Quito,

LA FAMILIA CRECIÓ EN EL JARDÍN DE LOS ANFIBIOS

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Con el esfuerzo de varios años se ha logrado identificar nuevas especies de ranas y lagartijas. Estas son algunas de ellas.




Pocos viven en la ciudad. La contaminación hizo que se mudaran cada vez más lejos. Les molesta el ruido, el esmog y el cemento. Por eso, quien los quiere ver u oír cantar, tiene que alejarse más de la ciudad. Son anfibios que antes eran desconocidos, pero que ahora, gracias a la ciencia, tienen un nombre y una historia.

Son algunas especies nuevas, aunque hay otras como la lagartija Anolis proboscis, que se creía desaparecida desde la mitad del siglo anterior, y que reapareció en la cordillera de los Andes, en una franja altitudinal muy pequeña: vive entre los 1 400 y 1 600 metros. Su característica es que tiene una especie de cacho en su cabeza, y por eso lleva ese nombre científico. Esta lagartija, como otras, tiene dos penes, de los cuales el uno utiliza para la cópula y el otro a veces aparece atrofiado o lo usa como elemento decorativo.

Su actividad y hábitos han sido documentados en la revista Avances, publicada por la U. San Francisco, en la que colaboró Mario Yánez.

En esta publicación, que salió por el año de la biodiversidad, también se presenta a algunas ranas de las que no se sabía de su existencia.

Es el caso, por ejemplo, de la especie Pristimantis tungurahua, cuyo descubridor, Juan Pablo Reyes, en colaboración con Diego Cisneros, dio este nombre a la rana, ya que la especie fue encontrada en las faldas del volcán. Su característica es que tiene las ingles de color rojo, y esto, a decir de Yánez, rememora los flujos piroclásticos del Tungurahua.

También hay dos especies nuevas de sapos andinos. Son curiosas porque no saltan, solo caminan, viven debajo de los musgos, de los troncos de los árboles. En los campos viven debajo de las achupallas que son esas plantas como rosetas, o debajo del frailejón que se cae y se pudre. De estas especies se describieron dos: una de ellas en la del páramo de El Ángel, la Osornophryne angel. Estas especies son endémicas del Ecuador, es decir solo se las encuentra en nuestro país.

En cambio, de la zona de Pastaza se logró identificar una ranita que lleva el nombre del científico, biólogo y matemático Lou Josti, como homenaje a su labor. La Pristimantis loujosti tiene sus ojos reticulados, es decir, en el blanco de de la esclerótica se dibujan unas líneas en zigzag, que forman una red. La rana es de color naranja y tiene manchas negras ocultas.

Por la zona de Lloa y Mindo nos llega una rana venenosa, un dendrobatido, que es endémico de esa región. Fue llamada Epipedobates darwinwallacei, cuyo nombre científico hace referencia a Charles Darwin y Alfred Russell Wallace, quienes son los científicos que desarrollaron la teoría de la evolución. Es la primera especie que lleva su nombre como tributo. Y es una de las pocas ranas venenosas que habitan ahí. Existe la Epipedobates tricolor, de la cual se obtiene la epipedobatidina que es una sustancia más fuerte que la morfina.
Por otro lado, Yánez explica que es bueno que se sigan encontrando nuevas especies para tener una noción o una aproximación real de la diversidad que todavía tenemos, ya que el Ecuador es un país megadiverso. La mayoría de datos estuvieron actualizándose hasta 1990 pero luego se han quedado muchos grupos por describir y descubrir. El aparecimiento de un nuevo anfibio tiene que apuntar no solo a incrementar el número de especies en total de un país, sino que se deben convertir en símbolos o indicadores de que hay zonas importantes todavía para conservar.

La desaparición del jambato ya nos advirtió que el calentamiento global se estaba acercando. Es una prueba de que cualquier proyecto de gran escala que repercute a la naturaleza afecta directamente a la humanidad. Su presencia es tan o más importante como la de una hidroeléctrica o de una mina de extracción.

Ranas en la ciudad
En Quito se podían encontrar unas ranas llamadas nodrizas, marsupiales y ranas de cristal. pero poco a poco se han ido desapareciendo. En 1988, en la quebrada de Villa Flora se descubrió otra rana.

Pristimantis unistrigatus (el sapito común que canta) es uno de los pocos que está adaptado a ambientes enrarecidos. Las gastrotecas, las que llamamos güilli-güilli, eran comunes.

Ahora si un niño quiere jugar con estos sapos como en años anteriores, solo los podrá hallar en el Parque Metropolitano, en el Itchimbía y en el bosque protector del Pichincha.


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