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Revista el Federal - Actualidad - nota

Una historia palaciega

De Maradona a Liza Minnelli, de Juan Pablo II a Sinatra, todos pasaron por el escenario porteño por antonomasia

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Por Ezequiel Gandiaga

El Federal se encuentra en el hall central del Luna Park, a la espera de Esteban Livera. Se trata del coordinador general de eventos del estadio y sobrino del inolvidable Juan Carlos “Tito” Lectoure, quien ocupó ese lugar hasta su deceso en 2002. Las imágenes invaden: la dureza viril de Carlos Monzón, la glamorosa Liza Minnelli, aquel juvenil Diego Maradona en pleno apogeo, el día de su boda. No alcanzan los ojos para contemplar tanta historia. Esteban nos recibe en su oficina, contigua al escritorio que durante más de 40 años utilizó su tío. Allí se encuentran cientos de fotos relacionadas al boxeo, deporte  que “Tito” amaba, y que lo llevó, en junio del 2000, a ingresar en el Salón de la Fama del boxeo en Estados Unidos, junto con los argentinos Monzón y Pascual Pérez.

Origenes. Tantas décadas de historia tuvieron inicio a comienzos del siglo XX. En aquel entonces, Domingo Pace y “Pepe” Lectoure, tío de “Tito”, tenían un predio en Corrientes 1066, donde hoy se encuentra el Obelisco. Afirma Livera: “Era un terreno abierto, que se usaba para hacer kermeses. Ya se llamaba “Luna Park”, porque en Italia todos los parques de diversiones se bautizaban así. Era una especie de parque para los niños. Ahí se retransmitió por altavoces la histórica pelea de Firpo con Dempsey, el 14 de septiembre de 1923.” Habla de la que fue considerada “la pelea del siglo”: en ella, los contendientes se disputaron el campeonato mundial de peso completo. Dempsey, que en su época era considerado un “intocable” ganó por nocaut técnico, pero Firpo lo lanzó fuera del ring en el segundo asalto, y esa hazaña quedó en la historia.
“A mediados de la década del 20, el Gobierno decidió preparar los terrenos para hacer el Obelisco. Entonces expropiaron ese predio. Obviamente que pagaron por él, y ahí fue cuando el “Luna” empezó a deambular por la ciudad. Hasta que en 1930 se consigue alquilar el terreno que actualmente ocupa, que pertenecía al ferrocarril. En ese momento don Ismael Pace, hijo de Domingo, y don José Lectoure formaron una sociedad y comenzaron a construir el estadio con el terreno en alquiler. Fue de locos”, recuerda con cariño Livera.
Esteban se encarga de acotar que si bien el estadio finalizó con los terrenos aún en alquiler, los mismos fueron comprados por la sociedad Pace- Lectoure años más tarde. Ya con la obra en construcción, comenzaron a realizarse los primeros espectáculos a partir de 1932, cuando quedó formalmente inaugurado, pero aún faltaba terminar el techo, que se finalizó en 1934, y el estadio aún no estaba cerrado.
Su primera página de historia resonante y trascendente iba a comenzar a escribirse en 1935. Aquel año, el 24 de junio, el mundo recibía la trágica noticia del fallecimiento de Carlos Gardel. Sus restos fueron velados durante casi dos días en el Luna Park, ante una multitud.

