Usos y abusos del movimiento escéptico

Cuando comencé mi tesis doctoral caí en una muy seria depresión. Bueno, en realidad la cosa venía de antes, pero los valles más bajos tuvieron lugar en ese primer año y poco de tesis. Estaba en la mierda, en serio. Recuerdo, sin embargo, que una de las pocas cosas que me hacían salir de casa a hacer cosas que no atentaran contra la dignidad de la especie humana eran los Escépticos en el Pub. En Valencia los hacen muy cerca de mi casa y no me costaba nada darme un paseo, escuchar las charlas y ver a gente que no me daba (tanta) ansiedad. Normalmente me sentaba sobre un billar que hay al fondo del horrendo garito donde se hacen esas charlas en esta ciudad y empinaba el codo hasta que finalmente, en un lamentable ritual de charla estúpida y tragedia anunciada, iba a probar suerte con alguna erasmus húngara en el bar ese que parece una atracción hortera de Port Aventura, o con alguna perroflautosa de Ontinyent en el Magik, algo que en esa época siempre salía terriblemente mal Me boicoteaba a mí mismo con las tías —en el fondo creo que me daban miedo.

Sin embargo, poco a poco fui saliendo del pozo y salir del pozo tuvo como efecto colateral mi progresivo compromiso con el movimiento escéptico a modo de aventura intelectual y retribución kármica. Algo que ha cristalizado en una tesis doctoral que estudia el criterio de demarcación ciencia/pseudociencia en el ámbito de la psicología, en colaboraciones con la ARP-SAPC —como cursos o charlas— e incluso en ser vocal de la junta directiva y coordinador de la comisión de posicionamiento teórico de la APETP —algo que he hecho con especial cariño y de lo que me siento particularmente orgulloso—. Incluso monto un congreso anual para escépticos y pensadores críticos (el CPCDC). Y, bueno, escribo este blog. Un blog que tuvo un origen bastante turbio como un intento de supervivencia mental en un hostel asqueroso de Nueva Jersey y poco a poco se ha ido convirtiendo en algo a lo que le dedico cierto tiempo y que me reporta la satisfacción de conocer gente muy guay y de recibir los insultos más poéticos y rebuscados. Con todo ello he visto el movimiento escéptico por dentro y lo he llegado a respetar y a valorar, aunque también lo he llegado a aborrecer hasta cierto punto.

Digamos que no todo lo que puedo decir de este movimiento son lisonjas y buenas palabras. Como todo movimiento llevado a cabo por personas siempre hay puntos mejorables, prácticas de mierda y ovejas negras. He visto autoritarismo, cuñadismo, egos desaforados bastante inmerecidos e incluso gente a la que lo único que le interesa de todo esto es poder ganar notoriedad y ver si alguna otra persona del movimiento les hace una paja triste en el asiento trasero de un Corsa después de haber dado una charla mediocre. Trepas de estos los he visto a patadas, además. Gente muy jodida con serios problemas de celos, socialización y una autoestima que ríete tú de los psicoanalistas argentinos. Estas líneas van en ese sentido, porque ya nos la comemos bastante entre nosotros y, oye, de vez en cuando prestar atención a lo malo nos ayuda a ser conscientes de ello y mejorar. No sé si lo siguiente será tan constructivo como desearía, me conozco lo suficiente como para saber que posiblemente se me va a ir la mano, pero bueno, ahí lo lleváis.

* Aviso a navegantes: La siguiente crítica va dirigida a algunas malas prácticas dentro del movimiento escéptico, no es una crítica general al movimiento ni a todos sus integrantes.

La esencia del escepticismo

Vale la pena comenzar definiendo un poco qué es el movimiento escéptico, porque a veces la propia gente implicada en él pierde un poco el norte al respecto. El movimiento escéptico viene a ser una especie de correlato social del más técnico movimiento por la práctica basada en evidencia. En este sentido, lo que los escépticos defienden es que las creencias y prácticas que se llevan a cabo en la sociedad sean sometidas a escrutinio crítico más allá de su aceptación dogmática. Igual que el movimiento por la práctica basada en evidencia, que incluía también campos como la antropología o la pedagogía, el escepticismo tiene un amplio espectro de aplicaciones que va más allá de la pseudociencia. Por ejemplo, la actitud que promueve se debería aplicar a las leyendas urbanas, a las teorías conspirativas, a las creencias paranormales y a toda la familia de creencias o prácticas que denominamos como «carentes de garantía epistémica» de muchos ámbitos, como la política, el arte, la antropología, la pedagogía, la biología, la historia, la psicología, la cultura popular, la literatura, etc.

