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4. Los Tayrona y los Muisca: La Preciudad

Martes, 8 de Marzo de 2011

Cuando los españoles llegaron a tierra colombiana, estaban en pleno desarrollo dos grandes complejos culturales: el de los Tayrona, en la Sierra Nevada de Santa Marta y el de los muisca, en las planicies de Cundinamarca y Boy acá. En am­bos casos se trataba del dominio de un vasto territorio, que in­cluía varias hoyas hidrográficas; el cultivo sistemático del maíz y de otros productos agrícolas -como la papa, la yuca y diversos tubérculos- y la domesticación extendida de algunos animales permitió el sustento de una población muy numero­sa. La organización social, con base en cacicazgos interrelacionados, evolucionando hacia el dominio único de un gran jefe, la división por clases sociales y la especialización del tra­bajo demuestran que estos pueblos estaban en una etapa de formación del Estado. Dicho en otros términos, se trataba de pueblos que estaban pasando de un estadio prehistórico a un estadio histórico y quedaron detenidos en la mitad de este pro­ceso por la conquista española. En lo que respecta a los as­pectos físicos, se estaba también en la mitad de un proceso que pasaba de una reunión de aldeas a la concepción misma de ciu­dad. Esta detención en un momento tan crucial de la evolu­ción cultural presenta varios rasgos de gran interés que inten­taremos describir aquí en su dimensión arquitectónica y urba­na.

Los Tayrona: Los orígenes de la cultura tayrona no están claramente establecidos. “El complejo arquitectónico, aso­ciado con ciertos elementos cerámicos y otros materiales, apa­recen más bien súbitamente alrededor de los siglos XI o XII de nuestra era, sin claros precedentes locales, sobreponiéndose a culturas de tipo tribal”. 17 Esta abrupta aparición ha dado lugar a pensar en la posibilidad de un origen mesoamericano, con cuyas culturas, especialmente la maya, existen relaciones. A la llegada de los españoles se estaban formando dos federacio­nes de caciques o estados incipientes nucleados alrededor de dos jefes antagónicos.

En los últimos años se ha avanzado mucho en el conoci­miento de los Tayrona: por un lado están los estudios arqueo­lógicos realizados desde los años 40 y enriquecidos por una se­rie de nuevos descubrimientos, a finales de los años 70 y que todavía, con tropiezos, están analizándose.18 Por otro lado, están los estudios etnográficos de algunos pueblos actuales descendientes de los Tayrona, como son los Kogi y los Ijca.19

Estos aportes se suman a las descripciones de cronistas (es­pecialmente las de Castellanos y Pedro Simón), para comple­tar una imagen relativamente clara del universo cultural tay­rona. En la descripción de la estructura espacial, se han pro­ducido recientemente dos significativos aportes: los dibujos con reconstrucciones ideales hechas por el arquitecto Bernar­do Valderrama, participante en la primera expedición a “Ciudad Perdida”20 y sobre todo, el estudio arquitectónico y urba­no publicado por Margarita Serje de la Ossa, quien pasó va­rios meses haciendo levantamientos en la zona del río Buritaca.21

Cuando en 1976 se encontraron una serie de imponentes te­rrazas en un filo montañoso en las cabeceras del río Buritaca, se le dio el nombre de “Ciudad Perdida”, pues se creyó que se trataba de la capital perdida de los Tayrona. Al limpiar de ma­lezas los alrededores se fueron descubriendo otras terrazas que se extendían por un sector tan vasto que no ha sido aún to­talmente delimitado. En forma paulatina se ha ido revelando una compleja estructura espacial desarrollada en una geogra­fía montañosa, compuesta por grupos de terrazas interconectadas por caminos que se alternan con zonas libres posible­mente utilizadas para los cultivos. Una red de desagües canali­za el agua que se desliza por las terrazas y los caminos, evitan­do la erosión. Se encuentran así mismo en distintos lugares es­tratégicos, puentes, aljibes, escaleras y basureros.

La unidad básica de esta estructura espacial es la terraza. Las terrazas son zonas aplanadas contra la ladera, sustentadas sobre muros de contención hechos en piedra. Dentro de las te­rrazas se encuentra un área circular elevada unos centímetros sobre el suelo y marcada por un anillo de piedra, que corres­ponde a los cimientos de una construcción techada. El piso ex­terior está en ocasiones enlosado. Las terrazas varían en for­ma y tamaño, lo que insinúa diferencias de uso y jerarquía; mientras la mayoría de las terrazas están aisladas y poseen un solo anillo interior, algunas están entrelazadas y contienen grupos de 2 ó 3 basamentos de construcciones. Las terrazas con 4 o más basamentos son excepcionales y corresponden a anillos grandes y atípicos. Estos hallazgos no dejan lugar a du­das de que el patrón más extendido era el de viviendas circula­res de madera sobre zócalos de piedra, muy semejantes, posi­blemente, a las viviendas de los Kogi actuales.

