma, constituyéndose en pri-
sioneros de guerra. En cuanto al duque, su actuación como jefe la Caballeria de la
izquierda, fue muy controvertida. Como fruto de su montaje propagandístico, los
franceses le acusaron de haber abandonado el campo de batalla, cabalgando a bri-
da tendida más de 30 millas hasta refugiarse en Marienburg, hecho que destapó el
duque de Aumale en su «Historia de los Principes de Condé» y que provocó en
España la aparición de algunos opúsculos impugnatorios (Rodriguez Villa, Cesá-
reo Fernández Duro, etc); más tardíamente, la duquesa de Alba dio a conocer la
correspondencia del duque conservada en su Casa en relación con dicha batalla,
cuyo desarrollo fue completamente adulterado por los franceses para tornar en
una victoria definitiva y resplandeciente el primer éxito militar conseguido bajo la
égida del todavia niño, pero ya rey, Luis XIV. Lo cierto es Rocroi fue una victoria
pírrica donde los franceses sufrieron más pérdidas humanas que los españoles,
aunque ganaron el campo y socorrieron la plaza asediada. La infantería española
no fue aniquilada en aquellos campos; en cambio, los franceses, hubieron de for-
mar un nuevo ejército para continuar la campaña, saldada con la conquista de dos
plazas menores y periféricas (Sierk y Thionville), que en nada mermaban ni com-
prometían la seguridad de los Países Bajos.

Casó en palacio (12.I.1645) con Juana Francisca de Armendáriz, II marquesa de
Cadreita, en quien no tuvo posteridad, sucediéndole como IX duque su tercer
hermano Melchor de la Cueva, que heredó su casa y estados.  

                                                                                   © JUAN L. SÁNCHEZ.
Grabado anónimo, publicado por la R.A.H. E.
en 1884.
Grabado anónimo, publicado en  «Iconogra-
fía de gobernantes de la Nueva  España», pu-
blicada en Méjico (1921), y tomada de la co-
lección conservada en el salón de Cabildos
del  palacio municipal de la ciudad de México.
El tercio de Alburquerque en la batalla de Rocroi (ilustración de Emilio Marín para R&D).
CARTA DEL DUQUE DE ALBURQUERQUE SOBRE LA BATALLA DE ROCROI
(ARCHIVO DE LA CASA DE ALBA)

Ilustrísimo Señor.—Escribí a V. S. los dias pasados la relación del desgraciado suceso que las armas de S.M. tu-
vieron sobre Rocroy; y aunque procuré dar cuenta a V. S. de todo — y lo puse en ejecución—, no se pueden re-
ferir de una vez negocios de tanto peso, y mas cuando la pena y sentimiento estaban tan frescos en la memoria
que no dejaban obrar al discurso para desmenuzar las menores circunstancias, que en semejantes sucesos son
siempre las mas importantes para la claridad de quien los oye.
Bien me acuerdo que en la pasada prometí a V. S. hablar claro y arrimarme mas a la verdad del caso que a los
rodeos de la disculpa, y por si entonces no lo hice, por haber cumplido con el nervio de mi relación, ahora la esla-
bonaré con todas las circunstancias, perdonándome V. S. si repito otra vez lo que ya ha oído, que todo es menes-
ter para que la culpa de los unos sirva de abono a la inocencia de los otros. Y tomando de mas atras mi relación,
digo, Señor, que sin comprender ninguno el intento y designio del Sr D. Francisco de Melo, fuímos marchando la
vuelta de Abinas (Avesnes). No sabía nadie del ejército adonde habia de dar el rayo, porque no solo no lo habia
comunicado el Sr D. Francisco a ningun cabo, pero aun a mí no me lo dijo hasta que ya estuvieron tomados los
puestos, y como en aquel estado no tenian remedio los consejos, aunque allí importara la disuasión, solo atendí a
prevenirle que mirase no nos hallásemos sin artillería gruesa, como el año pasado en La Bassée; díjome que ya
tenia prevenidos 4 medios cañones de las plazas circunvecinas para encaminarlos asi como llegásemos; adver-
tile también que para hacer entrada en pais extranjero adonde nos habian de venir los víveres de tan lejos, me
parecía que no teníamos carros para conducirlos, pues en nuestra armada, que era de mas de 20.000 hombres,
no se hallaban aun 50 carros del Rey. Respondióme que ya había enviado a Bruselas por ellos, y habiendo yo
quitado el escrúpulo que tenia con estas advertencias, marchamos a Rocroy, adonde, reconociendo la plaza, se
eligieron los ataques y se empezaron aquella noche.
