Letras — 05/11/2014 at 6:44 pm

“1,300”, 1er lugar en la Competencia de Cuentos de Horror de la APEP

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“1,300”

—Los que se van no regresan.

El hombre a mi lado ojeaba el periódico. Cada vez que pasaba las páginas, hacía un ruido chirriante que contrastaba con su voz gruesa y se escuchaba en toda el área de embarque. No se parecía a ninguno de los viajeros que usualmente salen de ese aeropuerto. Tenía las facciones fuertes, los ojos azules, el cabello plateado. Bajé el volumen del iPhone y me acomodé las mangas de la chaqueta. Eran las 2:38 y todavía no había llegado nadie más. El frío era insoportable. Ni siquiera podía ver a través de los ventanales empañados. Allí, en ese sector tan apartado del municipio, no había mucho que ver a esa hora, pero quizás si alguna vez subieran la temperatura, el lugar perdería ese ambiente terrorífico que siempre lo distingue.

—La cosa está mala —respondí con una sonrisa a medias, porque no tenía que leer el periódico para saber que el país, en efecto, va en picada. Carraspeé la garganta—. Soy agente de seguros independiente. Blue Cross Blue Shield me ofrece una mejor comisión en Kissimmee.

Le entregué una de mis tarjetas. La leyó con detenimiento y se la echó al bolsillo.

—A lo mejor tenga una última venta. Mi esposa necesita tratarse su condición.

Los diez años de experiencia en el mercado me llevaron a actuar en automático. Saqué del maletín el cartapacio donde guardo solicitudes en blanco de varias agencias.

—Esposa… ¿Qué condición tiene? —pregunté mientras sacaba formularios de Triple SSS, MCS y First Medical. El hombre dio tres golpes con un dedo en la esquina de los papeles. Apreté el bolígrafo contra la palma de la mano y me volteé a verlo. Esbozó una sonrisa que me provocó escalofríos, porque detrás de sus labios cuarteados pude entrever dos hileras de dientes pequeños.

—Con calma. ¿Tiene familia, señor Gómez? —El anciano cerró de golpe el periódico, pero no escuché el chirrido, sino el sonido ahogado de un bulto pesado que cayó al suelo y unos pasos dudosos acercarse. Una familia de cinco había llegado. Pensé en Elena. Y en que si la historia hubiera sido otra, yo no estuviera solo esa madrugada.

Elena fue la razón por la cual me convertí en agente de seguros. Hace once años fue diagnosticada con una enfermedad terminal. De nada valieron los tratamientos que cubría la Reforma de Salud, si para aquel entonces no pudimos hacernos de un plan privado luego del diagnóstico, y las leyes del Obamacare llegaron un decenio tarde. Antes de expirar, Elena me susurró al oído: «Llévame contigo hasta cuando no te quede nada».

El anciano alzó las cejas, todavía en espera de mi respuesta.

—Sí, una hermana en Tampa —mentí.

—¿Ella va a buscarlo?

—Ciertamente… —empecé a decir, y desistí de la idea de continuar la conversación. Entraron más viajeros—. Tengo que ir al baño.

Guardé el cartapacio y los papeles, agarré el maletín. Tan pronto me puse en pie y di el primer paso, me tropecé con las piernas del anciano. No me disculpé, tampoco él. Abrió el periódico. Otra vez ese ruido.

—Cuidado, señor Gómez… Aquí dice que el exilio es de unos 1,300 puertorriqueños al mes. ¿Usted qué opina?

¿Qué voy a opinar? Que hacen bien, que el país está jodido. Que la chikungunya no es más que una señal para comprar un billete de ida.

—¿Usted cree que sean 1,300? —concluyó, sin mirarme.

No respondí.

En el baño, puse el maletín sobre la encimera. ¿Cuánta gente se preguntará qué más lleva un hombre de negocios en su maletín? ¿Una calculadora? ¿Manuales de venta? ¿Muestras de productos? ¿Libros de autoayuda? Yo, en el mío, llevo el alma entera. Abrí el bolsillo delantero. Tomé una Sertraline y la mastiqué. Después palpé la envoltura plástica al fondo del bolsillo.

Me dolió sonreír.

2

El área de embarque se había poblado y estaba llena a capacidad. No había asientos disponibles y la gente seguía llegando, atropellándose unos con otros, desesperados. En parte me sentí aliviado, porque tenía una excusa para quedarme lejos del anciano. Encendí el iPhone y me mantuve recostado de una pared.