En la zona del Alto Buritaca se han despejado alrededor de 170 terrazas, organizadas en 8 sectores discernibles de “gru­pos de terrazas”. Siete de ellos poseen una jerarquía interna similar: la mayor parte corresponde a terrazas con anillos de piedra pequeños, posiblemente zonas de vivienda (con áreas entre 12 y 50 m2) y unas pocas terrazas con más área libre y ani­llos mayores, posiblemente dedicadas al culto o a casas de reu­nión (con áreas entre 50 y 75 m2). Esta es la estructura actual de los poblados Kogi e Ijca, con una o dos casas ceremoniales. El octavo sector (correspondiente en el dibujo al número 2) está formado por una serie de terrazas linealmente conectadas por un eje central, donde predominan los anillos más grandes y de formas atípicas (ovoidales y rectangulares). Este era posi­blemente un centro ceremonial, con construcciones destina­das a albergar las jerarquías civiles y eclesiásticas y las cere­monias colectivas.

Entre los Kogi se distinguen, como ya se había menciona­do, los “centros sociales” y los “centros ceremoniales”. La di-

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17.  “Colombia indígena”, Manual de historia de Colombia, Tomo I, Op. cit.

18.  Un libro que reúna estos nuevos descubrimientos arqueológicos no ha sido aún publicado.

19.  Los Kogi – Reichel – Dolmatoff – Op. cit.

Los Ijca – Alvaro Chaves – Lucía de Francisco Zea – Publicación del Instituto Colombiano de Cultura, 1977, Bogotá.

20.  Estos dibujos fueron publicados en el libro La Ciudad Perdida – Buritaca 2.000 de Bernardo Valderrama Andrade. Edit. Carlos Valencia, 1981. Bogo­tá. Los originales están actualmente en el Museo Nacional de Bogotá.

21.  “Organización urbana en Ciudad Perdida” – Margarita Serje de la Ossa -Cuadernos de Arquitectura No. 3 – Ed. Escala, 1984.

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18. RECONSTRUCCIÓN DE CIUDAD PERDIDA. El sistema urbano de los Tayrona consistió en la ocupación de una vasta región a partir de un sistema de terrazas interconectadas que alternaban con zonas de cultivo, dominando varias alturas y climas.

19. TERRAZAS EN EL ALTO BURITACA. Los hallazgos arqueológicos han ido revelando terrazas de forma circular, sostenidas por muros de contención en piedra, así como los caminos, escaleras y puentes que la relacionaban.

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20. ORGANIZACIÓN ESPACIAL DE CIUDAD PERDIDA. Los sectores discernibles que estructuran a Ciudad Perdida muestran siete áreas, a la manera de aldeas, que rodean un centro ceremonial. La continuidad física, la complejidad y la escala de esta organización espacial constituyen la preciudad tayrona.

ferencia fundamental entre los poblados Kogi actuales y esta estructura tayrona reside en la densidad. Pero esta diferencia cuantitativa se convierte en una diferencia cualitativa. El com­plejo espacial del Alto Buritaca es más que la reunión de po­blados cercanos: las redes de caminos, desagües y aljibes y la organización espacial de sectores diferenciados por uso y je­rarquía, hacen pensar en una red urbana, concebida como una unidad. Pero por otro lado hay dos factores que van en sentido contrario: la dispersión y las pautas de crecimiento. La disper­sión física se produce al intercalar las construcciones y las am­plias terrazas de cultivos (y a lo mejor, también de corrales de animales domésticos). Las pautas de crecimiento parecen ser espontáneas, al adicionar construcciones aleatoriamente a lo largo de los caminos, sin seguir patrones preconcebidos. La

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sumisión a la topografía no facilitaba, precisamente, la impo­sición de patrones geométricos, pero de todas maneras, nada en la red espacial tayrona parece sugerir una concepción glo­bal previa.

Todo pues, parece indicar que los Tayrona se encontraban en un momento de desarrollo urbanístico intermedio entre el poblado y la ciudad propiamente dicha, que, a falta de una mejor denominación, podría llamarse la preciudad. La ima­gen urbana de los Tayrona se estaba constituyendo a partir de la sucesión de construcciones a lo largo de un recorrido y no por la contigüidad física, que era la “imagen urbana” de los es­pañoles, quienes evidentemente no reconocían “ciudades” en esta ocupación territorial extendida a lo largo y ancho de las sierras. A pesar de la diferencia en la estructura física, algo si­milar ocurría con los Muisca, como se verá a continuación.

