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La impotencia de doña blanca,
cuando la pasión se hace polvo...

Carlos Pérez Irueste

El uso de cocaína en México ha aumentado dramáticamente en los últimos años. En la recta final del siglo xx conocemos mucho sobre los daños físicos, sociales, psicológicos y espirituales que esta droga provoca en los consumidores. Sin embargo hasta hoy los esfuerzos por prevenir el uso de esta droga han sido limitados e inconstantes.

Uno de los aspectos que han sido poco estudiados y publicados es el papel que juega la esposa de un cocainómano. Si bien se habla abiertamente sobre la codependencia y se listan conductas y áreas afectadas por este fenómeno tan difundido y ya hoy conocido, lo cierto es que la codependencia varía en ciertos aspectos cuando la pareja o el familiar consume algunas sustancias en específico, como es el caso de los consumidores de cocaína.

Polvo para resanar la relación fracturada
La cocaína está rodeada de fantasías y falacias, la droga del poder*, como se le conoce, es dentro del mundo de las drogas la sustancia más publicitada indirectamente ya que sus falsas atribuciones de energético, de poder, prestigio, moda, glamour y afrodisíaco, la hace muy atractiva en el mercado de usuarios.

En esta ocasión trataremos la relación entre el sujeto adicto a la "coca" y su relación de pareja, específicamente en el nivel sexual.

La cocaína es un promotor de las fantasías, y la desinhibición que produce la intoxicación con esta sustancia le permite al individuo energetizar sus fantasías y verlas como realizables. La cocaína no estimula el apetito sexual en forma orgánica, estimula el centro de imaginación favoreciendo la presentación de los núcleos parafílicos, entendiendo estos como las inclinaciones a los actos sexuales que más excitación provocan, sin ser alteraciones patológicas o lo que antes se denominaban perversiones.

Al aumentar el nivel de fantasía, el individuo se motiva más sexualmente y logra sin duda al inicio de su consumo una actividad sexual un poco más enriquecida, no por el poder de la droga, si no por la desinhibición producto de esta intoxicación.

De la falacia al falo incapaz
La anestesia que produce la intoxicación desensibiliza las zonas erógenas y por tanto retarda la eyaculación, lo que reviste al individuo de una falsa ilusión de ser más potente y mejor amante.

Con el tiempo, y el incremento del consumo, la desensibilización y los efectos tóxicos de la sustancia, aparecen eventos de impotencia eyaculadora, y más tarde experiencias de impotencia entendiendo a esta como la incapacidad para lograr la erección suficiente para poder penetrar a su pareja.

Al disminuir la respuesta sexual física, el individuo recurre a sus fantasías ayudado por la droga esperando lograr una mejoría y obtener la gratificación orgásmica. Esto lo conduce a involucrar a su pareja en la espiral de fantasía y mala actuación sexual y entrar en un círculo vicioso que tiene repercusiones patogénicas.

La persona, al no entender la nueva conducta de su pareja, desarrolla una extraña inquietud tratando de llevarle el paso. En este viaje de experiencias y fantasías, la pareja a pesar de no usar drogas, se envuelve del sentimiento de impotencia, es decir se siente inapropiada y amenazada frente a la falta de respuesta eréctil de su pareja y, por tanto, como compensación se introduce en las demandas sexuales del otro a pesar de sentirse inadecuada con lo que está haciendo o sentir que se agrede o se lastima. Junto con la habilidad para manipular que destaca en los adictos y las necesidades co-dependientes por agradar y satisfacer a los demás, la pareja de un adicto entra en el proceso de deterioro ético como si ella también estuviese usando la citada droga.

La pareja se involucra en eventos sexuales que tienen varias formas y contenidos. Aquí podemos destacar algunas típicas:

– La experiencia lésbica siendo observada o participando de ella con la pareja.
– La experiencia de swingers o intercambio de parejas sexuales con conocidos o amigos.
– La prostitución como modo de excitar y alimentar las fantasías del otro.
– La pornografía en varias formas, desde la observación de películas y revistas hasta la participación en el desarrollo del documento porno.
– El pluralismo u orgías.
– La experiencia homosexual del otro mientras ella lo observa.
– La actitud exhibicionista.
– Los actos sadomasoquistas.
– El vouyerismo o el placer de ver y espiar.
– El fetichismo.

No tomamos en cuenta la conducta que enriquece a la pareja en la actividad sexual u otras conductas más adaptadas.

Es de interés resaltar cómo la pareja no activa en el uso de la sustancia, también emprende el vuelo hacia el proceso de deterioro en un intento auténtico de ser empática y de sostener su relación de pareja.

Esto es una conducta altamente codependiente y peligrosa en aspectos evidentes, pero también pone en peligro la unidad de la pareja.

"Si se tupe acá´, se tapa allá"
Debido a que los consumidores de cocaína son fácilmente afectados por los celos irracionales (celotipia), y los delirios de persecución  (paranoides) típicos en los asiduos al uso de la cocaína, el usuario en sus delirios cela a la pareja y la acosa, y cuando está llegando junto con él a extremos sexuales, él impredeciblemente puede empezar a desconfiar de ella y acusarla de varias cosas representadas irracionalmente en sus delirios y finalmente destruir los lazos de afecto.

Esto es producto también del desconcierto que vive el adicto frente a la impotencia que produce el uso de la cocaína y el descontento y confusión que se manifiesta en la pareja.

Una de las implicaciones importantes de las parejas de cocainómanos es que las posibilidades de entablar una relación extra son muy grandes, ya que el adicto está muy centrado en la vida alrededor de la adicción y su funcionamiento sexual es inapropiado.

La sensación de desvalidez y abandono por las largas noches que pasan fuera los adictos a la coca y el deterioro en la calidad de vida por el descuido y las grandes pérdidas económicas por el ato costo de la droga, favorecen a que las fantasías alrededor de la posibilidad del divorcio emerjan, así como los deseos de entablar otra relación más justa y segura con otra pareja.

La necesidad de recibir ayuda para ambos, el adicto a la cocaína y la pareja del adicto son imperiosas ya que a través de la educación, concientización de la enfermedad y su curso, ellos podrán estar más preparados para hacer frente a ésta.

En caso de que el adicto se resista a acudir a una terapia, la pareja de éste puede acudir sola y recibir la información y apoyo emocional que requiere para sobrevivir inicialmente y llegar a aprender a vivir con sanidad y seguridad.

La culpa y la impotencia son los mecanismos que más favorecen a la confusión que puede permitirnos continuar en estos niveles de vida tan peligrosos.

El cómo poner límites y poder discernir entre lo correcto y lo destructivo es una cuestión prioritaria en el tratamiento que requieren las parejas de cocainómanos.

Los lugares de ayuda son varios, contamos con las clínicas especializadas, con los grupos de familias anónimas, con médicos, psicólogos, psiquiatras y consejeros especializados en el campo de las adicciones.

Existe una frase que no deben ignorar nunca: "si persisten las molestias consulte a su médico". Intentar resolver solo dichas molestias es inapropiado, cuanto antes reciban la atención adecuada existirán más posibilidades de resolver adecuadamente las situaciones producidas por la adicción.

Nota
* Ver Addictus revista n° 8.

 
 
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