El escepticismo es entonces una parcela del pensamiento crítico —que engloba a la ciencia y a la filosofía como grandes conjuntos de aplicaciones específicas— que tiene el objetivo amplio e interdisciplinar de analizar críticamente, desde lo razonable y lo evidencial, estas creencias sin garantía epistémica. Pero cabe hacer dos matizaciones a esto último. Primero que nada, que sí, que vale, que hay un contenido filosófico, pero no hay que confundir el escepticismo actual con la escuela escéptica antigua. Lo que uno ve en una asociación escéptica no se parece a lo que hacían Pirrón, Sexto Empírico o Montaigne, que dudaban de todo hasta las últimas consecuencias —y aunque no pasa de ser un mito, sí podría haber sido cierto que Pirrón acabara sin moverse y sin hablar de tanto dudar—. Los escépticos no son un grupo de gilipollas que se pasan el día mirándose las manos y preguntándose si son reales, como hacía, o eso dice que hacía, Descartes. Los escépticos actuales, en cambio, se detienen en la roca dura de la evidencia. Pero, y esto cabe recalcarlo, el concepto de «evidencia» es mucho más amplio que la maravillosa «evidencia científica». Hay campos que no poseen ni generan evidencia científica pero que tienen otro tipo de evidencia aunque sea menos fiable. Si la ciencia se basa en la evidencia científica para fundamentar sus teorías y su divulgación, y la filosofía se basa en lo razonable y en la lógica, el escepticismo se basa en la evidencia en un sentido amplio del término.

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No tener claro todo esto es un problema del movimiento escéptico que he visto de un modo especialmente doliente entre los científicos que se acercan a él. No todo en la vida puede ni debe ser ciencia, ni todo lo razonable es científico, ni el pensamiento crítico se agota con la ciencia, ni el escepticismo es el cortijo de los científicos. Estos ni siquiera deberían tener una autoridad superior a otras personas del movimiento más allá de las cuestiones que afectan directamente a sus campos de experticia.

Entonces, por concretar, el movimiento escéptico:

  • No es dudar de todo porque sí y de forma radical. La evidencia guía la duda.
  • No es salir con un cuchillo en la boca a insultar a todo el mundo para cubrir carencias afectivas propias ni necesariamente atormentar a tus familiares en las comidas de los domingos.
  • No es únicamente divulgación científica.
  • La cultura escéptica, aunque parcialmente solapada, no se agota con la cultura científica.

El cuñadismo escéptico

Hace muchos años tenía una profesor muy facha, muy facha, muy facha que nos mandaba sus propios libros en clase —libros publicados en editoriales cristianas muy locas—. Uno de esos libros era sobre el voluntariado y la figura del luchador social. El libro en sí mismo era la más cutre bazofia que te puedas echar a la cara, pero tenía un capítulo que me resultó fascinante y que hablaba sobre los problemas del amateurismo del voluntariado. Nunca me lo había planteado: ¿por qué pensamos que las cosas que hacen algunos voluntarios —construir edificios, campañas educativas o incluso atención sanitaria— las pueden y deben hacer diletantes que por ahí pasaban en lugar de reclamar al Estado que contrate profesionales debidamente cualificados? ¿Por qué preferir la cantidad a la calidad en ese ámbito? Porque en voluntariado, y luego me he ido fijando, pese a que se ha ido instaurando una mayor presencia de profesionales, las figuras del misionero y de las monjitas se sustituyeron por las del practicante de yoga con vacío existencial y del pijoprogre con complejo de culpabilidad y poco más. En el movimiento escéptico a veces pasa algo parecido, y es que muchas de las tareas que lleva a cabo el movimiento, siendo extremadamente importantes y de gran responsabilidad social, en ocasiones son llevadas a cabo por gente que, independientemente de sus titulaciones —de lo que no estoy hablando—, dedica a esto tres tardes, mucho ego y poca lectura profunda.