Los Muisca: Los orígenes de la cultura muisca son también desconocidos y se funden hacia atrás con la mitología de este pueblo. En los hallazgos arqueológicos del Tequendama de Gonzalo Correal, citados antes, se encontró un estadio de ocupación muisca correspondiente a un amplísimo período (entre 1.450 a. de C. y el año 1.500 d. C), donde aparece ce­rámica, dibujos rupestres y rastros de construcciones. Correal menciona la teoría de que no parece haber ocurrido un cam­bio gradual sino que después de un “período oscuro” aparece ya establecida la agricultura, posiblemente por el influjo de migraciones. En qué momento y cómo fue introducida la agri­cultura de maíz a la Sabana de Bogotá, es un interrogante que falta aún por despejar, y que daría fechas más precisas acerca de los orígenes de esta cultura. Lo cierto es que a la llegada de los españoles en 1537, los Muisca ocupaban las mesetas andi­nas que hoy corresponden a la Sabana de Bogotá y parte de los departamentos de Boyacá y Santander. Dentro de este terri­torio -cuyos límites estaban sujetos a los avances de grupos hostiles en los alrededores- se desarrollaba una compleja cul­tura unitaria, que dominaba las técnicas de cultivos estaciona­les como el maíz y la papa, tubérculos varios y frutas, en terrazas de cultivo. Habían domesticado el curí, poseían rebaños de venados y pescaban. Las fértiles planicies y el clima benig­no permitían el sustento de grandes masas de población. Se­gún cifras de Meló22 que compendia y analiza varios cálculos anteriores, la población muisca a la llegada de los españoles era de más de un millón de habitantes, que es una cifra similar a la citada por los cronistas. Los Muisca poseían una elabora­da cosmogonía alrededor del culto del sol y la luna, calenda­rios bastante precisos y una rica mitología; la estructura jerár­quica comprendía un supremo jefe religioso distinto a la auto­ridad civil. Existía una lucha entre los dos jefes civiles máxi­mos -el Zipa y el Zaque- por el poder concentrado; cada uno de ellos ejercía su dominio sobre una serie de caciques dentro de territorios delimitados, que a su vez mandaban sobre “capi­tanes” o (jefes de clanes) de menor rango. La estructura vertical de poder formaba una pirámide muy acentuada que culmi­naba en una “casta” o “corte” privilegiada alrededor del Zipa y el Zaque. Aunque la mayoría de la población se dedicaba al cultivo de la tierra, había grupos especializados en la orfebre­ría, en la extracción de sal o de esmeraldas, en los tejidos o en los oficios propios de la guerra. Es de suponer que también ha­bía constructores y artistas relativamente especializados.

Sobre las características culturales de los Muisca hay una literatura seria y abundante, entre la que se destacan últimamente los estudios de Juan Fricde, Louis V. Ghisletti y Silvia Broadbent. Estos trabajos utilizan como fuente primordial a los cronistas, por dos circunstancias: el hecho de que gran par­te de su expresión cultural fuera hecha en materiales perece­deros y el saqueo intensivo a que fueron sometidas estas tie­rras en los últimos siglos. Por estas razones son escasos los ves­tigios arqueológicos (comparados con zonas más aisladas o menos densamente pobladas durante la colonia) que permitan deducir nueva información; los restos, por ejemplo, de orfe­brería, cerámica o estatuaria, aparecen así como si fueran me­nos elaborados que los correspondientes a otras áreas arqueo­lógicas. La desaparición de vestigios arquitectónicos, de teji­dos y de gran parte de la producción artesanal, hace que para que sean éstos evaluados con justicia, sea necesario remitirse a las descripciones de los cronistas, a pesar de ser ésta una fuente que presenta algunas imprecisiones.