Parecerá vanidad el que yo diga esto; pues no lo es, sino hablar con la verdad que acostumbro, siendo testigos
de todo cuanto me ha pasado los hombres de mas importancia de toda la armada, pues siempre hablé a voces
delante de ellos, que no ha pasado cosa desde el principio al fin que yo no haya prevenido con advertencias tan
necesarias que pluguiera a Dios, Señor, que se hubieran admitido, pues hoy cantáramos la victoria en vez de
llorar nuestra ruina.
Púsose nuestro ejército en frente de banderas alrededor de la villa, o por mejor decir, púsole el Conde de Fonta-
na (Fontaine), que parece que Dios le había dado ciencia infusa para errarlo todo, o que permitió traerle con no-
sotros para castigo de nuestros pecados. Salí de mi cuartel a ver el frente de banderas y hallé, desde el cuerno
izquierdo de la infantería hasta el derecho de mi caballería, que había bien tres cuartos de legua sin persona que
los guardase, y conociendo luego aquella falta escribí un papel al Sr D. Francisco dándole cuenta de lo fácil que
sería el socorrer la plaza por aquel flanco; y como no corría por mi cuenta el guardar mas que el puesto que se
me habia encargado, salió el Sr D. Francisco a verlo, y yo, y todos, y hallando verdadero mi reparo, se mudó el
frente por consejo mio, cerrando mas aquel flanco y asegurándole de socorro; y fue a tan lindo tiempo que a la
noche vino el enemigo por aquella misma parte con 1.800 caballos a socorrer la villa, y hallándose burlado, ma-
taron nuestras centinelas a sus reconocedores (batidores) y tocando alarma nos hallaron prevenidos y se fue-
ron burlados. Nada de esto lo digo porque importe a lo principal del suceso, sino porque vea V. S. que fui siem-
pre haciendo reparo hasta en las menores prevenciones y todas salieron verdaderas.
Determinóse ganar las medias lunas, porque estando nosotros  sin fortificarnos, no diesemos lugar al enemigo
con la tardanza  a que se juntase a socorrerla; y como para ganarlas no tuvimos  artillería, murió infinita de
nuestra gente, porque tiraban sin temor a que les ofendiésemos con esta parte tan principal de un sitio; pero al
fin se ganaron y sustentaron y la artilleria nuestra  no vino por mas que yo lo previne. Estuvo la gente tres dias
sin pan, que tampoco vinieron los carros que habian de venir de Bruselas, sin haber importado mi advertencia
para que viniesen.
Dejemos la plaza en el último estado de ganarla, pues estábamos en tres dias cegando el foso, y vamos a la veni-
da del enemigo, que fue lunes a 18 de mayo.
Tuvimos noticia de que llegaba y, con la mayor prontitud que pude, saqué mi caballería a la plaza de armas; y
encargándose Fontana de poner la batalla, que como a Maestre de campo general le tocaba, lo primero que hizo
fue sacar el ejército del puesto que tenia —con un marrazo por frente por el que no podíamos ser embestidos y
un bosque por el costado derecho—  y ponerlo a la falda de una colineja que, si el enemigo la ganara, nos pudiera
derrengar con su artilleria. Di gritos diciendo que cómo se hacia aquello, que avanzásemos a ganarla. Ayudáron-
me todos, pero Fontana era tan porfiado que no lo quiso hacer hasta que vio aquella tarde que el enemigo quiso
avanzar a ganarla, y entonces nos mandó avanzar a nosotros conociendo que era saludable lo que yo habia di-
cho. Cuando el enemigo venia, era fuerza que desfilara su gente por un paso angosto y, queriendo enviar (con-
tra ellos) 1.500 caballos, me ofrecí yo a ir con mi caballería a disputarle la deshilada, que es cosa evidente que si
me lo permiten, se vuelven sin socorrer la villa, como lo dice la razón y como los mismos enemigos han confesa-
do. También cuando aquella tarde se avanzaron a ganar nuestra colina, no había pasado mas de la mitad de su
gente e hicieron presencia con ella para que pasase la otra, y yendo nosotros resueltos a  embestir y estando a
tiro y medio de mosquete, volvió el enemigo las espaldas y Fontana mandó que hiciésemos alto. Yo di voces, de-
lante de todos, (para) que embistiésemos, y viendo que no se daba orden para ello, me fui al Sr D. Francisco, y
me dijo que él estaba esperando al barón de Beque (Beck), que estaba a 3 leguas de allí y venia con mas gente,
asi que no queria salir a buscar el enemigo pudiendo esperarle y aguardar el socorro del barón, y que esperan-
do se habían perdido muy pocas victorias, dándome ejemplos para convencerme.
