José Antonio Valenzuela, sobrino del autor, ha editado el manuscrito
José Antonio Valenzuela, sobrino del autor, ha editado el manuscrito - ABC
GUERRA CIVIL

Recuperan el manuscristo de un superviviente del «tren de la muerte» de Jaén que relata la matanza

Ignacio de Valenzula simuló ser francés para evitar su fusilamiento junto al obispo y otras 193 personas hace 83 años

Javier López
JaénActualizado:

Nacer por casualidad en San Juan de Luz salvó la vida de Ignacio de Valenzuela y Urzáiz el 12 de agosto de 1936. Adujo que era francés para que le bajaran del tren de la muerte poco antes de que 194 viajeros, entre ellos el obispo de Jaén, Manuel Basulto, fueran asesinados por milicianos en El Pozo del Tío Raimundo. Una vez a salvo relató los hechos en un manuscrito que su familia ha recuperado 83 años después de la matanza.

«No fue una matanza, fue un exterminio», aclara José Antonio Valenzuela, sobrino de Ignacio, quien alude a una operación orquestada para acabar con los detenidos antes de que llegaran a la cárcel de Alcalá de Henares. Valenzuela saca esta conclusión tras la lectura del manuscrito de su tío, que ha permanecido oculto hasta que una nieta del narrador lo digitalizó recientemente para garantizar la pervivencia del testimonio.

José Antonio Valenzuela, sacerdote del Opus Dei y filólogo, tras leer crónica digitalizada, decidió editarla en papel bajo el título El tren de Jaén. Lo hizo porque es el primer texto sobre los hechos relatado desde dentro y porque está «magníficamente escrito». Es la narración, añade, de una persona dotada de sentido literario, memoria y humanismo. Y puntualiza que como la escribió en 1938 no es un panegírico del alzamiento trufado de loas a Franco, sino un testimonio honesto sobre la brutalidad de la guerra.

El libro, editado por Amazón, se estructura en 17 capítulos que tienen como eje uno de los sucesos más cruentos de la Guerra Civil acontecidos fuera del campo de batalla. Entre las páginas 49 y 133 Ignacio de Valenzuela relata su periplo desde que fue detenido en el municipio jiennense de Villacarrillo, del que era natural su esposa, Celerina Poblaciones, hasta que desde un garita de guardavías en Villaverde vio regresar al tren tras la masacre, 40 minutos después de que lograra bajar merced al éxito de su ardid.

«De buena te has salvado, camarada, porque íbamos a quemar ese tren», le dijo el soldado que le custodiaba en la estación. Sin embargo, no fueron las llamas, sino las balas, procedentes de fusiles mauser las que acabaron con la vida de los ocupantes de 11 de los 12 vagones del convoy. Los viajeros de uno de ellos salvaron la vida porque un chico convenció a los milicianos de que eran obreros. El obispo, que no lo era, fue fusilado.

El superviviente no viajaba en el mismo vagón que Manuel Basulto, aunque coincidió con él en la Catedral de Jaén, durante el confinamiento previo al embarque. Antes, el autor del manuscrito había estado en la cárcel de la ciudad junto a otros 30 villacarrillenses de derechas. Ya en el tren, memoriza estación por estación los hechos y las gentes que los protagonizan, de tal modo que en el libro aparecen los nombres de 400 personas.

«Ignacio tenía una enorme capacidad de observación y un gran memoria. Aporta muchos detalles en su escritura, que es amena e incluso, en algunos momentos, humorística, aunque relata una tragedia». La acontecida en un tren custodiado por guardias civiles hasta que en las proximidades de Madrid se hacen cargo de él por la fuerza los milicianos para acabar con la vida de los pasajeros seleccionados por los alcaldes.

El editor resalta al respecto que en los vagones no viajaban políticos vinculados al golpe de Estado nimilitares del bando nacional, sino personas señaladas por los regidores de municipios de Jaén por su adscripción ideológica. «Todo eso es conocido», admite José Antonio Valenzuela, «la novedad», añade, «es que se describe desde el interior del tren por un cronista fantástico».

La crónica, a pesar de su valor, quedó, empero, en el olvido tras morir el autor en 1939. Su viuda guardó el manuscrito, pero tenía cosas más urgentes que atender tras el fallecimiento de su esposo, como el cuidado de sus hijos, de los cuales el mayor, José Ignacio, es el autor de uno de los dos prólogo del libro. El otro es de Almudena, la nieta que, tras leer el texto, decidió por su valor convertirlo en archivo digital.

La intención de José Antonio Valenzuela al editarlo es dar a conocer el exterminio relatado por un superviviente de la expedición, cuya crónica, explica, es de «tan incomparable patetismo que estremece». El editor destaca la autenticidad del testimonio y su «precisión admirable». También resalta su «ánimo de concordia» en un tiempo convulso.

En este sentido, José Ignacio de Valenzuela, expone en el prólogo que su padre narra «el inmenso sufrimiento de hombres y mujeres que, arrastradas por una vivencia colectiva de odio, violencia, ignorancia y afán de destrucción, sufrieron e hicieron sufrir hasta un límite que puede parecer exageración y, sin embargo, corresponde a una realidad evidente».

Almudena, en el segundo prólogo, explica que recuperó las memorias de su abuelo para que lo españoles conozcan «lo cruento de una guerra civil, las locuras acometidas en nuestra guerra, y para que la familia Valenzuela y todos sepan lo que Ignacio de Valenzuela y Urzáiz, mi abuelo, pasó en esta contienda y podamos recordarlo siempre».