Para la reconstrucción imaginaria de la arquitectura y ciu­dades muiscas, el arquitecto Bernardo Valderrama ha hecho dibujos de un cercado muisca (que se encuentra en el Museo Nacional) y el arqueólogo Eliécer Silva Celis construyó unos modelos de vivienda en el Museo de Sogamoso. Sin embargo, creemos que estas muestras aisladas no alcanzan a dar una imagen suficiente de la organización espacial muisca y por ello se optó por realizar nuevos dibujos interpretativos apelando de nuevo a las fuentes primarias de los cronistas. Ahora bien, relativo a los Muisca se conocen 8 cronistas; en el juicioso análisis que de cada uno hace Ghisletti23 se encuentra que de ellos, sólo tres pueden considerarse testigos inmediatos del es­tado de la cultura muisca al llegar los españoles: a) El Epíto­me24, atribuido a Jiménez de Quesada (aunque hay dudas acerca de su autoría), escrito hacia 1545 (las otras obras de Quesada se perdieron), b) la Recopilación Historial25 de Aguado, escrita hacia 1581, que recoge la parte escrita por Antonio Medrano, compañero de Quesada en la expedición de El Dorado, y c) Las Elegios26, publicada en 1588, por Cas­tellanos, que fue soldado en la conquista y vivió en Tunja mu­chos años. De los otros 5, sólo uno es contemporáneo a la Conquista, Oviedo, pero él nunca salió de España y los otros 4 son bastante posteriores: Herrera muere en 1625 sin venir nunca a América; Fray Pedro Simón, el autor de Noticias His­toriales publicadas en 1627; Juan Rodríguez Freile, muere en 1636 poco después de terminar El Carnero, y Lucas Fernán­dez de Piedrahita, cuya obra fue escrita hacia 1666, es decir casi 130 años después de la llegada de Jiménez de Quesada a la Sabana de Bogotá. Aunque en varios aspectos las obras de Si­món y Piedrahita son más completas, las descripciones que ellos hacen de las ciudades muiscas fueron claramente extrac­tadas de los cronistas anteriores -sobre todo de Aguado y Cas­tellanos-, como puede constatarse en su lectura.

Las anotaciones y dibujos que aquí se presentan se hicie­ron con la ayuda de los arquitectos Jorge Karpf y Pedro Juan Jaramillo a partir de la lectura e interpretación cuidadosa de

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22. Historia de Colombia – Tomo I – Jorge Orlando Meló, Editorial La Carre­ta, Medellín, 1977.

23.  Los Mwiskas, una gran civilización precolombina – Louis V. Ghisletti Ed. de la Revista Bolívar – Ministerio Educación Nacional, Bogotá, 1954.

24.  “Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada”, transcrito del original en la revista Ximénez de Quesada No. 13, Dic. de 1962 – Instituto de Cultura Hispánica.

25.  Recopilación Historial – Fray Pedro Aguado, Biblioteca de la Presidencia de Colombia, Bogotá, 1956.

26.  Elegías de varones ilustres de Indias – Joan de Castellanos. Biblioteca de la Presidencia de Colombia, Bogotá, 1955.

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21. RECONSTRUCCIÓN DE VIVIENDAS MUISCAS. Reconstruccio¬nes hechas por el antropólogo Eliécer Silva Celis. De la arquitectura doméstica muisca no quedaron huellas por haber sido construidas en materiales perecederos.

22. MONUMENTO MUISCA. El inmenso obelisco de unos 20 m. de altura en las cercanías de Pacho, Cundinamarca, hecho al parecer con fines rituales y astronómicos, es uno de los pocos testimonios del esfuerzo lítico muisca.

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las descripciones de los tres cronistas iniciales en su parte per­tinente a la estructura arquitectónica y urbana. En primer lu­gar, es importante mencionar que ninguno de ellos dice que el patrón predominante en las construcciones fuese circular, idea que está hoy muy extendida. Sobre los cercados, Aguado dice claramente que eran con gran “orden trazados y cuadra­dos” y en el Epítome se comparan con “la manera que acá sue­len pintar el Labirintho de Troya”, lo que da a entender que su forma era ortogonal. Sobre las viviendas, no se menciona su forma, pero Castellanos se ve obligado a precisar en un mo­mento que encontró “tres buhíos redondos” para señalar el carácter peculiar de esas construcciones, que eran depósitos y que diferían de las demás. Es de suponer, además, que los Muisca debían dominar técnicas constructivas al menos simi­lares a las de pueblos más primitivos (como las de la vivienda amazónica o de Tierradentro) y que podían cubrir grandes lu­ces en edificaciones redondas, cuadradas, rectangulares y ovoidales, y que aplicaban estas formas en sus construcciones según usos y jerarquías. Todos los cronistas coinciden al seña­lar los cercados como la forma de agrupación más destacada. La palabra pueblo denomina en ocasiones toda una región construida y en ocasiones sólo al cercado. Si un cercado era un pueblo para el español era porque tenía grandes dimensiones y porque en su interior albergaba un número considerable de edificaciones. Para describir el cercado de Buzongote, en la Sabana de Bogotá, dice Castellanos que tenía una cerca “de tres tapias de altura”, rodeada por dentro de una tela gruesa “que serían dos mil varas” y adentro “grandes casas vistosas y de buena compostura”. Dos mil varas castellanas equivalen a unos 1.740 m de perímetro, es decir, el área de unas 16 manza­nas. Este era, ciertamente, un cercado muy grande, asimilable a un pueblo, al interior del cual pueden caber cómodamente un centenar de construcciones y una serie de áreas libres, so­bre cuya disposición y forma tenemos pocos indicios.