Sparring. En 1950 se llevó a cabo primer mundial de básquet de la historia en la Argentina. El campeón fue el conjunto local y aquel certamen ecuménico se disputó en el “Palacio de los deportes”.
En 1951 sería refaccionado y completado para darle la forma exterior que finalmente mantuvo hasta nuestros días.
En 1956, con “Pepe” Lectoure ya sin vida, fue un jovencísimo Juan Carlos “Tito” Lectoure quien tomó las riendas del Luna: “Tito comenzó a trabajar exactamente el 14 de septiembre de 1956. En ese momento tenía 20 años”, recuerda su sobrino. A partir de ahí, la historia del estadio y de Lectoure irían de la mano: “El Luna Park era su casa. El se levantaba muy temprano e iba a correr al Botánico con los boxeadores que después defendían el título aquí. Corría con Monzón, con Galíndez. Era muy amigo de Locche, pero Nicolino ni entrenaba (se ríe). Es más, hasta concentraba los días previos a la pelea con el equipo de los luchadores, se cuidaba en las comidas y hasta los acompañaba cuando luchaban en el exterior”.
A partir de la década del 60, la mejor camada boxística de la historia argentina hizo crecer a pasos agigantados al “Luna”. Tanto es así que el récord de entradas vendidas lo tiene la pelea de “Ringo” Bonavena y “Goyo” Peralta, el 4 de septiembre de 1965. Ese día hubo más de 23.500 personas en el Luna Park: Esto ocurría debido a la escasa seguridad que había en ese entonces con respecto a los espectáculos, y porque la gran mayoría del público estaba de pie, algo que hoy no ocurre. “Hoy tenemos una capacidad de 11 mil personas, debido a que todos deben ir sentados. En una pelea de Nicolino Locche tuvieron que tocar 3 veces el Himno para que la gente se pare y pudieran seguir entrando todos los que esperaban afuera, porque estaba lleno.”, recuerda Esteban, quien sostiene además que hoy solo quedan las populares laterales donde la gente permanece de pie.
Distancia. Durante los 70 la fama de Carlos Monzón colaboró a que el Luna Park fuera cada día más renombrado en cualquier parte. Hasta que una diferencia entre el santafesino y “Tito” hicieran que por años Monzón no volviera a pelear en la esquina de Corrientes y Bouchard. Esteban recuerda a lo lejos todo lo ocurrido: “Se le empezaron a acercar empresarios a Monzón, prometiéndole ganar 20 veces más que lo que ganaba, y criticando a todo lo que hacía mi tío, y de tanto insistirle, Carlos obviamente quería ganar mucho más, y aceptó. Si bien Tito le decía que lo iban a estafar, él no lo quiso escuchar. Por eso se pelearon por varios años, en los cuales ni se hablaban. Después, el propio Monzón le pidió públicamente perdón a Lectoure y volvió la amistad. Cuando estuvo preso, Tito lo fue a visitar varias veces. Es el día de hoy que Amílcar (por Brusa, el histórico entrenador de Monzón), sigue enojado con Juan Carlos, y eso que él nunca cobró un peso cuando los boxeadores iban al exterior, puedo dar fe de eso”.

Astros y estrellas. Si bien miles de personalidades pasaron por su escenario en más de 70 años, sólo una marcó a Lectoure. El papa Juan Pablo II pisó suelo argentino por segunda vez (la primera fue en 1982) en abril de 1987, y el día 10 de ese mes dio una charla para la comunidad polaca local en el “Luna”. No duda en asegurar Livera que “siempre hablaba del Papa, eso lo marcó. Ese día se agrandó el escenario y hasta se preparó una cruz de casi 16 metros de alto, que se hizo aquí mismo solo para recibirlo. Después, la cruz se desarmó, porque acá no tenemos grandes depósitos”.
El manager del Luna recuerda que muchos artistas tenían pretensiones desmedidas, que provocaban la bronca en Lectoure. Dice que la ocasión más recordada fue cuando Joaquín Cortés se presentó por primera vez en la Argentina, en el Luna Park, y ordenó en su contrato agua mineral francesa, toallas bordadas, y hasta un escuadrón antibomba a las puertas de su camarín. “Tito”, no estaba dispuesto a cumplir nada que considerara absurdo. Por lo que habló con el representante y le dijo que ni bien el intérprete llegara a Ezeiza, lo trajera al estadio. Ni bien cruzó la entrada de  Bouchard, Cortés estiró su mano para el saludo de protocolo. “Pero mi tío lo tomó del cuello, amistosamente claro, y le pidió que mirara todas las fotos que había en el hall central del Luna. Le dijo que todos esos artistas habían estado allí. Joaquín se quedó helado cuando vio las fotos. Después de eso no usó una toalla, ni pidió nada”, relata Esteban, con una sonrisa, al evocar el “tacto” de su tío para convencer artistas.
El fallecido tenor italiano Luciano Pavarotti era más flexible. “Fue inolvidable. Cuando llegó al país, Pavarotti venía a ensayar aquí y por contrato quería una cocina, porque tenía que cocinar sí o sí, como un hobby. Tuvimos que hacérsela en el lugar donde estaba el gimnasio de boxeo. Además, exigía una ventana al mar o al río, y acá ¿cómo haces para que se vea el río? Así que le colgamos un cuadro grande en su camarín con una hermosa vista de río, y Pavarotti se mató de risa”, evoca Livera. El manager cuenta que el tenor también pretendía un piano. “Nosotros no teníamos nada. Conseguimos un piano viejísimo que no funcionaba y se lo pusimos igual. Cuando Pavarotti pasaba, lo miraba, pero nunca se le ocurrió tocarlo. Era cómico, porque cada vez que caminaba por delante del camarín, todos salíamos a saludarlo, para evitar que tocara el piano trucho. Pavarotti veía que estaba allí, y se quedaba tranquilo.”
No alcanzarían los días y horas para contar tantas anécdotas, tantos personajes, tantas noches de gala y espectáculos maravillosos. El mítico Luna Park cierra sus puertas, suena la campana, se baja el telón, pero solo hasta el próximo show.