Vamos ahora a la mala forma con que estaba dispuesto el ejército, que parece imposible que lo pudiese errar un
niño, cuanto más un hombre tan viejo como Fontana. Habiendo 21 tercios de infanteria, tenia puestos cinco de
frente al enemigo y los demas que hacían frente al sesgo por los costados, y toda la caballería del Rey en ala al
cuerno izquierdo y, al derecho, otra ala de alguna caballería del Rey y lo demas de regimientos y caballería ale-
mana; en fin, él tenia puesto el ejército en plaza de armas en vez de ponerlo en batalla, y con tan poco retén y
reserva como si no se hubiese de pelear, porque Fontana nunca se persuadía que el enemigo nos habia de dar la
batalla. Reconocí la flaqueza de nuestros puestos, y en particular la del cuerno izquierdo, adonde estaba mi ca-
ballería, pues estaba tan desamparado aquel lado hasta llegar a un bosque, que nos podían ganar la retaguardia
por aquel costado. Llamé al Sr D. Francisco para que lo reconociese, y preguntándole a D. Pedro de Villamor, mi
comisario general, si se atrevía a guardar aquel puesto, respondió que no. Dijo [Melo] que qué remedio habría
para guardarlo; replicamos que ninguno si no era trabajando con zapa y pala alguna zanja en aquel flanco para
que el enemigo se embarazase al querernos embestir. Respondió el Sr D.  Francisco que era imposible a causa
de no haber zapas ni palas (propia confianza de quien tiene mucho valor o mucha prisa de ganar una villa, venir-
se sin los mas necesarios instrumentos de un sitio, que son la zapa y la pala para fortificarse). Añadió el Sr. Don
Francisco que si lo podría guardar enviando 1.000 caballos mas; respondiósele que no, pero que se guardaría
algo mejor con los mil caballos. Fuese amagando que los enviaría luego y los caballos no vinieron. Viendo yo que
anochecía y que, con el amparo de la noche, nos podríamos mejorar sin que el enemigo lo viese, pedí al Conde
de Fontana que se pusiese en batalla mezclando batallones de infanteria con gruesos de caballería, para que es-
tuviesen unidas e incorporadas nuestras fuerzas, o que, por lo menos, me enviase mangas sueltas de mosquete-
ría para mezclar entre mis gruesos para que diesen mas viva carga al enemigo, y no quiso. Volvíle a enviar reca-
dos hasta el amanecer, que le envié el último con el ayudante Pedro Pérez, y me respondió con él:
—«¿Qué me quiere el Duque de Alburquerque, no le he enviado ya 500 mosqueteros para el bosque?».
Como vi esto, no quise replicar a su porfía, y dije a todos los mas capitanes y a algunos de mis criados:
—«Presto veremos que el enemigo nos ataca y nos corta ganándonos la retaguardia y la victoria». Y fue tan
leída esta razón en mi entendimiento, que sucedió al pie de la letra como lo dije. Embistiónos el enemigo, y para
acabarlo de errar todo, Fontana mandó que le saliese a recibir nuestra caballería y que la infantería se quedase
fija en sus puestos, que fue nuestra última perdición, pues salió la caballería a pelear contra la caballería y la in-
fantería del enemigo, que venia mezclada y unida, y nuestra infantería se quedó sin que nos ayudásemos los
unos a los  otros; pero no obstante peleó tan valerosamente la caballería que ella sola tuvo ganada la victoria
dos veces y volviendo contra el enemigo su misma artillería, que se la tuvimos ganada, se empezó a aclamar la
victoria a tiempo que el retén del enemigo se fue deshilando a ganarnos la retaguardia y, ganada, nos embistió
por todas partes y puso nuestra gente en derrota. En fin, Señor, yo no pude hacer mas que pelear por mi per-
sona y juntar siempre las tropas para llevarlas a la cara del enemigo; pero ya el mal habia sucedido, que  esta
batalla estaba  perdida desde que se puso el ejército en forma de pelear, o, por mejor decir, en forma de mues-
tra, pues Fontana no le puso mas que para mostrarle. Dios le haya perdonado, pues por su culpa padece hoy la
reputación de tantos, que aunque parezca poca modestia el hablar de los muertos, tampoco es justo que por ese
respeto se calle su mala disposición, que eso fuera hacer culpados a los que merecen tener mucha gloria aun en
medio de la contrariedad del suceso. Y asi he querido hablar claro a V. S. para que sepa y conozca que, aunque
por el puesto que tengo pudo correr algo por mi cuenta de éste suceso, no corrió nada mas que el pudrirme de
haberlo visto obrar tan mal y el haber dado mis consejos en vano, pues habiéndolos dado así en lo que V.S. ha
oído como en que nos fortificásemos con cordón (contravalación), cosa tan sabida en los sitios y tan experimen-
tada por buena, jamas lo quisieron hacer. Ya he dicho a V. S. que sería por sobra de valor y por ganar con mas
brevedad la villa, excusándose de la tardanza de quien se fortifica; pero en todo acontecimiento yo, como por
mis pocos años no puedo hacer voto solo, siempre me atengo a lo que he leído y oído platicar a otros, que con el
deseo que tengo  de  aprender,  escucho  con  atención  y observo  con  codicia, y nunca he oído dejar de alabar
por bueno el fortificarse, temiendo siempre al enemigo hasta el dia de pelear, que entonces es cuando no se ha
de temerle. En fin, los franceses han dicho claramente que si les hubiéramos embestido la tarde antes, cuando
yo lo dije, les hubiéramos roto; que si nos hallaran fortificados se hubieran vuelto, y que si nos hubiéramos
mudado por la mañana a la forma(ción) en que quedamos por la noche, les hubiéramos roto. Y Gación (Gas-
sion), el gobernador de la caballería francesa, dijo que yéndonos a reconocer por la mañana y hallándonos pues-
tos en la forma que el día antes, había dicho al Duque de Anguien (Enghien):
—«Embistamos que todos son nuestros».