Algunos cercados poseían, como el del Zaque en Tunja, dos cercas protectoras, distantes “la una de la otra doce pa­sos”, con varias entradas. Los “alcázares”, en el Epítome se describen con “muchas cercas alrededor” formando un labe­rinto. La población que alojaba los cercados debía ser nume­rosa: los caciques poseían, según su rango y riqueza, varias de­cenas de esposas, que debían habitar allí con sus hijos y posi­blemente otra parentela; también estaban los esclavos y la guardia personal. Además de edificaciones destinadas a la habitación, había otras para depósitos de comida, armamentos y de parafernalia guerrera y ceremonial, y aún otras que eran “templos” privados, o lugares de entierro de los antepasados. En el cercado del Zaque, por ejemplo, Quesada encontró en uno de estos un ataúd de oro, con un esqueleto dentro. Aun­que las crónicas testimoniales no lo mencionan, Piedrahita se­ñala que en todos los cercados había estanques “para bañarse en ellos”, es decir, de buen tamaño. Es de esperar, de todas maneras, que hubiese formas de recolectar agua para una po­blación tan numerosa. Los cercados eran pues, lugares auto-suficientes y definidos respecto al “exterior” por medio de una serie de cercas que cumplían la doble función de defender y simbolizar la autoridad.

Si bien los cercados eran ya una estructura reconocida en la incursión de los conquistadores por la Sabana, ningún espec­táculo impresionó más a los españoles que el conjunto que de lo alto se reveló al ver por primera vez la sede del Zipa. Sobre esta vista panorámica dice Aguado: “vieron muy grandes cer­cados así del propio señor de Bogotá como de otros muchos sus comarcanos y fundatarios, cuya vista era muy apacible por la representación que de lejos hacían, de grandes ostentacio­nes y muestras de casas que dentro de estos cercados había, porque aunque estos cercados eran de madera y varazones de arcabuco groseramente hechos, estaban con tal orden traza­dos y cuadrados y puestos en su perfición, que de lejos repre­sentaban ser algunos edificios suntuosos y de gran majestad, y por esta vista que de presente vieron fue llamado este valle donde Bogotá residía, el Valle de los Alcázares”. Y Castella­nos dice:

“Yansí día siguiente descubrieron aquella majestad de los cercados y casas del señor, cuya grandeza aniquiló las fábricas pasadas, y las moradas de los Bogotaes a los demás comunes edificios”.

Lo peculiar de esta vista consistía no sólo en el tamaño y majestuosidad de las casas, sino en el hecho de ser ya no un cercado, sino varios, trazados en orden y con perfección, es decir, el de ser un conjunto ordenado de conjuntos. Al bajar, Quesada y sus hombres entran “por el pueblo” y luego “al cer­cado”, lo que parece indicar que además del complejo de cer-

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RECONSTRUCCION DE LA SABANA DE BOGOTA A LA LLEGADA DELOS ESPAÑOLES. Estos dibujos buscan recrear el complejo sistema espacial a partir de un conjunto ordenado de cercados, amplias avenidas, postes ceremoniales y demás construcciones, se constituía la preciudad músical.

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cados, existían una serie de otras construcciones -viviendas, templos- en las inmediaciones, que no estaban dentro de los cercados, sino fuera de ellos.

Los tres cronistas originales coinciden en constatar, además, la presencia de otros dos elementos sobresalientes: el primero es el de grandes caminos rectos, o carreras que Castellanos calcula “en longitud de largo, media legua” (unos 2xh kilómetros) que comenzaban en el cercado principal y con­cluían en un templo, o lugar donde se hacían ofrendas “a sus ídolos”. Estas avenidas (enlosadas al parecer) no eran exclusivas de la sede del Zipa, sino que estaban en otras “poblaciones”. Estas calles albergan una de las ceremonias más impor­tantes de los Muisca, consistente en unas “procesiones” con varios miles de participantes, presididas por el jefe religioso y culminadas por el cacique y “su corte”, que se hacían dos o tres veces al año con motivo de la siembra o recolección de las cosechas. En estas fiestas, que se continuaron haciendo du­rante mucho tiempo más (Piedrahita relata una que le fue con­temporánea) se hacían bailes colectivos y representaciones, y la gente desfilaba con vestidos y adornos especiales que figuraban distintos animales y deidades. El segundo elemento no­torio eran unos altos postes con gavias en lo alto y pintados de rojo, que había profusamente en distintos lugares no precisa­dos y que servían ocasionalmente para sacrificios humanos. En las orillas de los caminos que unían los distintos conglome­rados había también de estos postes, que semejaban los másti­les de los barcos. “Y así hay horcas por los caminos y más hombres puestos en ellas, que en España” (Epítome).

