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martes, 10 de marzo de 1981

Queen abarrota los mayores estadios de Argentina y Brasil

Suramérica recibe encantada al "«rock» dinosaurio"

Argentina sigue viviendo el Mundial-78, su éxito del Mundial. Tal vez por ello, cuando la semana pasada Freddie Mercury, cantante de Queen, soltaba aquello de We are the champions (Nosotros somos los campeones), el estadio Vélez Sarsfield temblaba emocionado porque en ese momento se unían dos orgullos nacionales: el gol de Kempes y la apertura de Argentina a los grandes, grandísimos conciertos de rock internacionales.

A Suramérica no suelen ir los grupos punteros de rock. O, al menos, no van cuando se encuentran en su mejor momento, y siempre lo hacen con un equipo reducido, nada que ver con lo habitual en Europa, Estados Unidos o Japón. Es una simple cuestión logística y un prejuicio descalificador. A pesar de ello, y como un reto, Queen (120.000 elepés de The game vendidos) y su apoderado comenzaron a trabajar en esa idea hace casi un año. Se trataba de mostrar cómo puede ser rentable montar una gira de este tipo sin por ello perder dinero, metiendo a casi medio millón de personas en ocho actuaciones. Y hacerlo a lo grande y por vez primera al aire libre.Desde Tokio, donde acababa de actuar el grupo, se fletó un avión de carga (un DC-8) para transportar parte del equipo de luces y sonido. La otra parte llegaría desde Los Angeles a bordo de un

B-707. Un barco, desde Miami, trasladó todos los elementos del escenario. Se utilizaron veinticuatro personas para el montaje técnico, a cuyas órdenes trabajaron unos cien argentinos, que tardaron una semana en montar un escenario de cuarenta metros de ancho por quince de fondo y casi treinta de alto. El valor de todo el equipo se situaba en torno a los cien millones de pesetas, y el coste diario a lo largo de un mes de la operación se ponía en unos cuatro millones de pesetas. Además, y en previsión de los feroces aguaceros porteños, se importaron cien rollos de hierba-artificial para cubrir el campo.

El Gobierno, feliz

El Gobierno argentino, bien consciente de la publicidad que esto le suponía, dio todo tipo de facilidades, proporcionó casi trescientos policías para vigilar el recinto, a lo que había que sumar otras doscientas personas que, como servicio de orden, había contratado la organización, la misma que se encarga de los espectáculos, como el famoso de Julio Iglesias, que se desarrolló en este mismo estadio del Vélez. De hecho, el club se vio despojado de su cancha y tuvo que trasladarse a otra parte para jugar su partido del domingo pasado.Las entradas, como todo en Argentina, estaban por las nubes -de 1.500 a 4.500 pesetas-, a pesar de lo cual el sábado 28 y el domingo 1 de marzo las gradas del estadio y gran parte del césped (se repartieron unas setecientas acreditaciones de Prensa) se encontraban materialmente abarrotadas, mientras fuera otros cuantos cientos de jóvenes esperaban algo que nunca llegaba, registrándose escenas pintorescas de llanto que nunca pasaban a mayores porque el público de allí no parece muy violento. Eso, a pesar de que el concierto se retransmitió por el canal 9 de televisión.

Y ya después de una desgalichada actuación del grupo argentino SAS, se presentaron los organizadores, y bajo la presidencia del general jefe de la Policía Nacional se izó la bandera argentina entre la emoción de un respetable que no parece concebir esto del rock como algo contracultural ni alternativo.

Contra la depresión

La actuación de Queen fue normal, pero emocionante. Quiero decir que en Europa seguirían resultando tan pretensiosos y cargantes como cuando les vimos por aquí, pero comprobar cómo 40.000 personas alucinaban ante su despliegue de luces y de sonido, cómo coreaban de manera asombrosa sus canciones, cómo disfrutaban ante lo nunca visto, dotaba a todo aquello de un sentido. Simple entretenimiento, cierto, pero bastante para un país algo deprimido.Queen también disfrutaban, tanto que sus componentes tuvieron que salir del estadio introducidos en un camión blindado de la policía. De allí a otras ciudades argentinas y, más tarde, al monstruoso Brasil, con sus estadios Maracaná (192.000 plazas) y Motumbi, de Sâo Paulo (150.000). Suramérica y sus regímenes se abren al «rock dinosaurio». Tanto mejor para ellos.

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