El escepticismo contemporáneo es escepticismo focalizado y basado en la evidencia, con lo cual, para ejercerlo de forma adecuada, hay que circunscribir la duda a un determinado ámbito o tema en concreto y conocer la evidencia disponible al respecto. Pero cada ámbito es un mundo entero que demanda una enorme especialización. Dentro del movimiento escéptico uno puede encontrarse a veces con este cuñadismo de opinólogo, con personas dictando sentencias con tono de tribunal internacional sobre medicina, psicología, historia, física, astronomía, biología, filosofía, matemáticas, etc. Esto se nota en la baja calidad del uso que algunos escépticos hacen de determinados conceptos tan centrales como falacia, sesgo o incluso pseudociencia, mezclando falacias argumentales —que suelen considerar de un modo algo anacrónico o distorsionado, como los clásicos inmortales de pensar que se definen como fallos lógicos formales o de que un insulto es una falacia ad hominem— con sesgos cognitivos —que tampoco definen con claridad, mezclando, por ejemplo, el sesgo de confirmación con el cherry picking—. El propio uso de pseudociencia también puede ser confuso. Es pseudociencia si usa a la ciencia como argumento. La superchería o la mayoría de los sonados de Cuarto Milenio no constituyen pseudociencia propiamente dicha.

¿Quieres hacer algo con sentido dentro del escepticismo? Especialízate y estudia. Mucho. Y después de leer y estudiar como una bestia de carga, empápate todo lo posible del ambiente que rodea al asunto que vas a criticar. Intercambia impresiones con los expertos desde la humildad. La humildad y el esfuerzo formativo continuado son la base de todo producto intelectual que tenga algo de valor. Hay muchos matices y complicaciones en todos los asuntos de este mundo, y más si estamos hablando de campos de investigación que producen diariamente y que tienen expertos bien formados y actualizados. En este sentido, el escéptico, como cualquier intelectual que aspire a la interdisciplinariedad, ha de respetar el campo en el que se sumerge. Este me parece uno de los principales déficits que tienen ciertos escépticos con los que he tratado: considerar que ya tienen una opinión bien informada por haber leído medio libro por encima y cuatro entradas piojosas de blogs. El mundo es complejo y nunca olvides que está demostrado que hay una relación inversa entre ignorancia y humildad intelectual. La gente más estúpida es la que más sabia se cree.

Divulgar con mierda de gato

Uno de los mayores reflejos del andar por casa que se vive en ciertos círculos escépticos son las charlas divulgativas. Unas charlas que presentan bastante polarización entre la genialidad y el escuchar a tu cuñado contarte cómo consiguió un mejor seguro de coche a la mitad del precio que pagas tú. Divulgar escepticismo no consiste en contar generalidades ni en divertir al personal; divulgar es enseñar. Y para enseñar hay que dominar el tema del que se habla, estar preparado para unas rondas de preguntas que pueden ser muy exigentes y ofrecer garantías de fiabilidad al asistente. En el caso de la divulgación científica uno tiene que ser experto en un determinado campo y contar lo que ahí se vive y se sabe, y, además, para que la divulgación sea buena y no un señor vomitando datos, se ha se captar al oyente emocionalmente poniendo de relevancia las implicaciones que lo que te está contando tiene en tu vida, en tus aspiraciones y demás. La mala divulgación científica es limitarse a enseñar herramientas, la buena divulgación científica es enseñar a usarlas.

También hay mala divulgación escéptica. En el caso de este tipo de divulgación, lo que se quiere, además de informar, es inmunizar al oyente de modo que cuando vuelva a enfrentarse al tema magufil de turno su sistema conceptual reaccione rechazándolo. La inmunización es un tema complejo que aún estamos intentando comprender, y resulta tremendamente ardua para el divulgador escéptico dado que su inclusión le exige mucho más que la divulgación científica. De hecho, tenemos abundante evidencia de que un mayor conocimiento de datos científicos no genera un mayor escepticismo de forma automática. Eso de que para paliar los males de la superchería y la credulidad hay que saber más datos científicos no es más que un mito mil veces repetido por ciertos escépticos inocentes.