Además de estos elementos destacados, en las “poblacio­nes” había “santuarios comunes y privados” (bohíos “aban­donados”), al parecer, en montículos o colinas, y se sabe, por múltiples referencias, que había mercados regulares en Bogo­tá, Zipaquirá, Tunja y Turmequé. En los bordes de caminos y otros lugares, había aljibes o fuentes naturales de agua, algu­nos de ellos cargados de sentido religioso.

Sobre las características arquitectónicas, las descripciones son menos explícitas. En general, los cronistas distinguen ti­pos arquitectónicos con distintas denominaciones: hablan de casas, de aposentos, de templos y de bohíos, como si fueran cosas distintas. En el Epítome se dice de las construcciones principales de los cercados: “tienen grandes patios las casas, de muy grandes molduras de bulto, y también pinturas por toda ella”. En general, la arquitectura, a pesar de ser de made­ra y paja, se describe con adjetivos que denotan colorido y la­boriosidad: “son de la más extraña hechura y labor”, son “vis­tosas”, poseen carrizos enlazados limpios y de diferentes colo­res, tienen pinturas, de las entradas penden pequeños objetos de oro que brillan al sol y que producen sonidos al entrecho­carse.

Para el “templo del sol” en Sogamoso que parece haber sido una construcción importante por sus dimensiones y su signifi­cado religioso, es difícil hacer precisiones físicas por la preca­riedad de las descripciones que de él hacen los cronistas. Este templo, como es bien sabido, se quemó por la imprudencia de los soldados de Quesada que buscaban ávidamente oro en su interior. Debía ser “grande y antiguo”, pues duró quemándo­se “más de un año”, al parecer por las capas superpuestas de paja y barro que formaban su techumbre.

Reconstruyamos todos estos cabos sueltos. Si en la Sabana de Bogotá había alrededor de medio millón de indios, no sería exagerado calcular que la sede del Zipa Bogotá tuviera de 20.000 a 30.000 habitantes. Esta “población” no era, por otra parte, totalmente aislada, pues a lo largo de los caminos se en­contraban otras construcciones, postes y también cercados adicionales. Parece que no todas las viviendas eran ocupadas simultáneamente, pues había casas en las “poblaciones” y otras cerca a los cultivos. Dada la cantidad de habitantes, po­demos imaginar la Sabana de Bogotá como una región cons­truida, donde alternaban los cultivos, los campos de pastoreo y las lagunas o pantanos, con zonas edificadas que se volvían más densas en algunos sitios y donde se destacaban algunas unidades autolimitadas, respecto al contorno: los cercados. Estos signos de autoridad civil se unían a través de avenidas con la fuente del poder, la deidad. El centro que daba cohe­sión a esta estructura física era el “conjunto ordenado de cercados”, punto culminante de la pirámide social que, con sus avenidas, era el lugar donde probablemente se desarrollaban las ceremonias colectivas más importantes y el mercado donde confluía y se sintetizaba el dominio de un vasto territorio, que comprendía otros lugares importantes: centros especializa­dos, como Zipaquirá, y religiosos, como Chía. La imagen glo­bal incluía además el territorio del jefe rival: Tunja, centro ci­vil y Sogamoso, centro religioso.

Esta es una estructura física compleja aunque, por no ser lítica, no haya dejado vestigios tan impresionantes como los de los Tayrona. Con frecuencia se hace esta comparación. -Una persona tan autorizada como Reichel-Dolmatoff anota: “mientras los Tayrona habían desarrollado grandes aldeas y aun ciudades, fundadas sobre una arquitectura lítica de carác­ter duradero, la población Muisca era aparentemente mucho más dispersa y ocupaba innumerables pequeñas aldeas y case­ríos, pero sin concentrarse en grandes centros nucleados que puedan considerarse ciudades (…) Los Muisca no dejaban de ser un pueblo eminentemente campesino, a diferencia de la orientación tan manifiestamente urbana de los Tayrona”.27

