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24/04/11 - 00:00 Nacionales

“Guatemala, te llevo en el corazón”

Hablar de Juan Pablo II evoca en la mayoría de guatemaltecos devoción, felicidad y admiración. Todos los que estuvieron cerca de él lo describen como sencillo, pero enérgico, e incluso hay quien lo compara con un ángel.

De 104 viajes pastorales que efectuó el Papa, tres fueron a Guatemala, lo que según varios analistas demuestra el cariño que sintió por los guatemaltecos y ellos por él.

La beatificación de Juan Pablo II, que se realizará el 1 de mayo próximo, es recibida con júbilo en el país, en donde se llevarán a cabo actos de oración y celebración desde el 28 de abril.

“Tuve la oportunidad de concelebrar misa con él. Me llamaba la atención su concentración, parecía un ángel. Yo estoy de lo más emocionado ante esta beatificación”, expresa el cardenal Rodolfo Quezada Toruño.

Sus visitas en momentos históricos para Guatemala dejaron huella tanto en los fieles católicos como en políticos, quienes hasta hoy recuerdan sus mensajes, que se resumen en la práctica activa de la fe en cada momento de la vida.

Mientras el papa Juan Pablo II subía las escalerillas del avión, el 30 de junio del 2002, era inevitable pensar que esa era su última visita a Guatemala. A los 81 años, aquejado por el mal de Parkinson y fuertes dolores, viajó para declarar santo al Hermano Pedro de Betancur. Se agotaba con facilidad y le costaba hablar. Aún así, levantó la mano para saludar y dijo con toda claridad una frase que explica por qué vino tres veces al país: “Guatemala, te llevo en el corazón”.

Resuenan todavía los cantos, los gritos, los rezos al paso del “papamovil”. Lágrimas de alegría y sensaciones de paz indescriptible son recuerdos recurrentes entre los guatemaltecos que vivieron alguna o quizá las tres visitas del Sumo Pontífice. En 1983, 1996 y 2002 encontró entornos políticos distintos pero un mismo país que lo tenía a él en el corazón.

¡Viene el Papa!

El júbilo se mezclaba con la sorpresa cuando se anunció para marzo de 1983 una visita del Papa a Centroamérica, y no era para menos: el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo llegaba a una región desangrada por guerras civiles.

Juan Pablo II besó por primera vez el suelo guatemalteco la noche del domingo 6 de marzo de 1983. La recepción del gobernante de facto, general Efraín Ríos Montt, de filiación fundamentalista, fue calificada de respetuosa pero fría. De hecho, cuatro días antes de su llegada, Ríos Montt había ignorado la petición papal de suspender la ejecución de tres reos condenados a muerte, por los tribunales de fuero especial. Aún así, en su discurso al arribo del Sumo Pontífice, manifestó: “Su visita es como agua fresca para el sediento, una buena nueva que viene de lejos y deseamos que su permanencia en nuestra lastimada Nación tenga la trascendencia que Su Santidad se propone”.

El pueblo de Guatemala se volcó a las calles como nunca antes, para dar la bienvenida al peregrino de la paz. Una interminable alfombra por todo el recorrido sorprendió al Papa.

El sucesor de Pedro se alojó en la Nunciatura Apostólica. Jóvenes universitarios le cantaron serenata. Lo que nunca imaginaron es que saliera al balcón para saludarlos y decirles cuánto los quería.

El fotógrafo Ricky López, quien editó un libro sobre Su Santidad, consiguió posteriormente entregarle un ejemplar en el Vaticano.

“Le enseñé una foto con el papamóvil pasando sobre las alfombras, al verlo clavó sus ojos en los míos y dijo: ‘Ah, las alfombras, qué bonitas las alfombras’, y me dio la bendición”, cuenta López.

Mariano Rayo, diputado unionista, recuerda que en 1982, participó en la serenata de los jóvenes.

“Tenía entre 18 y 19 años, era miembro de grupo religioso del Centro Universitario Ciudad Vieja del Opus Dei, y llegamos con música y guitarras a donde él se encontraba”, comenta.

La misa oficiada en el Campo Marte la mañana del 7 de marzo se considera la más grande concentración católica en la historia del país, ya que se calcula que movilizó entre 1.5 millones y dos millones de personas.

Durante la homilía, a cada frase del Papa le seguía una ovación. No titubeó cuando pidió: “No más divorcio entre fe y vida”.

POR ANA LUCíA GONZáLEZ /

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