La inmunización, en cambio, se consigue cuando a la persona, además de ofrecerle un conocimiento que puede rellenar el hueco que deja su anterior creencia, comprende las bases conceptuales de unas creencias y de otras, de modo que las aptitudes críticas aumentan en la raíz y no en las ramas. En este sentido, no basta con que un señor salga y diga que los transgénicos son seguros de un modo paternalista y tratando a su audiencia como si fueran tontos. Otros señores mejor entrenados y con una mayor superioridad retórica seguramente lo harán mejor defendiendo lo contrario. Tampoco basta con que te expliquen qué es un transgénico y que te saquen fotos y citas de los estudios que evidencian que son seguros. Los otros señores seguramente tendrán sus propios estudios-basura y los presentarán de un modo mucho más seductor.

Donde se gana la partida es:

1) Mostrando verdadera experticia tanto en la propia opinión como en la contraria, demostrando que se conoce profundamente el tema del que se habla.

2) Explicando por qué lo que yo te estoy contando es epistemológicamente superior a lo que el otro te va a contar en el futuro, algo que requiere conocimientos de epistemología, filosofía de la ciencia y no únicamente de metodología y teorías científicas —por qué la metodología del primer señor es mejor que la del segundo no es una pregunta propiamente científica—.

3) Estos conceptos han de ser comprendidos en profundidad por el oyente para que su asimilación sea completa.

La divulgación escéptica, siempre que se pretenda divulgación real y no orgías entre conversos, es extremadamente jodida de llevar a cabo. Hay que pensar que esto no es divulgación científica y tampoco es una sesión de seminario de departamento entre científicos: esto es pensamiento crítico aplicado a campos ajenos a la ciencia y el judo argumental nos puede llevar a terrenos pantanosos e inhóspitos como la superchería, la religión, el arte o la filosofía. A un científico lo convences con evidencia, ¿cómo convences a alguien que patea el tablero del juego científico honesto y te dice que él defiende el constructivismo cultural relativista posmoderno? ¿Cómo inmunizas a tus oyentes ante su futuro encuentro con el posmo de turno? Si crees que lo vas a hacer con papers llenos de números incomprensibles ya te digo que vives en el país de la piruleta, donde la gente come nubes de colores y mea arcoiris. En este mundo hay noches oscuras y llenas de terrores, que a algunos os falta ver más Juego de Tronos.

Yo mismo he visto a gente tratando de convencer a las personas de que la homeopatía es una pseudociencia en base a hacer homeopatía en directo con escupitajos o con mierda de gato. ¿De verdad hay quien cree que puede vencer la disonancia cognitiva de alguien que pone su salud en manos de homeópatas en base a una ridiculización tan superficial como esa? Ponte en la mente del oyente. «Pongo mi salud en manos de un tipo con títulos que considero de mucho peso y que me habla muy bien y con mucha seguridad empleando términos que me suenan muy científicos, lo avalan grandes empresas que venden sus productos en farmacias, donde farmacéuticos titulados y con bata blanca me recomiendan tomarlos cuando estoy enfermo. Además, he visto fotos de los laboratorios donde se hace lo que tomo y hay muchos ordenadores, máquinas y gente con cara seria. Hoy he visto a un tipo salido de la nada que me ha hablado de un modo que parecía bastante poco informado, porque no ha demostrado tener realmente una experticia intelectual que me despierte confianza. Ha sacado un bolsa de plástico con caca de su gato y ha hecho algo que él dice que es homeopatía, aunque contradice a esta gente en la que confío tanto, y después se ha bebido el preparado. Me ha parecido una payasada y una guarrada. ¿Qué hago? ¿Cambio mi creencia?». ¿Crees que esa persona va a abandonar sus creencias cuando reciba nueva retroalimentación en su centro de homeopatía de confianza? ¿Crees que así le has hecho algún mínimo rasguño a los homeópatas? Divulgar escepticismo es algo que requiere preparación y seriedad, si no es más inocuo que el agua con azúcar y las imposiciones de manos que se quieren derrotar.

Otro tema son los Escépticos en el Pub (EEEP), que darían para escribir un libro entero. No conozco muy bien otros casos, pero os puedo hablar del caso de Valencia, que se las trae. Primer tema: que sean en un pub no quiere decir que tengan que ser en antros hediondos, coño, que no somos proxenetas ni estudiantes de filosofía, somos gente de bien. Tampoco es que tengan que ser como los encuentros escépticos de EE.UU., que son muy pijos y a veces o se paga o se cena caro en el sitio —aunque el ponente agradece mucho que por esos lares retribuyan económicamente su tiempo, algo que deberíamos comenzar a plantearnos—. Las cosas se pueden hacer en locales dignos, con buen sonido, distribución adecuada y birra decente y barata en una zona céntrica; los bares y salas se darán de hostias entre ellos par alojar el evento. Hacer los Escépticos en el Pub en garitos de mala muerte solo genera la falsa sensación al ajeno al movimiento escéptico de que está en una reunión de la versión pobre de la Nueva Acrópolis.