En realidad, diferimos de esta apreciación. Si bien los Muis- ‘ ca no poseían unidades globales preconcebidas, como una ciu­dad, estaban a un paso de ello. La organización social comple­ja se reflejaba en su estructura física, con preeminencia de un centro de poder que configuraba un núcleo estructurador im­ponente. Las avenidas, caminos, aljibes, mercados y templos formaban una red cohesionadora de la totalidad. Por otro lado está la toponimia: aunque aparentemente los Muisca no poseían una palabra que denominase todo su territorio, sí ha­bía palabras para designar los conglomerados alrededor de cercados importantes, que se confundían con el nombre de los caciques. Jefe y población eran uno. Jefe máximo y pobla­ción (Bogotá, Bacatá o Mequetá; Tunja o Hunza; Sogamoso o Sugamuxi) eran entidades inteligibles física y socialmente para toda una comunidad y por lo tanto, tenían un nombre. Una vez más, y a pesar de las diferencias físicas con los Tayro­na, encontramos un proceso hacia la ciudad detenido antes de su cabal culminación. Los Muisca vieron interrumpido su de­sarrollo en un punto intermedio de conformación de esa con­cepción abstracta y global necesaria para el impulso definitivo de una cultura. No poseían aún la ciudad, estaban en la pre-ciudad.

Es necesario mencionar, por otro lado, que los Muisca estaban por comenzar una etapa de construcción en piedra. Los vestigios que se han encontrado cerca a Villa de Leyva (en el lugar llamado “Infiernillo”) son restos fantasmales de lo que

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27. “Colombia indígena”, Reichel-Dolmatoff, Op. cit.

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Las nueve ciudadelas a la manera de laberintos cercados, eran el centro de la vasta capital de los Chimús. Aunque construida en adobe, su estructura espacial guarda ciertas semejanzas con la preciudad muisca.

fue una interesantísima construcción de carácter ritual, al pa­recer sin terminar a la llegada de los españoles. A comienzos del siglo pasado todavía se podía observar el monumento. En una carta que don Manuel Vélez envía a M. Jomard que fue publicada en París en 1847 y a la cual alude don Vicente Res-trepo a finales del siglo XIX28 se dice que hasta “hace poco” existían dos filas de columnas paralelas (de las cuales sólo que­daban ya las bases) distantes entre sí 10 metros e inclinadas las columnas hacia el interior. Se podían contar 34 columnas en una fila y sólo 12 en la otra, a 40 cm de distancia. Las filas esta­ban orientadas de oeste a este. Talladas en piedra, se podían ver algunas tendidas de hasta 5′/2 m de alto y 40 cm de diáme­tro. A poca distancia se encontraban alrededor de un centenar de piedras de 2 a 4 m de longitud y bases de 50 a 80 cm por 40 a 60 cm, con una estría en una extremidad. Cuando visita el sitio don Fortunato Pereira en 1894, ya no había casi nada. Aun­que todavía eran visibles las filas, la mayor parte de las piedras habían sido vendidas por un campesino de la región para ser usadas en construcciones. Hoy en día quedan algunos restos que se están excavando y estudiando.

No puede saberse con precisión en qué consistía este monu­mento, pero es casi seguro que fue hecho con fines rituales y como observatorio astronómico, pues el día del solsticio de verano, desde allí “se ve salir el sol exactamente sobre la lagu­na de Iguaque, de donde, según el mito, emergió la diosa Bachué, la madre primigenia de los Muisca.”29

Había columnas líticas de grandes dimensiones, posible­mente con fines similares, en otros lugares del territorio Muis­ca. El mismo Vicente Restrepo señala que cerca a Ramiriquí había diez columnas dispersas, cinco de ellas enteras (de 6 m de largo y unos 70 cm de diámetro). Otra inmensa columna cerca a Pacho (de aproximadamente unos 20 m de altura), sir­vió de paisaje para algunos grabadistas del siglo pasado. Se sabe que en Tunja había también tres grandes columnas y dos en Moniquirá. Parece, pues, haber sido una constante la cons­trucción de estos postes, similares a los ya mencionados de madera, pero localizados en lugares especiales de mayor signi­ficación. Estas construcciones utilizadas como puestos de ob­servación astronómica o como centros rituales no pueden, es­trictamente, llamarse “arquitectura lítica”, pero sí demues­tran que se estaba en un proceso de adquisición de técnicas de trabajo en piedra que hubieran podido desarrollarse de no ha­ber sido abruptamente interrumpidas por la conquista.

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28. Los Chibchas, antes de la conquista española, de Vicente Restrepo. la. Ed. 1895. Reedición Biblioteca Banco Popular, Bogotá, 1972.

29. “Colombia indígena”, Reichel-Dolmatoff, Op. cit.

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Antes de cerrar el capítulo Muisca, desearíamos dejar con­signada una última anotación. Como se mencionó antes, no se conocen los orígenes del pueblo Muisca y todas las analogías o similaridades que se puedan encontrar con culturas mesoamericanas o suramericanas caen dentro del campo de la especu­lación. Mientras no se avance en la excavación y análisis de restos arqueológicos no podrán establecerse cronologías ni eventuales influencias. Sin embargo, buscando en la estructu­ra urbanística de estas otras grandes culturas americanas pre­colombinas no pudimos dejar de sorprendernos de las similaridades que la preciudad muisca tenía con Chan-Chan, la capi­tal Chimú, al norte del Perú.