Suceso ha sido que tendremos bien que sentir, no tanto por la pérdida, con ser tan grande, como por la ganancia
que dejamos  de hacer y por haberla perdido de ignorancia. Verdad es que el enemigo hizo mucha mas pérdida
que nosotros, pues ellos mismos afirman que de seis partes de muertos perdieron ellos las cuatro. Ya he avisa-
do a V. S. lo valerosos que anduvieron los españoles, y en particular mi tercio, a quien llaman en Francia el
«pe-
tit château»
por la firmeza con que se defendió siempre.
D. Antonio Coello ha salido de la prisión trocado por un capitán de caballos; también han salido D. Luis del Cas-
tillo, D. Diego  Vázquez y otro paje mio, todos heridos, si no es D. Antonio que  está bueno. Nuestra gente se va
recogiendo cada dia, y el enemigo, pudiendo haber hecho mucho en todo este tiempo, no ha hecho nada, con que
nos ha dado lugar a respirar y a juntar la gente. Ruego a Nuestro Señor pase adelante este ahogo y nos veamos
con algún desquite de nuestra pérdida. Ya V.S. estará informado de todo, con que conocerá que ni fuí llamado a
consejo, ni quisieron tomar el mio, ni pude hacer mas ni menos de lo que hice, pues es mi obligación el hacer to-
do cuanto mis fuerzas alcanzan, sin dejar nada reservado de lo que llego a conocer. De todo lo que en adelante
fuere sucediendo daré cuenta a V.S. como a persona con quien descanso y a quien tan entrañablemente quiero,
por cuya razón le descubro siempre la verdad de todo, porque no la mendigue de nadie estando yo de  por me-
dio, que soy tan fiel cronista y tan servidor de V. S. cuya Ilma persona guarde Dios muchos años.—Del Campo
junto a Mons, a 15 de junio de 1643.

Posdata autógrafa:
V.S. me avise de todo lo que hubiere de hacer en materia de éste  negocio y créame que todo lo que describo es
verdad sin juntar a nada y también que suplico a V. S. procure sacar copia de la carta que el Sr Don Francisco
escribe a su Majestad o saber lo que hay de cierto, que yo escribo al rey y V. S. me haga merced de enseñar és-
ta a todos, porque sepan la verdad: yo solo se decir a V. S. que no siento la pérdida sino la mala disposición que
es tener el ejército de Flandes perdido por esto; pero no me queda ningún escrúpulo en mi conciencia pues todo
lo dije a todos y al Señor Don Francisco y al maldito Conde de Fontana;  y como mi oficio es obedecer a estos
dos, yo hice en todo lo que me mandaron, y pudo tanto el valor de nuestra caballería que, no obstante la mala
forma de nuestro ejército tuvo ella sola conmigo,  que siempre fui delante de ella, ganado dos veces la victoria,
toda la caballería mia contra la de el enemigo y contra su infantería, sin que jamas en ninguna razón nos ayuda-
se la nuestra ni se moviese de su puesto. Mire V. S. cuándo se han visto tantos errores como en esta ocasión: en
fin el que había de estar en todas partes andaba en una silla de manos, que con esto está dicho todo. Y también
es la verdad que el enemigo ha perdido mucha mas gente que nosotros porque la nuestá esta presa casi toda,
que estamos locos de contentos y el enemigo de verdad ha pedido solo de muertos en la
pasa (revista) 5.000
hombres, sin muchos heridos.
V. S. sepa que en todo esto es la verdad lo que de escribo y me avise de todo, y si fuese menester enseñar esta
carta por todo Mardid lo haga y, si no, sea verdad para V. S.
Besa a V.S. las manos su primo y mayor servidor.—El Duque de Alburquerque.
FRANCISCO FERNÁNDEZ DE LA CUEVA Y ENRÍQUEZ,
VIII DUQUE DE ALBURQUERQUE, MARQUÉS DE CUÉLLAR.
(Barcelona, 1619 — Madrid, 27.III.1676).