Otro caso es cuando un grupo/laboratorio se adueña del evento para el autobombo y la divulgación de su propio campo, algo que, además de estar pasando en Valencia últimamente, me han comentado que es muy común por toda España. Dos cosas al respecto de este lamentable fenómeno:

1) Un EEEP no es un evento de divulgación científica. Un EEEP es un encuentro en el que se reúnen los escépticos para hablar sobre escepticismo o al que va la gente a informarse sobre el tema. Para lo otro ya hay cosas como los Bar de Ciencia o los Pint of Science, donde la gente va a escuchar divulgación científica a secas. Pero repasemos los encuentros que se han hecho en Valencia en lo que llevamos de curso académico a ver si esto se cumple. Se han hecho siete, entre los cuales encontramos cuatro que fueron pura divulgación científica. Sobre microbioma, sobre el uso del gusano C. elegans como modelo, sobre ingeniería genética usando CRISPR —dado por unos chavales que vinieron a presentar un TFG y aquello fue alucinante— y sobre mejora genética de plantas —un tema que se repite con cierta frecuencia—. Hubo también uno en el que el propio ponente deslizó la charla hacia el escepticismo al principio por voluntad propia para adecuarse al contexto, pero el tema en sí mismo, lo que le pidieron que explicase, fue el problema de la medida en mecánica cuántica. Que haya divulgación una vez, en fin, vale, pero cuatro/cinco veces de siete es pasarse muchos pueblos. Y ojo, no digo que no haya habido charlas muy interesantes en el pasado, únicamente me limito a comentar los últimos EEEP que se han hecho. Lo que está pasando en este caso es que el grupo organizador, un grupo formado en su mayoría por biólogos especialistas en mejora genética de plantas, lleva todo el curso secuestrando parcialmente un foro de reunión para escépticos que tiene la función social de informar sobre pseudociencia, pensamiento paranormal, mitos o conspiraciones, en aras de dar espacio a la divulgación científica —algo que está muy bien, pero que ya tiene bastante financiación y atención, y que no debe ser confundido con la divulgación escéptica—.

2) Los Escépticos en el Pub son un lugar de encuentro interdisciplinar en los que se ha de buscar la excelencia. Debe mantenerse en todo momento un reparto disciplinar equitativo y el ponente tiene que ser un experto y no alguien que se anima sin más a hacer una charla. Ya he mencionado el caso de los chavales del TFG, pero yo he podido ver en los EEEP de Valencia algunos casos muy sorprendentes. Y no hablo de un genetista dando una charla sobre astronomía e historia de la ciencia, que ya es jodido verlo en una ciudad como esta, llena de centros de investigación y con gran variedad de muy buenos expertos en casi todos los campos, sino casos en los que el ponente literalmente era una persona como podría haber sido cualquier otra. No quiero decir que no tengamos todos derecho a interesarnos por lo que nos venga en gana y a comentarlo y a apasionarnos por ello, pero de ahí a dar una charla con el sello de la ARP-SAPC hay un buen abismo. Hay una escalada de exigencia entre la conversación, la charla y el curso. Sobre la ya mencionada necesidad de interdisciplinariedad, yo mismo escuché a buena parte de los organizadores y a algunos asistentes quejarse airadamente en estas últimas semanas de un catedrático de lingüística que vino a dar una charla sobre la manipulación de la opinión pública mediante el uso del lenguaje y de una periodista que nos vino a hablar sobre lo que se nos ha ocultado de la vida del rey emérito o segundo rey o lo que sea ya a estas alturas. ¡Quejarse de eso cuando justamente eso es lo que debe ser un EEEP!