Ese era el decimotercer vuelo que hacía desde Mercedita, y todavía me sorprendían cinco hechos: que solo hubiera dos destinos, que el aeropuerto fuese tan pequeño, que casi siempre llovía y que las horas de salida fuesen de madrugada. A lo mejor por ello, después de la inspección de tsa, un frío incómodo siempre me cala los huesos. Me pregunto si les pasa lo mismo a los demás o si solo se preocupan de los pasteles congelados que transportan en una de las maletas. ¿Cuántos habían llegado ya? ¿Ellos también salían con la esperanza de tener más suerte en el exterior? Y si así era, ¿cómo sumaban 1,300? Si caben 150 pasajeros por vuelo y llegan 100, y hay dos vuelos para Orlando y dos para Nueva York, entonces salen unos 400 pasajeros por día, que sumaría 2,800 por semana, 11,200 por mes, 134,400 por año. Sin contar Aguadilla. San Juan. Sería el doble. ¡El triple! No, más. Mucho más. ¿Cuántos serían? ¿Miles de miles? ¿Miles y miles de miles? Si se va una tercera parte, ¿entonces? No, no. Una cuarta parte. Una octava parte. Eso es menos. ¿Entonces? ¿Serían…? Como quiera. Como quiera…

—¡Ah! —Me quite de un jalón los audífonos. Todas las miradas estaban puestas sobre mí. Los viajeros ya no conservaban la piel trigueña, sino blanca, como si mi grito los hubiera empalidecido. El anciano era el único que no me miraba, sino a su periódico.

Todo pareció quedarse suspendido en el tiempo, hasta que el hombre sonrió y pasó una página. La gente dejó de observarme, un niño empezó a llorar y el bullicio amenizó el lugar.

3

A las 4:16 llamaron a los de mi fila. Me puse en último lugar. Cuando estuve a punto de llegar al mostrador, miré el alrededor. El anciano todavía leía el periódico.

—¡Ey! ¡Ey! —lo llamé, pero continuó pasando las páginas, frenético. Alguien me tomó la mano y desprendió una parte de mi billete.

Welcome to Jetblue. Enjoy your flight.

Afuera, el cielo estaba despejado, pero aún así parecía que se hacían sombras en la luna. Caía una llovizna molestosa que apenas me dejaba ver. Tenía que parpadear el agua para descubrir el camino. En el avión, cuando alcé la vista para buscar el 17A, fruncí el ceño, pues no podía creer lo que vi: Al fondo del pasillo había una mujer.

Mi Elena.

Caminé hacia ella a pasos rápidos, ansioso de abrazarla. No había pasajeros en medio del pasillo, se mantuvieron quietos en sus asientos mientras yo corría. Cuando estuve a unos pasos de ella, Elena desapareció.

Me llevé el maletín al pecho.

La puerta del baño estaba entreabierta. Sin pensar en lo que hacía, entré y corrí el cerrojo. Busqué dentro del bolsillo del maletín y saqué de su envoltura plástica aquello que conservaba. Me llevé una mano al zipper del pantalón…

Mientras desaparecían poco a poco las fantasías absurdas, desbordaba mi orín oscuro en el inodoro. Cuando reaccioné y por fin volví en mí, me di cuenta de que apretaba fuerte la prótesis de la teta que me había dejado Elena. Me la acerqué a la boca y le pasé la lengua; luego la volví a esconder.

4

El agua dio vueltas en el lavamanos antes de vaciarse por el desagüe.

5

El asistente de vuelo me esperaba frente a la puerta. Me pidió volver a mi asiento. Asentí, un gesto involuntario, porque el hombre tenía las cuencas de los ojos vacías. Contuve la respiración y me eché a andar. La quietud del avión era palpable, y en pocos segundos descubrí que los viajeros eran un mar de cadáveres sentados en hileras, unos frente a otros.

Tocaba las cosas —los espaldares de los asientos, la hebilla para ponerme el cinturón, el maletín— y no sentía nada. Solo podía pensar en el anciano, su periódico y en Elena. Permanecí al borde de la silla, aturdido y agarrándome las manos, mientras el avión hacía los ruidos del despegue y empezaba a correr por la pista.

Sin previo aviso. A toda prisa. Sin parar.

—¡No! ¡No! ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —Apretaba los botones de alerta a la tripulación, aunque nadie me escuchara.

Primero vinieron los brincos, el hamaqueo y el chirrido con los que imaginé las luces del panel de control prenderse y apagarse. Luego, el avión se oscureció por completo. Traté de pensar que se trataba de una falla mecánica, así podría salir y volver a casa.

No era ninguna falla. Desde afuera algo golpeaba el avión.

Los equipajes se vomitaron de las cabinas, mi maletín salió volando de debajo del asiento de enfrente. Susurré el nombre de Elena. Los gritos y llantos de los demás tardaron en exteriorizarse, pero parecía que también venían de afuera, no de quienes me acompañaban.

Una avalancha de náuseas me apretó la garganta. No sabía qué era ni cómo describirlo, solo entendía que la oscuridad, ¡la noche!, se agitaba en el exterior del avión.

Traté de quitarme el cinturón de seguridad, pero se había atascado. El avión corrió más rápido y el rugir del motor me hizo pensar que pronto se prendería en fuego.

Imaginé las llamas extendiéndose desde la nariz hasta la cola de la nave tan pronto las ruedas dejaran de girar sobre la brea.

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