Chan-Chan fue construida en adobe, en una zona desértica, entre los siglos XIII a XV de nuestra era y fue arrasada por los Incas unos 60 años antes de la llegada de los españoles. Fue una cultura de maíz y tubérculos, con domesticación de curíes y llamas. La analogía que encontramos se refiere a que su es­tructura está basada en una zona de vivienda dispersa que dis­minuye de densidad hacia los bordes y en un centro dominado por nueve grandes “ciudadelas” encerradas con una o dos vueltas de muros en cuyo interior había, en disposición labe­ríntica, construcciones destinadas a aposentos regios, a luga­res de reunión y a depósitos de comida, telas y otros objetos valiosos. Una comisión de la revista National Geographic3” que trabajó allí durante tres años (entre 1969 y 1973) conside­ró que estas ciudadelas eran a la vez residencia y mausoleo de los grandes jefes, como parece comprobarlo la existencia al in­terior de ellas de un área dominada por una plataforma en cuyo centro estaba la tumba del jefe, rodeada de celdas donde se hallaron una impresionante cantidad de esqueletos de mu­jeres jóvenes (de 200 a 300), enterradas junto a diferentes objetos valiosos.

A pesar de que Chan-Chan era, no sólo en lo arquitectónico sino en otros aspectos, una ciudad muy elaborada, es intere­sante anotar la existencia de la unidad ‘ciudadela’ como centro “vacío’ estructurador de la totalidad física y social. Para Jorge Hardoy “Chan-Chan parece haber tenido una agrupación no planificada de elementos estandarizados diseñados con crite­rio uniforme”;31 para él la “idea” de la ciudadela preexistía a su realización, pero no la ciudad como un todo; la unidad urbana resultaba de la repetición del elemento básico de la ciu­dadela. La sofisticada red de acueductos que alimentaba grandes pozos y la presencia de avenidas que conectaban al conjunto de ciudadelas con las huacas o centros ceremoniales situadas en colinas circundantes indican, sin embargo, la exis­tencia de una estructura urbana unitaria.

Con esta breve mención a Chan-Chan no pretendemos, ni mucho menos, establecer una real analogía con la preciudad muisca, sino sólo brindar una referencia de una estructura ur­bana que parece haber sido concebida en una misma direc­ción. Esto, no con el ánimo de especular irresponsablemente acerca de posibles influencias, sino más bien con la intención de contrarrestar la imagen “ruralizada” y empobrecida que normalmente se tiene de la organización física de los Muisca.

A manera de conclusión general puede decirse que aunque casi todas las construcciones indígenas fueron destruidas por la conquista española y con ellas la coherencia de las diferen­tes unidades arquitectónicas y urbanas, algunos aspectos de estas dimensiones físicas lograron sobrevivir. Con frecuencia se alude a la técnica de construcción en caña y barro-el bahareque- como un aporte constructivo de origen indígena que aún hoy se emplea ampliamente, así como la permanencia de algunos motivos decorativos que se mezclaron con la icono­grafía de procedencia europea. Por otro lado, ciertas tipolo­gías edilicias básicas de vivienda continuaron construyéndose inercialmente durante todo el tiempo en que sobrevivió una población indígena aglutinada, que sería necesario precisar en cada región. El ejemplo más claro en este sentido lo pro­porcionan las construcciones de los grupos indígenas actuales en diferentes partes del territorio nacional. Es posible, final­mente, que en forma subterránea se arrastren aún ciertas con­cepciones inconcientes en la disposición y lectura de los espa­cios y de las construcciones. La noción de “vereda”, interme­dia entre la ciudad y el campo, así como cierta axialidad e in­troversión, podrían provenir de las concepciones de la pre­ciudad y la arquitectura prehispánica. En fechas recientes, al­gunos arquitectos están intentando precisar estos legados conceptuales y perceptivos animados por el interés de diseñar una arquitectura enraizada y peculiarmente americana.

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30.     “Chan-Chan, Penis Ancient City of Kings”, de Mkbael E. Moseley y Carol S. Mackey. en Revista National Geographk. Vot. 143 No. 3. Marzo óe 1973

31.   Urban Plantwtg in Pre-Coiambámi Ajwncm. de Jorge Hado?. Ed. George Braziller. N. Y. L. S.A.. 19b*.

Pág. 35

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4. Los Tayrona y los Muisca: La Preciudad