Vacas sagradas y censura

Me he alargado mucho, así que comentaré este punto de un modo superficial. Como en todos los movimientos humanos —una especie que tiende al caudillismo tribal en la figura del macho alfa—, se generan en ocasiones fenómenos fan en el que se alaba al iluminado. Caso extremo dentro del movimiento escéptico por todos conocido y por todos comentado: Mario Bunge. Joder, creo que nunca me han insultado tanto como cuando me atreví a decir que no era un dios en la tierra —recuerdo que hubo gente que me dijo que estaba atacando a Argentina, lo cual me jodió mucho porque Soda y Charly son lo puto más grande. Pero hay otros muchos casos, como por ejemplo el de Gustavo Bueno, tras cuya muerte pude leer los comentarios más alucinantes de este planeta por parte de gente que ni sabía que existía ese señor hasta el día de su fallecimiento. De todos modos, ¿alguien necesitaba saber que Gustavo Bueno existía? ¿Ha aportado algo de relevancia real a la filosofía de la ciencia o a la ciencia más allá de un sistema filosófico bastante intrascendente que huele a Varón Dandy? Un sistema que se parece más a una ideología con toques de culto a la personalidad construida en base a iluminaciones ad hoc que a cualquier cosa relacionada con el pensamiento crítico. Se habló mucho de él y se dijo que había aportado mucho al movimiento escéptico, algo ya de por sí muy dudoso, pero del españolismo casi franquista, del imperialismo cristiano, de que fuera un auténtico groupie de Aznar cuando lo de Irak o de sus críticas a los derechos de los animales, a la memoria histórica y al aborto mejor no hablamos, ¿no? Y luego están los de menor impacto, como los blogueros mediocres de turno y demás fauna que, dejando de lado sus contribuciones a la guerra de guerrillas, no parecen mostrar una profundidad de pensamiento que vaya más allá del clickbait.

* Anécdota: Una vez moderé una sesión de preguntas y había un tipo pesadísimo que no paraba de pedir el micrófono y de echarse discursos interminables. No lo pedía levantando la mano educadamente, no, no, me miraba y me hacía un gesto de «ven aquí que voy a sentar cátedra». Como dejé de dárselo para que hablaran los demás, al final de la charla se me acercó una chica. La tía, después de llamarme machista de un modo muy gratuito y sin conocernos de nada, señaló al tipo con cara de acusación y me dijo «no le has dado más el micrófono ¿tú sabes quién es?». «Yo qué sé —mientras recogía mis cosas—». «Es X, escribe el blog Y —un blog que supongo que es bastante famoso—, y si ha venido es para hablar y que lo escuchen. Ten en cuenta quién es quién». «Ten en cuenta quién es quién» A la mañana siguiente amanecí con una cabeza de caballo en la cama. No se juega con X.

Sobre la censura que se puede observar a veces dentro del movimiento escéptico, hay una que está muy clara y que sale a la luz de forma bastante seguida: el escepticismo sobre la ciencia. Los científicos, y algunos de sus adeptos más acríticos, a veces toman la lamentable actitud de pensar que toda crítica que se le pueda hacer a la ciencia ya es un síntoma inequívoco de ser un magufo, algo que se parece mucho a las tácticas retóricas de los propios magufos —si me criticas te paga la Bayer y no eres del Valencia, todo acusaciones realmente terribles—. Yo mismo lo he vivido muchas veces. Ejemplos tengo varios. Uno reciente fue cuando osé tener una actitud escéptica aplicando la matización crítica al uso de modelos animales en ciencia: lo que vi fue una actitud nivel fanático de la bioneuroemoción por parte de algunos científicos muy, muy vinculados al movimiento escéptico. Otro caso es el de la mala ciencia y el fraude científico, sobre lo cual pondría como ejemplo lo enfadados que salieron algunos después de un EEEP sobre los problemas de la industria farmacéutica. Aún se habla del tema. El escepticismo sobre la ciencia es una forma de escepticismo absolutamente válida y que debería fomentarse —y quizás valga la pena volver a recordar que escepticismo contemporáneo no es negacionismo; analizar críticamente la ciencia no es negar el cambio climático o la seguridad de las vacunas. La ciencia tiene muchísimos puntos que se podrían criticar de forma abundante y dolorosa, como el sistema de publicaciones, el fraude o las vendidas de moto que a veces se ven, e incluso se fomentan, dentro de la comunidad científica. Este es uno de los casos más claros que ejemplifican por qué el escepticismo no es divulgación científica, sino algo que va mucho más allá.

Espero que lo dicho pueda servir para mejorar esos tics y malas prácticas que a veces se ven entre los escépticos. Haría unas conclusiones decentes, pero ya estoy bastante hasta los huevos de escribir y tengo hambre. ¡Salud y república!

Por Angelo Fasce

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6 comentarios en “Usos y abusos del movimiento escéptico

  1. La mitad y pico de tu artículo es uno que me hubiera gustado escribir a mí. La casi otra mitad, relacionada con la organización del EeeP, me ha sabido más agridulce no por el ideal que presentas, que sería fantástico y deseable alcanzar, sino por la cruda y modesta realidad de a lo que nos enfrentamos a menudo los organizadores; donde presentas pubs que se parten la cara por albergar estas charlas, nosotros nos hemos encontrado pubs donde te cobran por la sala y a veces hasta por obligarte a tener un técnico de sonido contratado; lo cual no es que me parezca mal, solo lo digo como contrapunto de la realidad de Juego de Tronos a la que uno se enfrenta ahí afuera, donde acabas sintiéndote terriblemente agradecido cuando te dejan alojarte en un lugar gratuitamente aunque no reúna en algunos aspectos las condiciones ideales, y en mi caso pongamos que hablo de Madrid.

    Y un poco tres cuartos de lo mismo con los ponentes: no es que los expertos estén haciendo cola para proponer sus charlas (aunque varios siempre están dispuestos a ello y se agradece infinitamente). A pesar de las reuniones de coordinación a principio de temporada, suele ser una suerte el poder organizar tres o cuatro meses seguidos donde la temática, el ponente y el contenido aúna los criterios que comentabas (e internamente también se suele escuchar lo de no nos pasemos con la ciencia, que el escepticismo es más que divulgación científica), y otras o se cae un ponente o algo viene torcido y nos vemos teniendo que mendigar una charla de última hora (en la que, de nuevo, a veces nos rescata alguien flipante y a veces pinchamos en hueso).

    Todo este mamotreto para comentar lo mismo que ya has dicho: que el movimiento escéptico es parte de la vida misma y, como tal, a veces es igual de sórdido, contradictorio, hipócrita, incongruente y engañoso como ella. Solo que al final del día se hace lo que se buenamente se puede, y no sé hasta qué punto se le puede exigir nada más a nadie que lo hace a costa de sus energías y tiempo propios.

    Y poco más siempre está bien repasar los puntos donde se puede mejorar, pero está aún mejor que en vez de que te digan cómo mejorar, se arremanguen y te lo demuestren, así que ya sabes 😉 Métete en la organización de los EeeP (si no lo estás ya, que no lo sé) e intenta implementar tu hoja de ruta. Y ya me cuentas 😉

    Siempre insisto en que escéptico no se puede ser, sino solo aspirar a acercarse al máximo posible a serlo. Y, a la vez, que escépticos somos todo el mundo, solo que con las cosas que no nos suenan bien.

    P.D.: Nueva Acrópolis cuenta con un poderío económico tremendo. Prácticamente cualquier cosa que se monte va a ser su versión pobre.

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  2. Pues sí, Ángelo, abrazar el escepticismo no se trata de arruinar almuerzos con la familia. ¡Pero vaya que cuesta no quedar de pesado haciéndole tambalear las creencias a alguien! Las reacciones que conseguí de gente en apariencia amistosa, pero que por explicarles que no hay drama con los transgénicos pues lo más suave que oí fue ingenuo. Y de política, ni hablar: que eres un burgués contrarrevolucionario un rato, que eres un rojo-resentido-extremista al otro Al final me decepciono, me digo que no vale la pena insistir, mejor pasar de largo. Tener que aceptar que hay irracionalidad en gente que aprecias tanto como en aquellos enfermos que pululan por la web Y sí, puede sonar soberbio eso de enfermos, es que no encuentro mejor palabra para esas legiones: trolls que bajo el pretexto de libertad de expresión levantan discursos de odio, conspiranoicos contra la ciencia, niñatos de reddit y 4chan con una erección continua por el nacionalismo y la supremacía racial (todas bestias que pensábamos dormidas en la vieja Europa), posmos que terminan por joder las causas más legítimas con empeñosa estupidez, los tontos de las fake news, attention whores como Milo Yiannopoulos, sofistas infames como William Lane Craig, etc. Es un muro de deshonestidad intelectual. Tanta información disponible y tan poco criterio.

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